• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

La paciencia del humor

Armando Rojas Guardia / Foto William Dumont. Archivo El Nacional

Armando Rojas Guardia / Foto William Dumont. Archivo El Nacional

Palabras dedicadas a la quinta edición de El Dios de la intemperie que se presentó el 29 de noviembre de 2015 en la Librería Kalathos, en Caracas 

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para Alberto Márquez

amigo y cómplice

por los pasillos compartidos

“¿por qué no nos vamos pa’l carajo?”

Este es el libro de oraciones de uno que va por sus caminos. Ve y canta con su voz porosa ese temor y temblor que tras el duro descenso –desnudez del que sintió la culpa de Adán y en las duchas colectivas ardió como Job– propone la melodía, el asentimiento, el redescubrimiento de una tonalidad amorosa, en acuerdo consigo mismo, inquieto pensar del que anota:

“La espera no es exactamente la esperanza. Es la expectación, que es distinta. La espera se reduce a esto: atención. La vigilia es el arranque mismo de la vida del espíritu (el velar con la lámpara encendida de la virgen prudente, aguardando en la alta madrugada ontológica la llegada del Esposo)”.

El Dios de la intemperie es, sí, un libro de pensamientos, máximas y alusiones a los ásperos laberintos de la experiencia interior. Y además de eso, puede leerse como otro poema más de Armando Rojas Guardia; larga, robusta song of himself, no le faltan fractales, epifanías, períodos llenos de ardor psíquico, pero también un vitalísimo impulso erótico; pensante y sonante, de tan mundano que es termina siendo místico, es decir, lleno de atención deseosa por compenetrarse con todo cuanto lo arrobe; pero puede leerse también como el poema y el libro –así, a secas– de un hombre que está buscando la reconciliación con su deseo, la curación del espíritu, la trabajosa paciencia de sostenerse en los días, la risa que amansa tantos opuestos.

El pensamiento, los movimientos rapsódicos y mercuriales de Rojas Guardia y su ensayar, los fragmentos incrustados a lo largo y ancho de estas espesas páginas, no son sino la vía expresiva que mejor se acomodó a su tempestuoso y jubiloso tempo. Más cerca entonces de Pascal, Artaud y Nietzsche, pero ya sintonizado con Levinas y esa pasión cristiana, tan suya, además, inquieta por los márgenes existenciales del país, El Dios de la intemperie por momentos sintoniza con algunos aspectos del “Sí, Manifiesto” del grupo tráfico (también lo ha propuesto así Rafael Castillo Zapata). 

Pero después de todo, es el corazón que se recrea en su propia historia y averigua sus desconocidas y tantas veces oscuras razones. Dicho de otra forma: son las anotaciones del que está preparado para “salir” y encontrarse, no solo en el cuerpo de su “discurso” amoroso, sino en la cresta de ese Lord que le oye a Mahalia Jackson su spiritual (aquel piano, casi juguetón, inicia el canto con su voluptuosa caricia preparatoria y aparece en el texto como solitaria liturgia, tal vez la tonalidad anímica que conduce los costados más líricos de este libro).

Al oscilar entre la poesía y la meditación filosófica, Rojas Guardia va dando con su particularísima vía, plural y unitiva, el contacto relampagueante con el fondo de sus preguntas, empeñado en recordar que su Dios está en los establos y los trastos, los barrancos y los campos de concentración, los sanatorios y las oscuras trastiendas de los hospitales, las esquinas donde la ciudad se difumina, allí donde la mirada llena de razones se borra y suscita el crecimiento de las voces que tarde o temprano producirán interpelaciones. Así, tal vez, no sea tan descabellado recordar a Whitman:

Camerado, this is no book,

Who touches this, touches a man.

Cerca de la chispa meditativa de Weil y La vida en el amor de Cardenal, Rojas Guardia pareciera ver las fieras con el temblor de siempre, pero también con mucho pulso. Hay como una oscilación trabajosa entre los sótanos de la consciencia y la relampagueante luz Turner que invita a la expectación del mundo y su vastedad calidoscópica. De pronto, hoy es posible despojar por un momento a El Dios de la intemperie –es decir, a Rojas Guardia– de sus lecturas más transitadas. Si bien aquí confluyen, sin militancias, sin apuestas doctrinales, la menudísima vida del poeta, el paciente psiquiátrico, el homosexual y el intelectual cristiano, también es el libro de uno que vive inquietado por sí mismo, aprende a verse, quiere andar cada vez más d e s p i e r t o y decide comenzar sus notas para darle cuerpo a su experiencia, porque antes del está la búsqueda y la niebla, el abandono de toda inocencia teórica y por eso mismo el encuentro del ensayo como la forma genérica más permeable y porosa, la que va mano a mano con su entonación rítmica para entrar en los vericuetos de esa presencia que pasa y solo se presiente por ráfagas (no en vano toda la aventura de este libro comenzó en las notas de su diario).

El Dios de la intemperie es el libro de un desasido lúcido, desasosegado y deseante, lleno de protestas ante las máquinas doctrinales, el acomodamiento de las “posturas” hogareñas ante lo real, todo lo que previene y frena las experiencias del borde, corporal y psíquico, allí donde el sentido oscila, desciende y canta su desesperada orazione alla carità carnale. Estos rasgos aparecen también en la experiencia de lectura que hace Teresa Casique. El Dios de la intemperie, precisa la autora de Poesía y verdad, está marcado por una cadencia de plegaria. Y no solo en el “Poema de la llegada”. A lo largo y ancho de sus páginas puedo entrever la diseminación de esta forma de entonarse y resonar, su lujoso y reverberante estallido, el de la experiencia interior exteriorizada por una vida que opta por el júbilo sin metas; pero antes de su descubrimiento, momentos con San Juan –más bajada que “subida”– propone todo un ejercicio para el cuidado de sí:

Para gustarlo todo,

no quieras tener gusto en nada.

Para venir a saberlo todo,

no quieras saber algo en nada.

Para venir a poseerlo todo,

no quieras poseer algo en nada.

Para venir a lo que no sabes,

has de ir por donde no sabes.

Para venir a lo que no eres,

has de ir por donde no eres.

El Dios de la intemperie da cuenta de la lenta subida de los infiernos del alma a la plenitud gozosa del instante. Pero esa “subida” no es la de los santurrones repujados por las Iglesias. No, subida es la experiencia del poeta en el mundo y sus horas más menudas, su paciente habitar en los cuerpos y los objetos que lo rodean. Esa sería su mejor vía, la de sentirse convocado al asentimiento, en aquella madrugada, a las doce y veinticinco, mientras suena en el casette Bix Beiderbeck, bajito, para no despertar al tú sonoro.

Es casi inevitable leer a Rojas Guardia desde las reflexiones que otros han escrito sobre sus libros (hay para casi todos los gustos: ejercicios amistosos y testimoniales, tesis de largo aliento, experiencias de apuesta teórica y filosófica). Pero a mí ahora se me ocurre buscar otras pistas, no solo en la música que suena en El Dios de la intemperie, las anécdotas más celebradas y esas marcas que están sembradas en sus otras páginas, a manera de pistas y discretos saludos de un libro que fue escrito mientras se vivía. Abre Rojas Guardia sus Poemas de Quebrada de la Virgen con versos de Cintio Vitier:

He pasado de la conciencia de la poesía

a la poesía de la conciencia, porque estoy, a no dudarlo,

entre la espada y la pared.

Algo de invocación orante hay en este potente fragmento. Letánico y angustioso, es el “amor ardiendo”, abismado y demorado, tal vez la invitación al asentimiento y lo más parecido a estar en el callejón sin salida. Estar entre la poesía y la conciencia, entre la espada y la pared, parece que en ese abismal intersticio se las ha jugado Rojas Guardia en esa intemperie que hoy él mismo ha transmutado en personalísima ética y poética. Estos desconcertantes versos de Vitier describen mucho de Rojas Guardia y su tránsito: moverse entre la espada y la pared, hacer ese recorrido por el vértigo, sentir y asentir de manera fértil y dolorosa. Libro del homo viator, a fin de cuentas, es la salida de las tierras de la Ley y su opresión corporal, el alcance del self, el habitar un espacio de atención, inquieto esplendor y espera.

Tal vez, como en los Cuartetos de Eliot, el entrenamiento de Rojas Guardia para escribir El Dios de la intemperie haya estado en esa otra “oración” que dice más o menos así:

le dije a mi alma

dark dark

quédate tranquila

espera sin esperanza

todo está sostenido por la risa,

la paciencia del humor

–estas nieblas podrán correrse–

cuando tomo conciencia,

con un agradecimiento

muchas veces instintivo,

prerracional,

de que, pese a los naufragios,

  recibo el ser”.