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Papel literario

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A pesar de las destrucciones

Keila Vall de la Ville y María Ángeles Octavio

Keila Vall de la Ville y María Ángeles Octavio

Presentación en la librería McNally de Manhattan, leída el 22 de abril de 2016, de “Exceso de equipaje” de María Ángeles Octavio y “Ana no duerme” de Keila Vall de la Ville (2ª eds., Nueva York: Sudaquia, 2016)

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Me sorprendió leer hace poco una crónica donde se recordaba la escena literaria venezolana de la primera década de este siglo como una “época dorada”. Varias razones explican mi sorpresa. Por una parte, la oscuridad que se había cernido sobre el país desde el punto de vista político y social, con el menoscabo de hábitos democráticos e insostenibles índices de criminalidad. Por otra parte, la creciente emigración debida a lo anterior y al caos económico patente desde 2005, cuando el país empezó a tener la peor inflación de Latinoamérica. Y no hay que olvidar que el optimismo que produjeron en ese período las grandes transnacionales como Random House Mondadori, Alfaguara, Planeta, Ediciones B al publicar sistemáticamente a narradores nacionales se vino abajo antes de 2010, dando por terminada su actividad editorial en Venezuela RHM y las restantes limitando sus programas, declive que se radicalizaría después por la crisis del papel.

La mencionada crónica se concentraba en el cuento. Evocaba, además de una “época dorada”, un “auge” e, incluso –término temible si los hay– un “boom”. Repito que mi actitud inicial fue de desconcierto. Pero luego recordé, con la distancia que nos permite la siguiente década, haber descubierto en ese entonces los relatos de Carolina Lozada, Mario Morenza, Rodrigo Blanco Calderón, Enza García Arreaza, Krina Ber, Carlos Sandoval, Roberto Martínez Bachrich, Jesús Miguel Soto, Francisco Suniaga, Sonia Chocrón, Dayana Fraile… y mi perplejidad se disipó. Todos eran nombres sin los cuales apenas imagino hoy las letras venezolanas. Pertenecían en su mayoría a personas muy jóvenes; la narrativa de quienes no lo eran no había circulado antes o apenas lo había hecho. Pese a la gran diversidad de sus materias o tendencias formales, la calidad era general e indiscutible. En mis recorridos por la historia de la narrativa venezolana no logré precisar otro momento en que hubiese tantos cuentistas que se estrenaran en el oficio más o menos a la vez con un talento semejante. Lo de “boom” no dejaba de sonarme a exageración; lo de “época dorada” a un acceso de cursilería… Lo que no conseguía ya negar era que el cuento venezolano haya cobrado un perfil propio y prometedor cuando esos nombres coincidieron en el horizonte de críticos y lectores. La asimilación del clima de incertidumbre e inestabilidad de la sociedad venezolana se palpaba en la escritura de todos, explícita o implícitamente. Ninguno rehuía negociar con la realidad, disputarle las grandes tajadas o siquiera las migajas de sentido que ofrecía.

María Ángeles Octavio y Keila Vall son dos de las cuentistas más destacadas entre quienes se revelaron por esos años. En común tienen, asimismo, el que los libros que hoy reaparecen aumentados y retocados se publicasen originalmente como resultado de un concurso que tuvo gran relieve en Venezuela, el de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

Más que los avatares editoriales, me interesa enfatizar lo que Octavio y Vall comparten: sobre todo, su respuesta a las circunstancias que vieron nacer su escritura. Estas colecciones de relatos auscultan el entorno, aunque lo hacen no con la referencialidad ingenua de las obras supuestamente de denuncia, sino inscribiendo en sus fábulas cierto tipo de estructuras de sentimiento. Acudir a Raymond Williams es necesario porque, como suele ocurrir en la buena poesía o la buena narrativa, sospecho que las autoras no planificaron lo que hacían, es decir, no se sometieron a una ruta doctrinal; su lenguaje, en cambio, sí muestra una fascinante voluntad propia. No hallaremos en sus páginas sermones; lo que en ellas se configura es la palpitante vida social de las palabras, un conjunto de valores colectivos, solo que nos alcanzan dando la impresión de ser individuales. A diferencia de las cosmovisiones, las estructuras de sentimiento se componen de ideas tal como se sienten, aún en proceso de desarrollo y a duras penas cristalizadas en un ideario.

El malestar por una Venezuela en ruinas –la principal estructura a la que aludo– surge tanto en Exceso de equipaje de Octavio como en Ana no duerme de Vall no con estridencia panfletaria; lo hace mediante motivos oblicuos, traducida la angustia externa en clave introspectiva. El más perseverante de esos motivos, en ambos volúmenes, es la extranjería que los traspasa, una no pertenencia que se adueña de sujetos perseguidos por la alienación. A primera vista, alguien podría reducir todo a los desafíos de la mujer en una sociedad hostil a ella –sin duda, asunto en que Octavio y Vall se detienen–; los desarraigos, no obstante, acaban siendo múltiples en sus historias, cobrando de vez en cuando dimensiones metafísicas. El cuento que da título al libro de Octavio, con ribetes kafkianos y alegóricos –como la mayoría de los relatos que lo acompañan–, nos presenta a su protagonista en el trance aduanero, lidiando con funcionarios que detectan un exceso de peso en maletas en cuyo interior se oculta la ausencia, el vacío. Que la extranjería sea doble y afecte a los que se fueron y a los que no lo prueba otra de sus historias, encabezada por un epígrafe tomado de Fernando Pessoa: “En la víspera de nunca partir no hay equipaje que hacer”. Keila Vall, por su parte, dedica al umbral de hoy por excelencia párrafos donde sus personajes oscilan entre la posesión y la pérdida: “Los aeropuertos son un cementerio etéreo, sin tumbas, alcanzó a pensar Adrián mientras miraba a Lucía dormir o hacerse la dormida o soñar que dormía. De pronto la imagen lo enterneció. Se sintió culpable de su propia tiniebla. Como reprochándose pensó que los aeropuertos tienen sus mañanas de promesa también. Y luego se dijo que todo iba marchando como [lo había] planeado, no había razón para temer. Allí quedó, suponiendo, dudando, tal vez incluso recordando un tiempo sepultado, pero sobre todo extrañado por la serie de pensamientos descastados que no se parecían a él”. Los extranjeros literales abundan en las páginas de ambos libros, y no son menos los personajes como Adrián, que contemplan en el espejo de las relaciones un rostro que no les pertenece.

Mujeres asediadas; nomadismo objetivo o subjetivo: más allá de esos temas que las hermanan, estas escritoras muestran una fuerte personalidad creadora que impide confundirlas y recalca amplios repertorios de inclinaciones estéticas. Las estructuras afectivas de la decadencia y el colapso de los modos de vida de una colectividad en Exceso de equipaje se perciben en el motivo de la locura, que asoma en sus cuentos como el ancla psicológica de la alienación que he señalado. En las páginas más delirantes de “Alevosía corporal”, para no ir muy lejos, leemos una misiva que una de las criaturas de su demencia le envía a la protagonista, cuyo nombre, por cierto, es Alucinada: “Sra. Alucinada: me dirijo a usted con la penosa tarea de hacerle saber que si no envía a la persona adecuada para este viaje, el vuelo en el que usted pretende llegar hasta Cumaná será desviado. Los secuestradores están dentro de usted, pretenden hacerse de su cuerpo y declararlo perdido, para ellos poder disponer de su imagen e identidad. Este anónimo se hace llegar a petición de quienes viven en los límites de su humanidad”. La locura de una sociedad encarna en los personajes de Octavio para convocar debacles materiales y anímicas.

En Exceso de equipaje, es signo del mundo, igualmente, la violencia que padecen o causan sus personajes. Una de las historias, “A juzgar por su condición”, nos confronta con una mujer atracada que comprende, para nuestro asombro más que para el suyo, no solo que podría acostumbrarse a la situación, sino que esta le depara placer: “el objeto gélido seguía clavado contra su espalda. La voz [del asaltante] insistió: ‘muy bien, así me gusta’. Ella escuchó otra voz dentro de su cuerpo que gemía: ‘sí, así me gusta a mí también’”. La heroína acaba deseando extenderle al malhechor una cita para otro robo en el que esté mejor preparada para ser la víctima perfecta. Me abstengo de adelantar el desenlace, pero no de advertir que hay sangre... Como la hay en otros cuentos de Octavio: en “Amor desosado”, la pesadilla se exacerba hasta convertir lo grotesco en risa; la protagonista, que no tolera a su abyecto amante, no sabe eludir, con todo, la tentación de llevarse consigo la porción de su anatomía que más la obsesiona y que, al parecer, tiene vida propia: “la hemorragia mermó. En un arrebato metí la lengua dentro de mi camisa junto a mi corazón, para mantenerla viva, y salí huyendo”.

En Ana no duerme, el derrumbe del entorno se avizora no tanto en la locura, no tanto en la violencia –aunque nos toparemos con ellas–, como en el apego de la narradora a lo fragmentario. La realidad en escombros engendra rupturas expresivas. Aunque sean literales en la serie de microrrelatos titulada “Fragmentos de la primera infancia”, a veces no se notan de inmediato, encontrándose en la enunciación, con alternancia de voces narrativas –o puntos de vista–, lo cual acontece en el muy cortazariano “Des-instalación”, que oscila entre la tercera y la primera persona mientras se desmontan las relaciones humanas y pasamos de la camaradería a la indefensión, y de esta a la muerte solitaria del amigo. Entre los escritores de su generación, Keila Vall descuella, en particular, por su dominio del estilo indirecto libre, donde un torrente de subjetividades fluye con naturalidad, desafiando, sin embargo, la insinuación de una armónica totalidad existencial, como se constata en “El silencio”: “Todo desmembrándose. El tiempo, el cementerio, las bestias aladas, las señoritas y su tiranía amable y sobre todo los sueños, los sueños disgregándose y desarmándose como en un calidoscopio terrible. Una verdadera pesadilla. Todo rompiéndose y ella incapaz de decir lo que pensaba. Desde anoche entendí que esto que tenemos puede ser el hito que lo fractura todo para volverlo armar mejor, mi vida y lo que he contemplado, las opiniones que he tenido y las palabras, las ideas de lo que fui e incluso de lo que puedo llegar a ser una vez encapsulada en el tubo de metal [de un avión] y reincorporada en mi lugar de destino”. La hondura de esas tácticas se aprecia cuando la imagen del cosmos se delinea sin otro centro que no sea la experiencia. Cuento eficaz, en ese sentido, resulta uno de los que se agregan a esta segunda edición del libro, “Eclipse”, cuya fuerza emana de la deriva a la vez geográfica y espiritual de sus personajes, sumidos en las drogas, el alcohol o la seudomística serial del turismo en la India, pero más en la nadería de la mundialización que instila en ellos una penetración iniciática: “Nunca olvido a Clementina, la tortuga de un cuento que leí de niña, que lleva sobre su caparazón un cargamento de objetos obsequiados por su tortugo, y que se convierten en un peso insoportable. Harta del embalaje en que se ha convertido ella misma, deja la torre inútil a la orilla de un lago. Se va sola, dejando al tortugo, al caparazón y al peso imposible, nadando libre por las aguas. No vuelve más. Así que allí en aquel palafito pensé que eso era todo. Cuando regresara a Caracas no tendría recuerdos del viaje, nada, ni una tela, ni una pashmina. Tantas que vi en Katmandú. Nada. Solo la campana. Me di media vuelta y la saqué del tope de la mochila. Ahí estuve, jugando con ella, dando vueltas en la cama y mirando la nada, pensando y mirándome a mí misma con ironía al pensarlo, que mi austeridad era mi disciplina. Allí estaba yo, bajo el techo vegetal y frente al mar, como una estrella”.

El espacio que privilegian los cuentos de Vall es el de la memoria, la fenomenología de los deseos y, entre ellos, el deseo del pasado, la más delicada nostalgia. En los de Octavio percibo empellones de la fantasía, contundencia que elige incluso el esperpento y la sátira. Pero sus métodos, por más personales que sean, comulgan en el velado retrato de un desasosiego que no es exclusivo de ellas y podríamos inventariar en numerosos escritores venezolanos que desde hace unos lustros se enfrentan, como lo indica un título reciente del ya mencionado Rodrigo Blanco, ahora como novelista, a lo que parece una prolongada “noche”. En ella, no obstante, hay una luz que se divisa gracias al tesonero esfuerzo de quienes, a pesar de tantas destrucciones, siguen creando. Exceso de equipaje y Ana no duerme constituyen dos magníficos ejemplos.