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El patrimonio de la lengua es asunto de todos

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El patrimonio de la lengua es asunto de todos

Como vemos en el siglo XIX operaron factores políticos, sociales y económicos que llevaron a darle al español en Hispanoamérica una base cada vez más ancha y firme

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Tomo el avión en Madrid y, tras más de una decena de horas y miles de kilómetros, me bajo en Buenos Aires y sigo hablando la misma lengua. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo se ha logrado que una lengua grande, como el español –regada en territorios inmensos, en competencia con otras lenguas, poseedora de centenares de millones de hablantes que realizan las más disímiles actividades– se mantenga unida?

El XIX: La gran expansión

Cuando los hispanoamericanos nos separamos de España, algunos pronosticaron que la pérdida del lazo político común conllevaría una fragmentación de nuestra lengua en estas latitudes. Pero el cataclismo político no tuvo un correlato cultural: lengua y religión no fueron seriamente amenazadas.  El español no sólo se mantuvo unido, sino que sus hablantes pasaron de alrededor del 30%­ a más del 90% en menos de un siglo. Nunca ha tenido nuestra lengua un ciclo de expansión tan amplio y profundo. ¿Cómo ocurrió esto?

Una vez asentado el polvo de la Batalla de Ayacucho, los amos del poder deben decidir cuál ha de ser la nueva “política lingüística”. La Iglesia había optado por hablar múltiples lenguas porque su fin era evangelizar. Su pregunta era: ¿cuál es la lengua más óptima para transmitir el mensaje? Y la respuesta casi invariable era: la del destinatario o una que le fuese cercana, no el español. La pregunta de los fundadores de nuestra fragmentación en veinte repúblicas era otra: ¿cómo crear comunidades políticas? Llegan a la conclusión de que al factor territorio hay que unir el factor lengua para garantizar la cohesión social y el efectivo gobierno. Ahora bien, ¿cuál lengua? Obviamente, la que ellos hablan, aquella en la que idearon y dirigieron sus gestas: el español. Además, el advenimiento de una sociedad más urbana lleva más población hacia las ciudades, en las que el peso del español es mucho mayor. Por otra parte, las industrias nacientes implican nuevas tareas, distintas a las de una sociedad netamente agrícola, lo que exige un vocabulario inexistente en las lenguas autóctonas. Y todo este caldo de cultivo, en el que es necesario transmitir los saberes de la modernidad, imposibles de legar mediante relatos a la luz del hogar o la fogata, acarrea la aparición en masa de una institución especializada: la escuela. Todo está servido para la más grande expansión que ha tenido el español en su historia.

Como vemos en el siglo XIX operaron factores políticos, sociales y económicos que llevaron a darle al español en Hispanoamérica una base cada vez más ancha y firme. No se trató de un proceso espontáneo y natural: requirió instituciones. Unas se ocuparon de dictar actos con validez jurídica que imponían al español como lengua del Estado, de la educación, del espacio público. Otras, como las academias de la lengua, se ocupaban de mantener referentes compartidos en gramática, léxico y ortografía. Y, por supuesto, las escuelas, encargadas de difundir esos referentes compartidos, de dar acceso a su lectura y escritura, a la posibilidad de insertarlos en discursos comprensibles que generasen conocimiento y valor. Toda esta institucionalidad, a pesar de sus precariedades, espoleada por la acuciante necesidad de comunicación de las nacientes repúblicas, ha rendido unos frutos extraordinarios.

El XXI: Una megalengua

Llega al siglo XXI el español, junto al inglés y el mandarín, como una de las tres megalenguas mundiales. Metafóricamente hablando, podemos decir que no vivimos en un pequeño pueblo donde todos se controlan, son pocos, muy homogéneos y hablan siempre de un rango limitado de cosas. No. Nosotros, los hispanohablantes, gracias a la lengua compartida, vivimos en una inmensa ciudad, con una diversidad humana asombrosa que se asocia expeditamente en formas disímiles, da frutos con sabor a libertad e innovación, aprovecha las ventajas económicas y políticas que da la gran escala. Las cifras del español hablan por sí solas. En él se produce una literatura de rango mundial, a la par que el 9,2% del PIB del planeta. Es la segunda lengua hacia la cual más se traduce y la tercera en Internet. Es el tercer idioma más estudiado como lengua extranjera. Es, de lejos, la primera lengua de América. Cubre el 10% de las tierras del orbe y, en ellas, posee una penetración excepcional: 96% de la población la asume como fuente de comunicación e identidad. Y cerremos la galería con este dato: sólo el mandarín tiene más hablantes de lengua materna que el español.

Esta comunidad lingüística se mantiene, claro, por la necesidad de comunicación interna que tiene como cuerpo histórico-cultural, pero también porque existen instancias de trabajo legislativo, lingüístico y educativo que refuerzan la unidad de la lengua. Ahora bien, esta institucionalidad ya no se mueve en los términos del siglo XIX, cuando España era claramente el centro del sistema. Hoy, en un mundo multipolar y estando el 90% de los hablantes de español en América, la situación ha cambiado. La lengua es de todos los que la hablamos.

El XXII: Lleguemos juntos

Víctor García de la Concha, nuestro entrevistado, tomó hace tiempo cabal nota de que el español es un asunto de todos los hispanohablantes. Por ello, a partir de los años noventa, desde la Real Academia Española (RAE), la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) y hoy desde el Instituto Cervantes, ha movido con finura los hilos a su alcance para lograr una gestión policéntrica de nuestro idioma. Vemos así como la RAE –institución española– cede el lugar cada vez más a la ASALE –institución que agrupa a todas las academias de la lengua española en el mundo– en los asuntos que van más allá de las fronteras nacionales. El fruto más descollante y trascendente de estos cambios es la llamada “política lingüística panhispánica”, gracias a la cual  los códigos fundamentales de la lengua –su gramática, léxico y ortografía– han sido por primera vez consensuados por todas las academias. Ninguna de las otras grandes lenguas del mundo posee tamaño activo. Ahora bien, las academias no pueden ir más allá sin extralimitarse en lo que es su misión y quedan todavía muchos asuntos fuera del tintero que deberíamos coordinar entre todos. ¿Puede el Instituto Cervantes, a cuya cabeza se encuentra hoy don Víctor, ser una plataforma para ello? Se trata de una institución clave para la difusión del español como lengua extranjera en el mundo y  la proyección de la cultura en español en el planeta, temas que nos interesan a todos. Y García de la Concha se propone “iberoamericanizarlo”: ya México, Colombia, Chile y Perú están desembarcando en la sede de Madrid. ¿Podrá lograrse en el seno del Cervantes una colaboración panhispánica? ¿O habrá que pensar más bien en instituciones autónomas federadas por un fuerte secretariado en función de sus misiones específicas en torno a la lengua y la cultura?

En todo caso, en la orilla americana del español, debemos ser más activos en la gestión de nuestra propia lengua. Con frecuencia se diría que en estos temas actuamos como usufructuarios o como subalternos: usamos el español y lo conservamos, seguimos directrices en cuya forja no hemos participado suficientemente. Propongo que actuemos aquí tal como lo hacemos en la literatura: a plenitud. Como los copropietarios que somos. Intervengamos cabalmente en la forja de la institucionalidad del español. Sin tremendismos, improvisaciones, resentimientos o indiferencia. Con compromiso real y constante, conocimiento íntegro, sentido de unidad y aporte de recursos económicos. Así, el patrimonio en lengua española, que es de todos nosotros, será más atractivo para los extraños y más entrañable para los propios. ¿Puede cuantificarse el inmenso beneficio que esto nos depararía?

Nos encuentran entonces los retos del siglo XXI bastante bien armados: hemos consensuado la gramática, el léxico de uso corriente, la ortografía, y estamos tanteando, con significativos avances, las maneras de proyectar conjuntamente la lengua española y la cultura en español en el mundo. Y no sé si en este último rubro –si no habrá que inventar otros– caben factores que deseo mencionar: la digitalización de la cultura, las industrias de la lengua, la presencia en los organismos internacionales, el enriquecimiento de las terminologías técnico-científicas, la traducción desde y hacia el español, el estímulo a un mayor conocimiento mutuo de los pueblos de lengua española. ¿No merecen estos factores reflexión y acción comunes? Pensemos por un instante en los vertiginosos avances de la cada vez más inteligente traducción automática. En un mundo de intercambios cada vez más acelerados, ¿qué les espera a las lenguas cuyos textos no puedan ser traducidos –o al menos significativamente desbrozados– en tiempo real? Quedarán, sencillamente, al margen del flujo de intercambios mundial.

Hoy comienza el VI Congreso de la Lengua Española. En este espacio debemos debatir sobre nuestros logros, carencias e intereses comunes. Propongo a este congreso se cree en la web un foro panhispánico de seguimiento y construcción de las instancias que permiten o deben permitir una poderosa, eficiente y común gestión del patrimonio compartido. Este foro será clave para que nuestra comunidad histórico-cultural halle caminos para dar con su óptimo lugar en la aldea global y llegue, unida y pisando firme, al siglo XXII.