• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

El orden alfabético: Girard

René Girard (1923-2015) / Foto: The Raven Foundation

René Girard (1923-2015) / Foto: The Raven Foundation

“El investigador insaciable nunca dio por culminadas las vertientes de sus hallazgos”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Hay una línea que, desde Francis Bacon (1561-1616), se proyecta hasta Arthur Schopenhauer (1788-1861) y, desde él, alcanza nuestro tiempo en la obra cautivadora e inclasificable de René Girard (1923-2015). Esa línea, en particular, le sigue los pasos a la envidia. Los tres se esforzaron por mirarle el rostro y abrir rendijas a través de las cuales intentar su comprensión.

A Francis Bacon, que la sufrió de sus contemporáneos, le subyugaba el poderío y la persistencia de la envidia. Su talla le resultaba comparable a la del amor. En uno de sus ensayos escribió: “ambos tienen poderes vehementes; se transforman fácilmente en fantasías y sugestiones y se presentan con facilidad ante los ojos, especialmente, ante la presencia de los objetos causantes de la fascinación, si es que hay alguno”.

En el caso de Schopenhauer, la envidia aparece como la más perniciosa conformación del egoísmo. En el núcleo del pesimismo que estructuró su pensamiento están los “archidemonios” de los egoísmos humanos, a los que cabe remitir todas las desgracias de la civilización. En un giro propio de su inteligencia irreducible, Schopenhauer formuló, además, una paradoja: ningún hombre es digno de envidia. De ahí que la envidia, “implacable y cruel”, tiene un trasfondo de inutilidad: ella sería el documento que certifica la desdicha de vivir.

En la Teoría Mimética o Teoría del Deseo Mimético, la envidia es el engranaje clave del sistema creado por René Girard. Desde que publicara Mentira romántica y verdad novelesca, en 1961, comenzó a perfilarse, de forma paulatina, un edificio conceptual que, en algunos de sus fascinantes libros publicados en la década de los ochenta (El chivo expiatorio, La ruta antigua de los hombres perversos y Shakespeare: los fuegos de la envidia), adquiriría las proporciones de un gran lente de aumento: el pensamiento de Girard, además de mostrar el fenómeno de la envidia en múltiples dimensiones, se proyecta con luz reveladora sobre la cultura y el funcionamiento de la sociedad.

Girard, que murió a comienzos del pasado mes de noviembre, dejó una obra irremplazable porque sin las herramientas que forjó, cualquier aproximación a la cultura y a la sociedad resultará insuficiente y, porque, hasta donde alcanzo a percibirlo, no hay otro pensador que haya alcanzado a sugerir la fuerza configuradora que tiene desear los bienes y atributos de los demás. Nuestros deseos, tal el quid propuesto por Girard, se desarrollan cuando imitamos los deseos del otro. Las disputas humanas lo son por objetos sobre el que concurren deseos rivales. Quien desea encuentra siempre un antagonista. Vivir es desear, rivalizar, vengar las derrotas. Este modelo, que fue perfeccionado por su creador en el tiempo, se mantiene ajeno a los esquemas sociopolíticos que explican la conflictividad social como resultado de las desigualdades, y también al dogma freudiano de la libido. En su ensayo sobre Chrétien de Troyes, Girard lo dice con una frase: “La competición es el alma del sexo, no la libido freudiana”.

El investigador insaciable que fue Girard nunca dio por culminadas las vertientes de sus hallazgos. Veinte años después de haber publicado su estudio sobre Shakespeare (1990), en una pieza breve, “Pasión y violencia en Romeo y Julieta”, añadió ideas que deben leerse como nuevas proyecciones de la Teoría Mimética, como por ejemplo, la yuxtaposición de emociones contrarias como elemento que hace más complejas las pasiones: “La mezcla de amor y odio sugiere un amor mucho más fuerte que el que no está teñido de odio”. El carácter mimético de lo humano, muestra la carga de irracionalidad que es sustantiva en los intercambios humanos.

El pensamiento de René Girard desborda. Su naturaleza es multidisciplinar. El que su obra pueda ser útil para la filosofía, la antropología, la literatura, la bibliología, la sicología, la sociología o la teología, no la explica. Su pensamiento tiene un modo de desplazarse sinuoso: cuando sientes que estás a punto de atraparlo, se ha desplazado. Con frecuencia, al lugar menos previsible. Y sobre eso hay algo fundamental que decir: en Girard el pensamiento del oponente alcanza un estatuto conmovedor: en sus páginas se hace patente lo semejantes que pueden llegar a ser los enemigos, especialmente aquellos que lo son por mucho tiempo.

Pero si su obra resulta inubicable en una biblioteca temática, también el hombre nos resulta inasible: francés nacido en el núcleo de una familia común, que en plena madurez decide asumir el credo católico, que en un momento se muda a Estados Unidos (1950), donde destaca por su trabajo en varias universidades, hasta que en 1981 ingresa a la Universidad de Stanford, de la que se retiró en 1995. He leído un par de testimonios de colegas suyos: fue un hombre de espíritu. Una mente abierta que no temió reconocer las víctimas causadas por el judeocristianismo. También un lector apasionado de Cervantes, Shakespeare, Proust y Dostoievski. En sus libros, que he leído traducidos al español, es inevitable sentir en su prosa, ese aire casi innombrable de los que escriben porque, más que así mismos, aman a sus prójimos.