• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Una piedra de madera sin orillas

María Antonieta Flores / Foto de Manuel Sardá

María Antonieta Flores / Foto de Manuel Sardá

Acá, en este hermoso y contundente texto, se empozan todas las constantes temáticas y formales de su poesía. El tiempo nombrado como tachadura, borrón nacido de un hilo, de una piedra que surgió del hilo. También, el sentimiento de sustancia como "ráfaga sin dirección", aun cuando emerja de algún sótano en forma de ráfaga o, sencillamente, como un milagro, un chorro de luz enhebrado en otras escrituras.

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Luego de haber producido una decena de libros de poemas y dos ensayos a través de los cuales la poeta María Antonieta Flores (Caracas, 1960) se sumergió en la búsqueda de nuevas y acertadas lecturas sobre el mito y sobre la poética de Ida Gramcko, cuya presencia y obra han sido fundamentales en la concepción formal de algunos de sus temas (el mito y el arquetipo; la exploración psicológica de visiones del ser en pos de la luz expandida desde los intersticios del ser, de las ciudades y entes de la naturaleza como espejo generador de otredades, de lugares y objetos sujetos de desgarre y, a la vez, de contemplación), ahora nos entrega, en el año 2013, editado bajo el sello Eclepsidra, un libro realmente excepcional, titulado Madera de orilla. El texto reúne cuarenta y ocho poemas, con el cual pareciera cerrar un ciclo en su producción. Un libro envolvente, que nos atrapa en el ritmo y magia de sus fabulaciones y en el cual, tras una segunda lectura, quizá más reposada, nos encontramos con más de veinte textos verdaderamente magistrales, uno de los cuales, titulado "los mapas secretos", pareciese constituir el remanso, el punto de llegada de todos los temas, de las obsesiones temáticas y formales de esta gran poeta y uno de los poemas más hermosos escritos en nuestro país: "cementerio bajo la tierra que camina/ o una cárcel/ o un olvido/ hilos desgarrados con violencia/ telas de colores/ la tierra quemada y los desplazados sin destino ni ubre/ una mujer señala con su mano alta un sueño/ o la derrota/ los torturados caminan en la larga fila de los degollados/ por siglos y siglos/ entrada silenciosa del amanecer/ el telar fue abandonado en el miedo/ cuerpo con tu cuerpo/ que enhebra las escrituras de la paz/ mientras constata que el amor está bajo los grillos/ en algún sótano/ porque las urgencias son otras/ y mi pequeño milagro/ una ráfaga sin dirección/ la fe y la paz quebrantadas/ un humo blanco ondeando en un tiempo tachado".

Acá, en este hermoso y contundente texto, se empozan todas las constantes temáticas y formales de su poesía. El tiempo nombrado como tachadura, borrón nacido de un hilo, de una piedra que surgió del hilo. También, el sentimiento de sustancia como "ráfaga sin dirección", aun cuando emerja de algún sótano en forma de ráfaga o, sencillamente, como un milagro, un chorro de luz enhebrado en otras escrituras.

Da vueltas en el humo y quebranta la fe, la paz.

En esta obra, la poeta pareciera optar por la elementalidad de la nombradía y quedar con pocos elementos que vuelven a los sitios emblemáticos de una ciudad, de un rincón, de un río. Y, tras un mismo rapto de apasionante evocación de otras experiencias, como quien juntara haces de luz, brotados, hace tiempo, en otros instantes, de alguna flor perdida, anuncia lo que, tal vez, constituya un cierre de un ciclo en su poesía, de renombrar, de reinventar, a través de diálogos consigo misma, una orilla que se toca, una orilla donde una vez, se intuyó nudo en "uno y otro día": "todo es orilla/ repito tu nombre para aparecer/ invoco el diezmo entregado con devoción/ último día del octavo mes/ un día y otro se juntan/ en una respiración/ el salto de un pez que se olvida de los cazadores/ la palabra no es misericordia/ bien lo sé/ un día y otro se ayuntan". ("último día del octavo mes") Ese pez que salta, la palabra que lo nombra y evoca una acción arquetípica desde el octavo día de la creación; la caza; la persecución de una presa enhebra, de nuevo, la idea de una piedra que vuela; se arquea el pez en la palabra salto. Un día y otro se juntan: el círculo que figura ese pez saltarín subraya, otra vez, la contingencia. Madera y piedra se juntan para que nos remontemos al infinito armados de una piedra y de un pez.

Un día y otro dibujan y desdibujan el ovillo. Se impone la espera: pez y piedra como un remolino. Una palabra que nos enuncia su alejamiento de la misericordia. Pero nos acerca, cada vez más, a la plenitud de un círculo de luz en instantes, voces, palabras y "un día y otro" unido, para toda la eternidad, en la imagen de un pez o de una mujer encorvada.

Nombra, para la eternidad, el cierre y nacimiento de un próximo círculo. Un camino trazado por palabras de piedra, agua, escama de pez y de madera.

Piedra, madera, fuego y agua, dibujadas y desdibujadas, como continentes que intuimos, es decir, constantes de una nombradía, letras de un alfabeto dibujado y desdibujado en imágenes. Ellas vuelven a perfilar esos continentes como semilla, cipreses, luz.

Crean, en el alma de la poeta y en la nuestra, la esperanza de asir la identidad, el cuerpo que no se comporte como un pez. Y, así, hallemos un instante de confluencia, de quietud, de paz en las experiencias de continuidad y discontinuidad de la conciencia de un ser que, asuma, finalmente, el sentido y el alcance de una profecía: "los ajusticiados perseveran/ cubren recuerdos que son presagios/ un camino de cipreses a la luz del amanecer/ donde la muerte vigila/ donde siempre hay agua para el regreso/ pero esta noche no llega tu voz/ mientras se dibuja el tormento/ en el fondo de la taza de café".

Como certeza de este hermoso viaje que supone transitar por los espacios poéticos creados por María Antonieta Flores, nos queda el amago del agua que, por siempre, señalará el camino. No existe espacio para la certeza. ¿Cuándo emprenderemos el tránsito hacia una noche que se cierre en piedra? Siempre nos quedaremos con el ansia de luz oteada en sus poemas. Con el agua entre los dedos. No importa que se imponga, de nuevo, la idea y certeza del tormento. Todo ello supondrá la noción de estar fuera del centro. Pero, la idea de redondearlo, supone, de antemano, un bello y certero camino.

Una calle termina en un lago.

Un río no pasa de ser una idea.

Un borrón. Un punto lejano en la distancia, amagando siempre con cerrar el círculo de piedra y de madera. Allí se complementarán todas las búsquedas. Los encuentros del agua, la orilla y la madera. El más bello amago que supone jugar a la poesía a partir de una sola nombradía: el agua y la madera como continentes.