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La persistencia de la materia

Ana María Mazzei

Ana María Mazzei

Ana María Mazzei es una creadora de trayectoria en el ejercicio de la pintura, el fotomontaje, el dibujo, la instalación y la serigrafía. Fue Premio Michelena 1992 y representante de nuestro país en la XXII Bienal de São Paulo. La búsqueda de la obra como sintagma reflexivo la llevó a protagonizar importantes derivaciones del arte conceptual en Venezuela

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Hay acontecimientos que se levantan desde un estado de atención en el que han permanecido ocultos por largo tiempo. Azar o causalidad estos eventos constituyen un movimiento inesperado cuya permanencia convoca frases que no escuchamos por completo; como si se gestaran en el interior de un sonido inaccesible. Cadencia extraña que se asemeja a un zumbido, a una revelación sedosa e inédita. Así han sido cada uno de mis encuentros con la obra de Ana María Mazzei.

“El tiempo es circular, tú tienes una idea y esa idea se va desarrollando y aunque parece que estuvieras en otros territorios o en otro tipo de obra, si profundizas un poco te das cuenta de que es la misma idea la que se expande, vista bajo las variables de muchos aspectos distintos. Incluso cuando cambias el soporte que has estado usando por años, te parece que en algún instante eso que estás haciendo es diferente; pero no es así, la verdad es que sigues centrado en los avatares de un solo pensamiento”, dice Mazzei.

Llegar a su casa aquel lunes al final de la tarde estuvo en perfecta armonía con los sucesos visuales que rodean a Mazzei. Uno nunca se imagina que todo esté allí, en el pequeño edificio cuadrado de esa colina alta que serpentea las afueras de la ciudad. Al abrir la puerta del piso que habita surge un espacio armónicamente confuso, un cuadrado ampliado que encierra miles de nuevas cuadraturas, esquinas agudas donde se repiten los despuntes de formaciones más dilatadas, regeneraciones que ocultan y revelan otras realidades. Caminé por toda la casa con la necesidad de encontrar un orden que por fortuna nunca hallé. Quería correr, como demanda la voluntad infantil ante las zonas que proyectan extraviadas sensaciones de infinito. Nos sentamos, en el cuadrante más cómodo para aquella conversación.

“Yo he utilizado mucho la serigrafía, incluso sobre fórmica; pero hay fases en mi proceso artístico. Por ejemplo, en momentos diferentes están las maderas, la instalación, la fotografía (que estoy retomando), la parte gráfica que ha seguido en mí como estrategia continua y la cual estudio con interés. Las maderas han sido un eje central. Las primeras fueron ampliadas desde una dimensión quizás muy simbólica como síntomas de una libertad que quería reflejar; porque a pesar de su aparente rigidez, la madera es una estructura que te permite propiciar diálogos formales: el color ingresa, sale, penetra, se transforma...

Después vino la etapa de la instalación que fue fundamental. Esas propuestas las hicimos en colectivo hacia mediados de los años setenta. En aquella época las intervenciones no se llamaban instalaciones sino ambientaciones. Hicimos tres, la primera y la segunda fueron en 1972, Las sensaciones perdidas del hombre en la Sala Mendoza y Para contribuir a la confusión general en el antiguo Ateneo de Caracas. En la Bienal de São Paulo del año 1973 participamos con Piel a piel. Este grupo estaba integrado por artistas como William Stone, María Zabala, Margot Römer, Rolando Dorrego, Nicolás Sidorkovs y yo. Nuestra intención era involucrar al espectador con un arte crítico-sensorial y un intercambio más instintivo con el espacio museográfico. Recuerdo con intensidad una gran pieza que hice titulada La violencia. Pinté de rojo una tela enorme de ocho metros y le abrí una rasgadura en un lado. Detrás de esa zanja o herida había un espejo que te daba la sensación oblicua de que podías entrar. William Stone hizo una gran jaula con cojines y María Zabala manipuló el neón para abordar el área. Todas esas acciones plásticas eran investigaciones conceptuales y nosotros nos fijábamos mucho en el elemento soporte, en el medio como puente para re-significar nuestros objetivos. De allí provino lo que posteriormente se concentraría en mi participación en la XXII Bienal de São Paulo con la pieza In Memoriam. Ewaipanoma Yanomami”.

Los porfiados. La primera vez que los vi fue en el MBA. Ochenta y ocho cilindros de Hypalon construían una inmensa plataforma movible donde la incansable representación del mítico descabezado Ewaipanoma y de un Shaman de la etnia Yanomami en impresiones sobre material inflable de poca absorción, ponía en diálogo no sólo la matriz simbólica de figuras ancestrales de nuestra cultura sino la paradójica condición transitiva y perpetua de la humanidad. Ana María destaca la importancia que el intercambio con una figura como Roberto Guevara le brindó a su investigación. Lo define como un curador de amplio espectro, capaz de dialogar con un conceptualismo propio, imbuido por nuestra idiosincrasia.

“Otra etapa fue la de los cuadros oscuros o negros, donde la imagen estaba impresa con serigrafía sobre un soporte con pintura brillante, allí surgían personajes impalpables y composiciones específicas que aparecían y desaparecían con la luz. Con uno de esos trabajos gané el premio Arturo Michelena en el año 1992. Era una obra con un borde de color y varios textos que estaban en el canto jugando con una palabra que habíamos inventado Claudio Perna y yo: IMAGIA. En ese momento estaba preocupada por el tema de la inmigración y la visión del otro hacia nosotros y de nosotros hacia el otro. Fue un interés que tuve muchos años porque soy hija de inmigrantes”.

Mientras conversamos nombra su primera individual en la Galería Estudio Actual. Fue en el año 1974 y llevó por nombre Secuencias. Recuerda la fluidez de las ideas que acompañaron tantas acciones irreverentes con los materiales, espacios flexibles donde la rebeldía sana era la herramienta con la que se combatían paradigmas inéditos dentro del arte contemporáneo. Confirmo en sus palabras que fue pionera de un conceptualismo donde el soporte era la materia enérgica que contenía y revelaba las tramas del discurso.

“Para mí el formato tiene una correspondencia directa con las intenciones, es un juego entre el contenido y el continente. Los lapsos de trabajo hay que retomarlos y volver sobre las cosas porque si no carecemos de un andamiaje cultural propio y erráticamente intentamos cada vez hacer algo nuevo. Lo que forjo responde a esa batalla con las formas dentro de la totalidad de la obra. Por ejemplo, el trabajo que realizo ahora sólo es posible en formato pequeño. Sin embargo, permanecen allí los mismos signos que estuvieron en los grandes soportes, en la instalación, en el papel, en el dibujo, en la fotografía: la fisura, el corte, la fractura, la hendidura, el gesto de hilvanar gracias a la imagen. En esos vacíos está anclada mi persistencia. Al principio la serigrafía la realicé sobre el soporte translúcido, luego quise probar con un soporte que aunque no tuviese la transparencia innata se convirtiera en la transparencia misma, revitalizada a través del color y la franja profunda de la madera… es como crear un espacio tácito con los materiales”.

Me asalta el segundo encuentro que tuve con su obra. La muestra Espacios (2010) resultado de un programa de intercambio entre el TAGA y la Galería D’Museo. Allí la fórmica lumínica y la madera de cedro se convirtieron en los testigos multiplicadores de una imagen primordial cuyas tejeduras convocaron toda la voluptuosidad de un misterioso bosque en movimiento. Quimera y desvanecimiento de una imagen recóndita, versiones de una historia única que es cribada por las labores multiplicadoras de la malla gráfica.

“Esta pieza que ves aquí tiene mucha relación con lo expuesto en D’Museo, pero quise ahondar en el tema de la fisura. Si la observas de lejos encuentras un monocromo con toda la tinta que está viviendo entre las venas del material, pero cuando te acercas consigues el corte de la madera cuya desviación puede verse por este lado…”.

En este punto ya estamos de nuevo dando vueltas por la casa. Otra vez me invade la sensación de infinito y las indecentes ganas de correr. Desembalamos obras, algunas nuevas, otras guardadas desde hace un buen tiempo: maderas, pinturas, fotografías de una roca que se convierte en oro por las refracciones que deja la luz a determinadas horas del día. La carrera se detiene en una pieza sin título que participó en el Primer Salón Nacional de Jóvenes Artistas en Maracay. Es del año 1971, las capas revelan una figura humana que se refracta entre el espejo y el acrílico.

“Lo crucial es que la primera imagen atraviesa la segunda y conforma una tercera que es virtual, ¿ves las tres capas?... El punto complejo es que no sé a ciencia cierta cómo sucede; no te lo puedo decir, es una cuestión especular que sucedió por la trama serigráfica. Aunque lo estés viendo no te lo puedo explicar”.

Reímos con sorpresa. La materia insiste sobre sí misma y otra vez se aviva ese rumor inexplicable que me abordó al llegar. Escucho las repeticiones. No hay preguntas ni respuestas. No son necesarias. Me voy, con la felicidad inesperada de aquel que sin saberlo se ha despojado de toda inquietud.