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El orden alfabético: Ofensa

“Enemigos” fue publicado por vez primera en enero de 1887

“Enemigos” fue publicado por vez primera en enero de 1887

“La perfección del cuadro es sobrecogedora. A un mismo tiempo, la desesperación une y separa a estos dos hombres”

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En las tres primeras líneas, el patetismo queda escenificado: Kirílov, médico rural, no logra salvar la vida de Andréi, su hijo de 6 años. La difteria le ha vencido. El niño que acaba de fallecer es hijo único. De rodillas, al lado del cadáver, la madre se abandona al sufrimiento. En medio del silencio, el sonido del timbre irrumpe en la noche.

Cuando Kirílov abre la puerta, el recién llegado, apenas visible en la penumbra, pregunta si el médico está en casa. Una vez que Kirílov se identifica, Aboguin, que así se llama el visitante, habla: su mujer está gravemente enferma. Necesita con urgencia la atención de un médico. El hombre tiembla. Teme que su mujer haya sido víctima de un aneurisma. Kirílov le responde: no puede acompañarle, minutos antes su hijo ha fallecido. Es la voz de un hombre sumido en la impotencia.

La perfección del cuadro es sobrecogedora. A un mismo tiempo, la desesperación une y separa a estos dos hombres. Kirílov se ha derrumbado, al extremo de olvidar que Aboguin lo espera en el vestíbulo. Kirílov vuelve a la habitación donde permanecen el hijo fallecido y la madre sufriente. El largo párrafo que sigue a continuación no es otra cosa que el puro genio de Chéjov narrando el silencio que sigue a la tragedia: “Allí reinaba una calma mortal. Todo, hasta el último detalle, hablaba con elocuencia sobre la tormenta que acababa de pasar, de su agotamiento, y todo ahora descansaba. Una vela, colocada sobre un taburete, metida entre una multitud de botellas, frascos, cajas y latas, y una gran lámpara sobre el vestidor, iluminaban toda la estancia. Sobre la cama, al lado de la ventana, yacía el niño con los ojos abiertos y una expresión sorprendida en el rostro. No se movía, pero daba la impresión de que sus ojos se oscurecían por momentos y se hundían en su calavera. Al lado de la cama, con las manos echadas sobre su cuerpo y con el rostro escondido entre las sábanas, su madre estaba arrodillada. Igual que el niño, estaba inmóvil, pero se adivinaba la vida en la curva de su cuerpo y en sus manos. Se había dejado caer sobre la cama con abandono, como asustada de echar a perder la postura cómoda y relajada en la que se había configurado su cuerpo exhausto. Las sábanas, los trapos, los cubos, los charcos sobre el suelo, los pinceles y las cucharas tiradas por cualquier parte, la botella blanca llena de agua de cal, incluso el mismo aire, pesado y recargado: todo se había detenido y parecía hundido en la calma más absoluta”.

Aboguin insiste. Kirílov, en el último límite de sus fuerzas, repite lo dicho: “No  puedo servirle de nada… No puedo ni hablar…”.  Chéjov vuelve a mostrar su condición de maestro de la condición humana: no son las grandes frases de la humanidad las que triunfan, sino el argumento más pedestre: cuando Aboguin le promete que en una hora estará de vuelta, Kirílov cede y se sube a la calesa.

Enemigos, obra maestra, fue publicado por vez primera en enero de 1887. Lo que sigue da vértigo: al llegar a su casa, Aboguin le pide a Kirílov que lo espere en la sala. El silencio que impera le hace temer lo peor. Transcurren unos minutos. Cuando regresa al salón donde el médico le espera, Aboguin se ha transformado. Es otro. Lo que informa a Kirílov parece una secuencia extraída de otro lugar o de otra historia: la mujer de Aboguin ha huido con otro hombre. Ha simulado estar enferma para que Aboguin saliera de casa: no más que una treta para escapar.

Aboguin, aplastado por la humillación, exhibe su rabia ante Kirílov. Kirílov se revuelve: le han separado de su hijo muerto y de su esposa también derrumbada, para asistir al desenlace de una grotesca farsa. Kirílov estalla. Aboguin reacciona. Se agreden con palabras. Se desprecian. Las ofensas recibidas, no los unen sino que los enfrentan. No se escuchan: se atrincheran. Han adquirido la condición de irreconciliables. Se han vuelto enemigos.