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El orden alfabético: Guerra

“Alá en París” (Editorial Confluencias, España, 2016)

“Alá en París” (Editorial Confluencias, España, 2016)

“Ciudades penetradas, Contra-Repúblicas que crecen en el seno de la República, donde actúan y se desarrollan redes entrenadas para matar y delinquir”

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Hay un nervio, los sentidos incrustados en la realidad, una inteligencia donde concurren la filosofía y el reporterismo: en Gabriel Albiac, calle y pensamiento no se distancian, sino que se irrigan una y otro. Y esta esta mente en movimiento, un observador global, es quien nos advierte: el que haya actos terroristas no debe ocultar la cuestión de que hay una guerra en curso del islamismo radical en contra de Francia y Europa. La denominación de terrorismo puede sugerirnos que se trata de actos aislados, ejecutados por focos de extremistas. No. Es una guerra, ni más ni menos. Y así lo ha entendido el Estado de Francia.

Albiac nos hace dos recordatorios necesarios: el que la laicidad es la clave mayor de la democracia, y la garantía de que el Estado no interviene en prácticas religiosas. Ambos son el fundamento del republicanismo de Francia. Pero he aquí que, en las últimas décadas, barrios enteros en las periferias de las grandes ciudades de ese país, han sido pobladas por musulmanes de distintas generaciones. Barrios en los que, a menudo, Corán y narcotráfico se trenzan. Y allí, en esas ciudades y países donde la solidaridad republicana les ha acogido, los ulemas promueven en cafés, templos y liceos, la sharía, “ley de Alá que esclaviza a las mujeres y otorga potestad –cuando no obligación– de asesinar a todo aquel que se resista al mensaje del Profeta”.

Ciudades penetradas, Contra-Repúblicas que crecen en el seno de la República, donde actúan y se desarrollan redes entrenadas para matar y delinquir, provistas de arsenales de kalachnikov, para negar la premisa de la multiplicidad, fundamento de la laicidad francesa. “Que significa algo sencillo y precioso. Nadie, en la República, es preguntado por sus creencias. A nadie tolera la República que ponga sus creencias por encima de la ley de todos. A eso se llama democracia. Que el creyente sea católico, protestante, hinduista, musulmán, animista, harikrishna…, no importa: a igual ley está sometido”.

Alá en París (Editorial Confluencias, España, 2016) advierte sobre asuntos que las políticas fundadas en premisas como integración, multiculturalismo, empatía, diálogo y otras variantes de la corrección política, nada tienen que decir ante los brutales dictados del Corán: “El mandato coránico es explícito y muy poco concordante con las fantasías benévolas: la guerra que los yihadistas despliegan contra el mundo infiel es lucha contra una resistencia diabólica al mandato de Alá. Y, para esa resistencia, contempla el Corán un solo castigo: la muerte. Indiferenciada”.

En páginas irremplazables por su lucidez, Elías Canetti señala en Masa y poder que del Corán deriva una religión de guerra. Mahoma es un profeta de la lucha y la guerra. Su testamento no quiere tanto garantizar la protección o la propagación de la fe, sino, y esto es lo decisivo, el sometimiento de los infieles: “la expansión, no tanto de la fe sino de su esfera de poder, que es la esfera del poder de Alá. A los combatientes del islam no les importante tanto la conversión como el sometimiento de los infieles”. Estas frases de El Corán, no dejan resquicio alguno para la duda: “Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los idólatras dondequiera que los encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes!”. En uno de los relatos sobre la vida de Mahoma, es tal su júbilo ante la visión de los cadáveres de los enemigos amontonados, que les dirige una prédica en la que insiste en que la amenaza de Dios ha resultado cierta. Cuando sus compañeros le preguntan si le está hablando a los muertos, Mahoma responde: “Ellos oyen lo que les digo”. El odio proclamado por el Islam actúa contra los infieles vivos y también los muertos.

Ese odio, que incluye el exterminio sistemático de los suníes y cristianos, carece de límites: ha proclamado la esclavitud; ha creado mercados de mujeres requisadas en el avance militar de sus milicias: las mujeres no son más que botín de guerra, carecen de derechos humanos. Informes conservadores que pueden leerse en internet, señalan que son más de 18 mil las mujeres que han sido transadas por escalas de precios que van de 20 a 130 euros. Luego, está la venta de los productos Premium: niñas de 1 a 9 años, cuyo precio fluctúa entre 140 y 150 euros: tal el mandato teológico del Corán.