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El pianista soñador enclavado en Choroní

Iván Anderschön | Foto: Carlos Ancheta

Iván Anderschön | Foto: Carlos Ancheta

Iván Anderschön murió un día antes de la inauguración de la exposición Rostros de Choroní que, junto con ocho historias más, retrata la memoria colectiva del pueblo en la Casa Comunal de Puerto Colombia

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Las notas musicales brotan de unas manos curtidas con venas que sobresalen. El hombre se aferra a los marfiles blancos y negros como un náufrago a su tabla. 

A ratos, los cosquillea inspirado con dulzura, o con fuerza y ansiedad, como si así pudiera inyectarse energía y su piel volverse joven. 

Bajo un sombrero de paja maltratado se asoman unos lentes grandes con montura de plástico. Dos ojos curiosos, brillantes, con el color del café aguarapado, miran aún altivos. Una larga barba blanca poblada le da a Iván Anderschön Blanco el aspecto de un San Nicolás que fue sometido a dieta. Sin ningún asombro, confiesa tener 77 años. Su único trabajo es amenizar la hora del desayuno en una posada. Vive al día, al momento y a la petición de una melodía que se sepa o pueda recordar. 

Para cuando no es así, contesta: "¿Y tú crees que yo soy rocola?". 

Su casa en el centro del Choroní, o como él la llama: "el sarcófago donde vivo", clama por una restauración completa. Ya está fichada como patrimonio en el Catálogo de Patrimonios del Municipio Girardot del estado Aragua. 

Allí vivieron, desde su construcción en 1800, sus abuelos, sus padres, y allí permanece, entre retratos empolvados, un esqueleto de pianola enmudecida hace años y otro esqueleto más, el teclado de lo que alguna vez fue el piano de las primeras lecciones impartidas por su madre. Los patios enmalezados, abiertos a la lluvia, los techos de caña amarga sostenidos casi por la gracia de un ángel. Escombros y palos, corotos viejos que el pianista asegura tienen un gran valor. Vive atado al pasado, escapado del mundo real, aguardando al aire de los sueños, a un rocío que disipe su miseria con agua tatuada de generosidad. Todo lo que posee y necesita está en Choroní. Ahí abarca todo y no abarca nada. ¿Cómo conectarse a un fantasma sin que se sienta transgredido? Cuenta su vida a retazos. Sus recuerdos están cortados después del arrollamiento por un motorizado hace tres años y su trauma cráneo encefálico. 

Ahora Iván se queja el no poder recordar alguna melodía, en especial por sufrir "un alzheimer musical". 

Esquivo al primer contacto, no busca despertar lástima, a pesar de sus bermudas desgastados y que el color de sus medias asemeja gris y no el blanco original. Hace hincapié en que no hablará ni de religión, ni de política y se desborda sin orden ni secuencia, en defensa de Manuela Sáenz y de crítica al General San Martín y a Santander. Entona con poca afinación y voz menuda uno de los boleros de Agustín Lara y el vals venezolano "Endrina" y continúa lanzando improperios, esta vez por la lapidación que le hicieron al desalojarlo de la Casa de la Loma, en Pan de Azúcar. 

Allí pretendió asentar la Casa de la Cultura de Choroní, hasta que fue echado por un juez y el hombre que se dijo dueño del terreno. De allí la grieta profunda de odio inservible que Iván aún suda, sin entender que sin un asidero legal sólo era un romántico iluso. 

A los 18 años de edad "despegó los cabos" de su Choroní natal, dejando al "paisaje del parque más maravilloso", para viajar actuando como percusionista, bongoncero y pianista. Va a México, Brasil, Alemania, Dinamarca, Francia, España, Italia y Suecia. Se atreve a hablar en portugués, italiano, inglés y sueco, y sentencia: "Yo tuve suerte, mucha suerte, demasiada". 

Estudió en el colegio de los salesianos en Caracas, bajo la enseñanza católica. Hoy día, ni siquiera pisa un templo. Muy diferente era a sus 14 años, cuando tocaba en la misa de la Iglesia de Choroní el armonio, esa suerte de órgano con fuelle, por lo que recibía el dineral de un fuerte de los de antes y aprendió en latín frases enteras del Santoral. Vegetariano por más de 40 años, desecha al "trío cadavérico" formado por carne, huevos y pescado. Se jacta de no tener barriga ni grasa, y de sus perfectos niveles de colesterol y tensión. 

Sin educación musical formal, no calificó para entrar a la escuela de música de Vicente Emilio Sojo un retardatario, según dice. Su condición autodidacta no le impidió soñar que podría competir en el II Concurso Internacional de piano Teresa Carreño del año 1978. Aún conserva el folleto con el exigente programa a ejecutar que lo hizo desistir. 

No contraría al destino, y acepta la vida que le queda como una derrota anticipada, guardando con celoso orgullo su único afecto y razón de vivir, el de su hijo Abraham. 

Asegura que en el mismo cementerio de Choroní, donde están sus antepasados, no habrá quien le declame tal como el poeta local José Antonio Maitín lo hacía a su esposa muerta y cuyo verso final Iván Anderschön Blanco, con su mano alzada, recita de memoria : "Adiós. Adiós. Que el viento de la noche / de frescura y de olores impregnado / sobre tu blanco túmulo de piedra / deje al pasar, su beso perfumado; / que te aromen las flores que aquí dejo; / que tu cama de tierra halles liviana. / Sombra querida y santa, ya me alejo; / descansa en paz... Yo volveré mañana". 

Con la mirada perdida, el pianista quedó inmerso en un estoico mutismo. Y es que para un romántico como él, nada, nada, termina siendo lo que parecía ser o lo que alguna vez soñó.