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Desde otro planeta / III

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El equipaje demasiado ligero, el equipaje demasiado pesado 

“Al venirse aquí, uno sabe que tiene que retroceder antes de poder avanzar”, dice Gustavo Montalvo, mi amigo barranquillero del curso de francés. “Los primeros años son duros, sobre todo los primeros meses”, me dicen los amigos venezolanos en Montreal, Toronto y Vancouver. 

Supongo que la mayoría de los inmigrantes, sobre todo los refugiados políticos, arriban a Canadá “con una mano adelante y otra atrás”, como dice el viejo tropo de los relatos de la emigración a Venezuela. Nosotros llegamos con poco más de lo que el país nos exigía tener en una cuenta para permitirnos la entrada como trabajadores calificados, y cuatro maletas; un conjunto de circunstancias nos obligó a dejar en Caracas casi todo lo que tenemos y a comprar aquí lo indispensable, lo que con una bebé significa una lista de cierta extensión.

Lo que tenemos aquí es más que lo que posee la mayoría de la gente en Venezuela. Pero no tenemos cama, TV, licuadora, horno microondas ni algo con lo que escuchar música más allá de la laptop de mi mujer o los celulares. Así que oímos música, actividad indispensable para nosotros, sin bajos. Y el piso de madera de este viejo apartamento montrealés vibra con los bajos de la radio del vecino. Nuestros agudos y sus bajos, dos mitades que no pueden complementarse, producen una música imposible que no hace sino recordarme cuán incompleta es aún nuestra vida aquí, cuán desconectados estamos tanto del país del que salimos como del que nos recibió.

No solo nos falta el paisaje en el que nos criamos, desaparecido hace tiempo, y el queso guayanés y la lechosa roja y las guacamayas y el Ávila, y por supuesto nuestra gente; también nos faltan las cosas que acumulamos durante años. En particular, el no tener a nuestro alrededor la biblioteca que dice quiénes hemos sido y quiénes somos, qué hemos leído y qué nos falta por leer, nos hace sentirnos mutilados de nuestra memoria, y por tanto de nuestra historia como seres humanos, de nuestra identidad.

Una ilusión, probablemente, parte de las muchas intoxicaciones que sufre el espíritu en este proceso. Porque tal vez estamos viendo como demasiado ligero el equipaje tangible, cuantificable, por culpa del otro equipaje, el intangible, el de los prejuicios y las interpretaciones, que por su parte puede que sea demasiado pesado. En la cabeza cargamos toneladas de maletas repletas de expectativas frustradas, quimeras que no cesan de rugir, resistencias del ego, categorías heredadas… todo lo que contamina nuestra percepción de lo que estamos viviendo.

Al fin y al cabo somos hijos de una clase media venezolana muy orgullosa de sí que cuando viajó lo hizo sin ver, sin hacerse preguntas, sin imaginarse probablemente que algún día tendría que hacerlo para no volver. Despertamos, miramos por la ventana, y vemos que no estamos ni de lejos en el barrio en que quisiéramos vivir, que no tenemos la vida que imaginábamos al emigrar. El tiempo, espero, irá despejando ese bagaje; de nosotros depende que nos procuremos maletas nuevas.