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El orden alfabético: Halcón

“H de halcón” (Ático de los Libros, España, 2015)

“H de halcón” (Ático de los Libros, España, 2015)

“Helen Macdonald no está nunca ajena al doble proceso: cambia el azor, cambia ella. Con una fraseología de notable, narra su proceso interior”

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La frase que estoy a punto de escribir, que en H de halcón confluyen cuatro vidas, me pone en aprietos. Cuatro vidas: La primera de ellas, la de Helen Macdonald (Inglaterra, 1970), autora de este inusitado testimonio-ensayo; otra, la de Terence Hanbury White (1906-1964), prolífico escritor inglés, quien en 1952 publicó The Goshawk, narración autobiográfica que cuenta su intento por educar a un halcón; las otras dos vidas, y es aquí donde titubeo y me pregunto cuán legítimo es equiparar a los falconiformes con los humanos, son las de Gos, el halcón de White, y Mabel, halcón hembra de Macdonald. Todo esto me resulta sobrevenido: leer sobre la tradición y la práctica ritual de la cetrería; enterarme del vínculo palpitante, poderoso e incierto que une a cetreros con sus aves de rapiña; y, en lo que respecta a Helen Macdonald, mi asombro ante su experiencia apenas plausible: haber narrado su duelo, tensado por el intercambio con un halcón, y que ello alcanzase la forma de una prosa de intenso calaje emocional. 

Aves y azores han sido parte de la vida de Macdonald. Constituyen recuerdos de infancia: algo que remonta a lo esencial, lo intuitivo, lo constitutivo. Enraizado en su alma. A los nueve años acompaña a su padre a buscar gavilanes. Aquél día incorporó a su vida el significado de la palabra paciencia. Siempre quiso ser cetrera. Es la persona que puede escribir: “Buscar azores es como buscar la gracia de Dios: llega, pero no a menudo, y no decides ni cuándo ni cómo”. Adulta, se convierte en una experta en la cultura de la cetrería. Su conocimiento del tema es científico y sensitivo. Lo ha leído y lo ha pensado. En 2006 publica “Falcon”, historia cultural de los halcones. Es una conocedora, predispuesta, quizás destinada a ese interregno de meses que se narra en H de halcón (Ático de los Libros, España, 2015), tiempo donde el gobierno de sí misma, en cierta medida, escapó de su pleno control.

Una llamada de su madre desata los hechos: le informa de la inesperada muerte del padre. Con él desaparece un hombre entrañable y un mundo. Ocurre en un momento en que Macdonald no tiene hijos, ni pareja, ni casa, ni trabajo con horario. En una pesadilla, aparece un azor. Macdonald recuerda el tiempo en que tenía su habitación tapizada de fotografías de aves rapiñas, también los libros que contenían detalladas descripciones de las diferentes especies. Luego, como si fuese un avance planificado por un demonio sistemático, tropieza con El azor, libro de T. H. White que mencioné antes y que ella resume como la batalla metafísica entre un hombre y un ave. Muy temprano, White y Gos, su halcón, se vuelven imprescindibles en la narración. La historia de su fallido intento por controlar a Gos, sirve como referencia y contrafigura a los tormentos de Macdonald. Aún más, el empeño de White en ocultar su vida bajo capas y capas de evasivas (“una vida de perpetuos disfraces”), desafía la mirada penetrante de la Macdonald estudiosa. Su H de Halcón es también un estudio parcial y profundo, de algunas de las facetas de White, más allá de su incursión por la cetrería.

 

La dificultad

En algún momento ella conduce hasta un embarcadero escocés, donde un hombre le trae, metido en una caja, al halcón hembra que ella bautizará como Mabel. “Es un truco de magia. Un reptil. Un ángel caído. Un grifo sacado de las páginas de un bestiario medieval iluminado. Algo resplandeciente y lejano, como oro hundiéndose en el agua”. Desde el primer instante, Macdonald siente que el animal encarna la dificultad. Con el azor metido en su automóvil, recorre carreteras de regreso a su casa. Mabel lo ocupa todo: la mente de su propietaria, las rutinas, las horas del día, los espacios de la casa. Esta frase anuncia la intensidad de lo que está por suceder: “El azor me mira, mortalmente aterrorizado, y siento que los silencios de nuestros corazones coinciden”. Cada segundo es de tensión. Macdonald hace suyo el primer obstáculo: salvar la distancia entre miedo y comida. Debe alimentarlo. Y así se inicia el recorrido –camino plagado de intransigencias y trampas–, cuyo desmenuzamiento cautiva: objetos y artilugios; técnicas y mañas; esperas y azuzamientos; esperas y un rosario de avances y retrocesos. Leyendo a White se percata de que la cetrería no puede concebirse como misterio, porque así el resultado del entrenamiento será el de una enconada y permanente batalla entre hombre y azor. Mabel es una máquina de caza y muerte. Cada movimiento de su criadora es parte de una danza sigilosa. De un estar visible-invisible. De descifrar cada movimiento muscular, cada variación del humor. Vínculo del sexto sentido. Llega el día D, es decir, la prueba de sacarla a volar, primero en sesiones de cortos vuelos, amarrada. Luego, la extensión de la atadura, crece. Se suceden las primeras sesiones de caza.

 

La mujer-azor

Helen Macdonald no está nunca ajena al doble proceso: cambia el azor, cambia ella. Con una fraseología de notable, narra su proceso interior. Su duelo, su desentendimiento de cuanto la rodea. A su alrededor, la realidad pierde su perfil. Llora sin control. Hace cosas que ella mismo no logra explicarse. “Soy el bufón, pienso, sombría. Antes era una investigadora, una académica como es debido. Ahora soy una mezcla. Ya no soy Helen. Soy la mujer del azor”. En cuanto las incursiones de Mabel son más libres, la psique de su cetrera se somete a pruebas de mayores obstáculos. El ave sigue siendo el animal impredecible. Irreducible a un pacto con su propietaria. Libre en su animalidad. “Una ira enorme emerge de la nada. Es la ira de algo que no encaja”. La cetrera padece. No solo su mente, también su cuerpo, herida en distintos episodios campestres, en las ocasiones en que saca a Mabel a cazar faisanes, conejos. Helen Macdonald siente que no controla su vida. Usa la palabra locura para describir su sensación de persona enferma. En ese estado, se asoma a las preguntas inherentes a la moral de la caza. Distingue el paso entre la espectadora y la organizadora de las sesiones de caza de Mabel. Cuando el azor despega, no hay anticipo de lo que vendrá. “Es un azor hecho de cables de tensión, impregnado de expectación asesina”. Ochocientos cincuenta gramos de huesos, músculos y órganos hechos para matar.

La cuestión es que toda esta incursión/excursión vital le ocurre a una mujer en duelo. El vínculo con Mabel alcanza sus fibras últimas. “Cazar con el azor me había empujado al auténtico límite de lo que es ser humana. Y luego me llevó más allá de ese lugar, a un sitio en el que ya no era humana en absoluto”. Ocurre: mientras que celebra los sangrientos episodios de Mabel triunfante, la invade el dolor: la visión del conejo descuartizado. En un episodio extremo, Macdonal ayuda a su halcón a destruir una guarida, para facilitarle la caza a Mabel. Otro duelo, otro júbilo.

Macdonald habla de la arqueología del duelo, porque a menudo salen a flote recuerdos que yacían enterrados. Dos caras del mismo proceso: a medida que se interna en los recovecos de la cetrería, se aleja de lo cotidiano. Se vuelve ella misma una cazadora. En un confuso episodio, Mabel ataca a Macdonald y le causa una herida entre los dos ojos. Concluye la autora: la confundió con un faisán. Sumida en los límites, empujada a situaciones de riesgo que la sobrepasan, corriendo riesgos de vida, reconsidera. Piensa en el propósito de equilibro. No como apetito moral, sino de reencuentro con la vida. Eso es lo que anuncia estas líneas que copio para cerrar este comentario: “Te apartas de ti misma, como si tu alma pudiera ser también un animal migratorio, te sitúas a cierta distancia del horror y miras fijamente al cielo. El azor atrapa un conejo. Yo mato al conejo. En mi corazón no hay sed de sangre. No me queda corazón. Lo observo todo como si fuera un verdugo tras mil ejecuciones, como si todo esto fuera la forma inevitable en que funciona el mundo. No creo que lo sea. Rezo porque no lo sea”.

 

H de halcón

Helen Macdonald

Editorial Ático de los libros.

España, 2015.