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Algunas palabras sobre Rodolfo

Rodolfo Izaguirre | Archivo El Nacional

Rodolfo Izaguirre | Archivo El Nacional

Hay escritores para quienes la trama es el lenguaje. Palabra en sí, gramática vuelta diamante de luz fantástica pero perpleja

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Hay escritores para quienes la trama es el lenguaje. Palabra en sí, gramática vuelta diamante de luz fantástica pero perpleja. Diamante atado a su anillo de reflexión. Para otros, suerte de batalla que se despliega colosal entre las páginas. Temo no equivocarme cuando pienso que Rodolfo Izaguirre pertenece a una generación de prosistas para quienes la trama es una página bien escrita. 

El folio bien resuelto por la palabra literaria da cumplimiento a la acción del escritor. Puede pensarse en una aparente contradicción. Quien escribe se detiene en su página casi como la madrastra de un cuento de hadas apegada al espejito en búsqueda de la belleza. El escritor hace un alto con morosidad amorosa para encontrarle un destino a su página, se afinca en ella a fin de que ambos maduren al unísono y, luego, en conjunción maravillosa puedan volar muy alto y llegar al corazón de la gente. 

Sólo el escritor dueño de sus páginas lo es, al unísono, de sus libros. No siempre eso se da. ¿No abundan las familias con parientes de poca monta? Novelas donde muchos de los capítulos suelen ser recreaciones facsimilares de un origen endeble. En Rodolfo Izaguirre, escritor atento a sus folios, los personajes gramaticales (los adjetivos, por ejemplo, la intensidad del lenguaje, a veces un pasado de dolor que se ofrece ligero de equipaje), son el camino que lleva a la casa cordial de su escritura, con techumbre de inteligencia y rescoldos muy humanos. Esta escritura alberga algún pasadizo secreto donde al fondo se atisban imágenes de viejas películas. Son las que, a lo largo de mucho tiempo, evocó para que el cobertizo de nuestra memoria no fuera afligido por la amargura. Sino, al contrario, abierto a inventados recuerdos de cine. 

Así, para el tiempo de borrasca, a Rodolfo le asiste un humor que es forma de piedad sutil, de piedad superior hacia los otros. 

En nuestro país, este que nos tiene pero no nos sostiene en todo momento, de gritos, de insultos y cajas destempladas, el humor es como el susurro de una seda de alta costura. Cortesía de la Historia, ingeniosa música de cámara para que no duela tanto ese último oído que se guarece en nuestra alma. Caso extraño entre nuestros escritores, la prosa de Izaguirre está definida por matiz de sonriente tolerancia y chiste que hace algo más lacónico el infortunio inmediato. 

Sobre todo en sus últimas crónicas, Rodolfo es como un sobrino volátil de Teresa de la Parra, quien sin perder la sonrisa de una reina en su novela Ifigenia, nos relató las sombras domésticas del gomecismo. Izaguirre, también, puede pasar como sobrino inesperado de don Julio Garmendia. En La tuna de oro, con un andar en puntillas casi de risa, don Julio nos cuenta una historia más decorosa cuando pone al desnudo las peripecias de una pensión caraqueña. Temo, además, que en estas crónicas de Rodolfo, el país vuelve a ser esa pensión desastrada que con pluma risueña, ahora nos parece terrible, trazara el inolvidable inquilino del Hotel Cervantes. 

Alguna vez la famosa periodista española Maruja Torres ha declarado que le debe a Elisenda Nadal (directora de una revista, Fotogramas, a la que también ha hecho referencia Vila-Matas) escribir como habla. Puede decirse lo mismo de Rodolfo. No de muchos otros escritores. Recuerdo seres con un traje literario muy divertido para la vida, y otro más pomposo para la escritura. "¡Ah, la creación!", exclamaban quejándose del escribir como de los dolores inenarrables de una enfermedad incurable en alguna consulta médica cuando, imagino, debe ser más penoso irse de esta vida sin la gracia de haber pergeñado un manojo de cuartillas. Pero nunca faltan estos intelectuales que se ponen académicos y con charreteras de esnobismo o pedantería cuando todos, más o menos, sabemos que escribir es ir en consecución de narrar un viejo chisme al que el tiempo otorgó belleza. O la pátina se ha encargado en atenuar algo de su horror original. 

Hace años oí decir a Antonia Palacios: "Ahora son idiotas los que escriben en la prensa". 

Creo que no le faltaba algo de razón. Por eso alegra que un gran escritor de periódicos como Rodolfo Izaguirre haya sido merecedor del premio como mejor columnista del diario El Nacional. Siempre tuvo muy presente que la educación sentimental en los cines de infancia guardaba la estratagema del país pobretón de Historia cruel y reciente. Aunque segura estoy de que no hubo, para él, épica más creíble que la de Tarzán en el aire húmedo de la selva. Durante una adolescencia compartida en el Liceo Fermín Toro, desde pasillos anchos y ajenos donde se trabaron amistades muy antiguas, nunca logré ver detenido un momento en su caminata a ese chico larguirucho que fuera Rodolfo. Por esos pasillos anchos y ajenos donde algunos vienen a saludarnos desde una muerte muy ágil, porque el corazón siempre les está saludando a su vez como el pañuelo de un viajero, Rodolfo Izaguirre iba directo a un sueño de belleza.