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El orden alfabético: Pietro Citati

Pietro Citati / Foto Dagospia

Pietro Citati / Foto Dagospia

“El año 2000, publicó un libro de largas sonoridades: ‘El mal absoluto. En el corazón de la novela del siglo XIX’, donde se ocupa de desentrañar, en los más disímiles autores, el hilo visible y secreto a un mismo tiempo, que los une”

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I.

En una hora diferente. Bajo una luz que envuelva. Rodeado de un silencio poroso. En un ambiente donde el espíritu ha dejado las tensiones a un lado. En disposición de escuchar más allá de uno mismo. Con los sentidos abiertos. Así, creo yo, habría que leer La luz de la noche. Los grandes mitos en la historia del mundo, de ese enorme de la literatura escrita en lengua italiana que es Pietro Citati (Editorial El Acantilado, España, 2011).

Citati: un lector clarividente. Nacido en 1930, en Florencia. Lee como un autodidacta hasta que hace estudios literarios en Pisa. Se ha dicho de él que es uno de los grandes maestros del género biográfico (Goethe, Kafka, Mansfield, Tolstoi). Alcanza a erigirse, como comentarista de In Corriere della Sera y en La Repubblica, en una voz de enorme influencia. Un crítico literario de quien Calvino escribió: “sus opiniones me estremecen”.

Pero hay una vertiente de Citati (pálpito siempre presente en sus estudios biográficos), que es, en fórmula apurada, la tensión entre el bien y el mal, pero no bajo una perspectiva moralizante, sino de alguien especialmente dotado para aproximarse, de modo comprensivo, a las complejidades del espíritu. Hay una sensualidad activa en Citati, un regusto, una inclinación al regocijo, que hacen de sus ejercicios, algo más allá de meros ejercicios críticos.

El año 2000 Citati publicó un libro de largas sonoridades: El mal absoluto. En el corazón de la novela del siglo XIX, donde se ocupa de desentrañar, en los más disímiles autores, el hilo visible y secreto a un mismo tiempo, que los une: la fascinación por el mal, el magnetismo que lo oscuro ejerce sobre cada uno (el libro fue publicado en español el 2006 por Galaxia Gutenberg). Mientras George Steiner ha contrastado a Dostoievski con Tolstoi (libro que también es una indagación sobre las figuraciones del mal), Citati coloca a Dickens al lado de Dostoienski, y a Flaubert en las proximidades de Tolstoi (quizás la confrontación más sorprendente que vive en El mal absoluto está en su capítulo final, cuando tiende cables entre Henry James y Robert Louis Stevenson).

Pero no es el estudio de la novela del siglo XIX el asunto que ahora me ocupa, sino un libro que apareció cinco años antes, en 1996, y que fue traducido el 2011 por la editorial El Acantilado. Quiero insistir aquí en lo que ya esbocé en el primer párrafo de estas notas: Citati nos propone mucho más que una lectura: una experiencia de recogimiento, una incitación a las ilimitadas posibilidades del espíritu. La luz de la noche arranca con un ensayo sobre la cultura y el destino histórico de los escitas. Hace gala de su erudición infatigable y su prosa ungida de gracia. Pero esto no es más que una primera y fascinante impresión. Porque al pasar al siguiente ensayo entramos de lleno en un recorrido por el vasto mundo de los mitos. A medida que se avanza ocurre esto: el arco del recorrido se ensancha de tal modo, que llega un momento en el que el lector no sabe con precisión dónde se encuentra. Se lee este libro en estado de abandono. La prosa de Citati aterciopela al lector, lo hace parte de su afán celebratorio. Con modales del más refinado cicerone nos conduce, desde una casi nostálgica evocación de los reyes de Micenas, a las figuras opuestas de Apolo y Hermes: “Si Apolo era trágico, él era cómico; si a Apolo le gustaba la nobleza del gesto, él tenía una pasión incontenible por todo lo turbio, lo obsceno, lo vulgar, lo ambiguo; nos enseñó que el más ínfimo gesto de la vida puede tener también la gracia insinuante del ademán superior” (como Hermes, Citati es un maestro del encantamiento; quizás su mayor don aquí consista en la vitalización de la lengua con que nos atrae al pensamiento de lo mítico).

 

II.

Sigamos. A la visita a Ulises, le sigue la que dedica a Sócrates, el seductor que se resiste a que le seduzcan, el inspirador que se evade ante toda posibilidad de ser poseído. Citati nos recuerda que Sócrates entendía que el alma era un espacio físico, espacio al que es posible nutrir. A continuación Saturno: la naturaleza que oscila entre los extremos de la melancolía y la exaltación. Ese ir hacia arriba y hacia abajo, eterno, inmodesto, que se despliega en la hora del crepúsculo.

Citati descubre un Nerón complejo, inédito para Roma, más allá de la personalidad exaltada con que se le dibujado: el poderoso que se inventa un reino de ficción, el hombre que convirtió el paso de los días en un espectáculo sin fin. “Llegó a ocuparse de reglamentar los vítores y las aclamaciones de la claque según un ritual que la ironía de la historia hizo renacer con la Iglesia cristiana”. Que su final haya sido el de la demencia parece el destino inevitable de un hombre que circuló siempre al borde del exceso.

Plutarco ocupa un lugar privilegiado en este La luz de la noche. El boceto que Citati ejecuta sobre la comprensión que tenía Plutarco de lo divino o lo mítico, parece corresponderse con su punto de partida: “lo divino es precisamente lo que escapa a la mirada, lo escondido, lo oculto, el enigma incomprensible, irreducible, el santuario al que no pueden acercarse ni los pájaros”. Su elogio alcanza este extremo: ni Levi-Strauss habría alcanzado la pluralidad comprensiva de Plutarco. En cierto modo, Citati parece haber recogido la antorcha de Plutarco y, con ella en la mano, haberse instalado en el empeño de buscar el sentido, la trayectoria y el apogeo, el desafío y la progresión implícita en cada mito. Un lector insaciable, una mente abierta a todo aquello que no vemos.

 

III.

A lo largo de su vida, ideas, sentimientos e intuiciones van ocupando su alma. Su memoria. Su sensibilidad abierta. Pero ese tiempo lineal no desecha la aparición súbita, la iluminación repentina de la gracia de Dios, que marcha a contracorriente de la lógica de las historias. Como le ocurrió a Pablo de Tarso, que recibió la gracia bajo la condición de lo inesperado, así San Agustín experimenta su encuentro con el Dios de las Confesiones, en la famosa escena ocurrida en un jardín, en compañía de su amigo Alipio. Escribe Pietro Citati sobre las Confesiones: “No creo que haya libro concebido por el hombre –ni siquiera los textos sufíes de Persia– que llegue a estar tan cerca de Dios… Agustín está invadido, poseído, dominado, habitado por aquella presencia sobrehumana... Este libro, aunque parezca escrito por cada uno de nosotros, no lo ha compuesto hombre alguno, sino únicamente Dios, que debía ser su único lector y oyente”.

Lector maestro, lector poliédrico, lector ilimitado, Citati llama la atención sobre la corporeidad insistente con que Agustín habla de Dios. Aunque sabe que su Dios no tiene cuerpo, siente de tal modo su presencia, que su prosa se desplaza a lo antropomórfico, sin por ello abandonar su capacidad para adentrarse en los abismos de la mente.

Pero hay todavía un hombre cuya visión sobrepasó los límites: Dante, el hombre que lo “vio todo”. Más que su imaginación, que podía proyectarse más allá de cuanto había sido conocido; más que su inteligencia de portento, capaz de hacer frente a los desafíos más extremos; más que el ordenamiento fuera de lo común que regía su mente, Dante Alighieri tenía el don de la metamorfosis. “Con la misma naturalidad con que nosotros nos miramos en el espejo, se transformaba él en todas las cosas; se convertía en todas las sensaciones, en todas las impresiones y en todos los sueños, en el ámbito de lo humano, o de lo animal, o de lo vegetal”. Dante es el que se atreve, el que rompe los límites para escribir de lo desconocido, de lo inédito. Dante es el escritor ‘divinizado’.