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Desde otro planeta / II

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Landing 

Ese es el verbo que se usa incluso oficialmente en Canadá para definir el momento en que un inmigrante entra al país por primera vez en calidad de tal, solo o con su familia. Nuestro landing fue increíblemente fluido, sobre todo para quien viene de Venezuela, el país del no-se-puede. La guardia de fronteraque nos selló los pasaportes nos habló en un amableespañol;y luego, en una sala dentro del aeropuerto en la que otras familias hacían el mismo trámite, otra joven y gentil guardia de fronteras y aduana -armada y uniformada, pero con cola de caballo y lentes de pasta- nos dijo, tras una media hora de trámites, congratulations, ahora ustedes tienen los mismos derechos que un ciudadano canadiense, salvo el votar y el usar un pasaporte.

Nos abrazamos: de parias en el país en que nacimos, a personas en el que apenas nos recibía.

Era una tarde gris en el comienzo de una primavera retardada por el peor invierno en dos décadas. Montreal no lucía bien ante nuestros ojos ya no de turistas, sino de residentes permanentes. Sentíamos alivio, no júbilo. Y preocupación: la que producen los sueños cuando se convierten en demandantes realidades.

Pero el paisaje mejoró en las semanas siguientes, cuando explotó el verde en los arces innumerables y encontramos apartamento, en un edificio de los 50, relativamente reciente en una ciudad cuyo patrimonio construido se acerca en su mayoría al siglo. Es de madera, claro. Su piso oscilante y crujiente me hace pensar en barcos y me refuerza la sensación de que estamos todavía a la deriva. Y eso pese a que ya hicimos el landing: el aterrizaje. Imposible para mí no invocar imágenes de la ciencia ficción. Es natural; no nos vinimos a vivir a otro país, sino a otro planeta. 

Aquí todo es diferente. Lo es la sal, que sala menos. Lo es el agua, que se bebe del grifo y nunca falta; Canadá tiene el litoral más extenso (202.000 km, casi 100 veces el de Venezuela) y más lagos que cualquier otro país. Lo es el aire, que huele diferente. Y el clima, claro: todo un personaje, un tema, una literatura, una cultura. Es distinto el champú que uso, de la misma marca que el que compraba allá. Son distintos los cambures, el chocolate, el azúcar; los ascensores, las aceras, los autobuses, las llaves, los bombillos, los pomos de las puertas. Son distintas las medidas de las cosas, y el hecho mismo de que hay medidas, de que la realidad aquí se cuantifica, se documenta y se comunica abundante y sistemáticamente.

Cómo cambia, también, la percepción del tiempo. Tres meses más tarde, siento que llevamos mucho aquí. Que tengo muchos meses sin ver a los míos, a los que dejé atrás. Siento que se alejan los horrendos febrero y marzo de 2014. Que incluso 2002 ocurrió hace milenios. Ni hablar de 1997. O de 1988: el Neolítico, la sopa primigenia. Como si a ese landing lo hubieran precedido años de hibernación en una nave hacia Neptuno.