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El orden alfabético: Duras (I)

Marguerite Duras / Foto 20 Minutos.es

Marguerite Duras / Foto 20 Minutos.es

Contamos la historia en 4 partes de Marguerite Donnadieu, conocida mejor como Marguerite Duras. De nacionalidad francesa, fue novelista, ensayista, guionista y cineasta

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Marguerite Duras tuvo una vida-torbellino. Nació en Indochina, en 1914, en tiempos revulsivos. Su padre era un modesto profesor de matemáticas. Hombre de ojos abatidos, murió muy pronto. La madre parecía hecha de piedra: en los dos retratos suyos que se reproducen en la biografía que Laure Adler le dedicó a Duras, su mentón es escultórico: tenso, autoritario, irrebatible. Su severidad marcó la existencia y la obra de su única hija: la señora es el motivo, latente y manifiesto, de sus libros. Marguerite Duras respondió a su madre a través de sus libros.

La madre provenía de una familia de campesinos pobres. Cada una de estas dos palabras, campesinos y pobres, debería disponer de su propia entidad. Llevaba consigo algo que era programa de vida, consigna, un modo de soñar: instrucción. Marguerite debía instruirse para así dejar atrás la pobreza (la pobreza, en Indochina, no podía superarse, sino dejarse atrás). De niña, pasa un corto tiempo en París: su primera incursión en la táctica de dejar-atrás. Vivirá en Indochina hasta los 18 años. Es la menor: tiene dos hermanos, Pierre y Paulo. No puede decirse de otra manera: aquello se constituye en un infierno doméstico. La madre se engarza en luchas con los vecinos, con las autoridades, con todo cuanto la rodea. La madre grita y golpea. Los hermanos se golpean entre ellos. El mayor, Pierre, apalea a Marguerite. El dinero no alcanza. La comida tampoco. El signo es lo insuficiente. La falta crónica. Más adelante, Marguerite abandonará el apellido de su padre y adoptará el de Duras, que era el del municipio donde estaba ubicada la casa paterna.

La familia vive al borde del estallido. Marguerite hundida en el miedo. No halla un lugar en la estructura del colonialismo. No pertenece: ni al mundo de los indochinos, ni tampoco al de los blancos. Muy temprano aparece su temor a la locura, del que no podrá separarse nunca. Marguerite acata la orden de instruirse. Y estudia como nadie. Sus calificaciones son milagrosas. Mientras, la madre sigue en guerra. Es víctimas de engaños. Sus proyectos para dejar atrás la pobreza fallan. Sobreviven aislados.  La madre oscila entre dos signos: locura y rebelión. Pierre ha cruzado el umbral. Es un sicópata sin control. Cuando regresa a casa el campo de batalla enciende sus luces rojas. En algún momento Marguerite se derrumba. La reprueban. Golpea a una maestra con una cartera.

La madre lleva a la quinceañera a vivir a una pequeña casa de huéspedes, regentada por una vieja que obliga a Marguerite a mirarla desnuda los domingos en la tarde, cuando los otros pensionistas están fuera. En su casa, en las aulas, en la pensión: siempre fuera de lugar. Incómoda. Avergonzada de su pobreza. Quizás avergonzada de sus secretos.

Los hermanos no trabajaban. La madre no conoce otro estado que el de la desesperación. Tras haber cruzado la línea de los quince años, Marguerite está en venta. La madre está dispuesta a entregarla a cambio de dinero. Por dos años se prolonga la historia con Léo. Es una relación cargada de una inexpugnable complejidad. La madre le ha dicho: puedes hacerlo todo con Léo, salvo acostarte con él. Ella lo vive como una fatalidad. Su hermano la golpea. Tras vencer la barrera, le pide dinero. Pedir se vuelve recurrente. El dinero se cambia por conquistas. Primero, tomarle la mano. Luego, besarla. Y así. De acuerdo a lo señalado en su diario, Léo solo habría podido amar a Marguerite, una vez. Cuando ella regresa, la madre y el hermano la esperan. Están tensos. ¿Cuánto ha conseguido? Marguerite se hace de rogar, pero también Léo se ha hecho de rogar. Dice el diario de Duras: “Cuando sabía que lo tenía, mi madre entraba en una especie de trance”. El juego no es a dos, sino a cuatro, porque la madre y Pierre también participan. Después de entregar el dinero, todo se disuelve, incluyendo la protección: Pierre vuelve a golpearla.

“Aceptaba las bobadas de Léo. Lo aceptaba todo. A mi madre, a mi hermano mayor, las palizas. Todo. Me parecía que el único modo de salir de aquello consistía en casarme con Léo porque tenía dinero, porque con ese dinero nos iríamos a Francia y allá lo pasaríamos bien. No contemplaba la posibilidad de quedarme en Indochina porque me parecía que la vida a solas con Léo era superior a mis fuerzas”. Pero a Léo le prohíben casarse con Marguerite. La madre reacciona: pide a Léo y al padre una compensación. No se sabe si le fue concedido todo el monto que había exigido. Hay una historia sobre un diamante, que no ha podido ser corroborada (Duras se encargó, a lo largo de su vida, de versionar, afirmar y desmentir, borrar y diluir, mitificar o distorsionar, buena parte de los episodios de su vida, hasta hacerlos irreconocibles).

En 1931, en pleno verano, Marguerite, la madre y sus dos hermanos, embarcaron rumbo a Marsella. Se marchan con la idea de no regresar a Indochina. Pero la realidad resultará distinta: un año más tarde están de vuelta. Poco se sabe de lo que ocurrió ese año. Poco de la huella que París dejó en Marguerite. Se sabe que en las pruebas de la reválida, obtuvo la mejor calificación. Ella misma contó en una entrevista que llegó a pedir dinero a hombres, en las calles. Tuvo incidentes con la policía. Entregaba todo lo recaudado a su madre y a su hermano mayor. Pierre tomaba el dinero y le pegaba: la acusaba de prostituirse.

En septiembre de 1932 desembarcan, sin Pierre, que se ha quedado en Francia. La madre compra una pequeña casa en Saigón, que toma un huésped. Marguerite regresa al liceo a terminar su bachillerato. Aislada, estudiaba. Acumulaba méritos escolares. Paulo, su otro hermano, hace pequeños trabajos aquí y allá. Es un tiempo de paz relativa. Marguerite lee los Evangelios, a Spinoza y a otros filósofos. Obtiene su bachillerato en Letras, con la calificación de Notable. Marguerite Donnadieu, de 19 años, vuelve a Francia. Desembarca en Marsella el 28 de octubre de 1933. Le espera un tío del huésped, que la conduce a la estación de trenes. Marguerite se embarca entonces rumbo a París.

 

*Continúo el próximo viernes