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El orden alfabético: Duras (IV)

Marguerite Duras / Foto 20 Minutos.es

Marguerite Duras / Foto 20 Minutos.es

Contamos la historia en 4 partes de Marguerite Donnadieu, conocida mejor como Marguerite Duras. De nacionalidad francesa, fue novelista, ensayista, guionista y cineasta

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Que Antelme haya logrado sobrevivir al campo de concentración, es inconcebible para Marguerite Duras, también para sus amigos. Moscolo se pregunta, ¿qué lo ata a la vida? Y responde: la pasión del pensamiento. El mismo Moscolo toma la precaución de advertir a Duras por teléfono, antes de llevarlo hasta su casa, que Antelme no es más que un resto del hombre que fue. Pero esta diligencia apenas causa efecto: cuando ve el paquete de huesos que bajaron del automóvil, ella sale corriendo y se encierra en una habitación. Dos médicos traídos por Francois Mitterrand, lo examinan y anuncian la inminencia de la muerte. Duras desespera, pero atina a buscar a un dietólogo, que le salva la vida. Su desvelo resulta fundamental. Día tras día, de sol a sol, una operación milimétrica, de goteo, va arrancando el cuerpo de Antelme, de la muerte. A las cuatro semanas, el médico anuncia: se ha salvado. Una semana más tarde, Antelme sale a dar cortos paseos con David Rousset, que ha salido del campo con un peso corporal de 38 kilos.

“Eres la primera persona a la que escribo, pues quiero que puedas conservar dentro de ti, algún tiempo más, si es posible, el maravilloso sentimiento de haber salvado a un hombre”. En estas líneas de una carta que envía a Moscolo, queda sellada la amistad eterna entre el esposo y el amante de Duras. Los pensamientos de Antelme avanzan por caminos insondables: se trata, nada menos, que de la experiencia de volver a ser un hombre. Entonces, casi nadie se le acerca: los amigos entienden que necesita de silencio para renacer. Tiene que aprenderlo todo de nuevo. Antelme lucha con su depresión, pero las derrotas son frecuentes. Las historias de la depuración, en Francia, lo devuelven a lo público. Argumenta: la venganza es inútil. La única venganza posible es la de las ideas, la derrota de los fanatismos. En medio de un intenso debate sobre el comunismo y  sobre si militar o no en el Partido Comunista, y en un ambiente de casi unánime indiferencia hacia lo ocurrido en los campos de la muerte, Antelme escribe su testimonio. Marguerite Duras está entre las personas que han entendido. Ha entendido la dimensión del Holocausto. Su identificación con el pueblo judío alcanzó esta intensidad: “Lástima que no sea judía. Ni la escritura hará que me vuelva judía”.

En 1947, Antelme publica La especie humana, dedicado a Marie-Louise, su hermana asesinada en Buchenwald. Tendría que esperar a la segunda edición, en 1957, para que los especialistas y el público descubrieran la enormidad de su contenido. En el prólogo, Antelme anuncia la desmesura de lo que se propone: reconocer la desproporción entre sufrimiento y el poder de las palabras para nombrarlo. Registra los movimientos de lo humano. Las conductas, los pensamientos, las sensaciones. No se le escapa el mundo material, tampoco la persistencia de lo natural. Él mismo es un sufriente, que mantiene activa su mente reconociendo el sufrimiento de los otros. Mientras muere, ve morir a los demás. Su lucidez se conserva casi inquebrantable: “El cuerpo está solo, con la fiebre. No hay nada que hacer. Solo se puede mirar cómo actúa la fiebre. Se la deja hacer, pero uno no puede quedarse ante él. Resulta tan insoportable como un hombre hundiéndose en el agua”.

Maurice Blanchot lo ha sugerido: La especie humana responde a la pregunta de quién es el Otro. Su reflexión se proyecta hasta los límites: el hombre tiene la capacidad de matar a otro hombre, pero no puede transformarlo en algo distinto. El campo de la muerte conduce al hombre a otro límite: a un estado de creciente despojo de su dignidad, de su habla, de cualquier forma de afirmación. La destrucción llega a un punto donde no puede más: no le es posible matar la condición infinita del ser humano. Puede torturar al cuerpo, pero no puede erradicar el-sentimiento-último-de-pertenencia-a-la-especie-humana. El ser vencido, liquidado, contiene una presencia. Es presencia. Y esa presencia constituye, por sí, más que un juicio, la denuncia, la deslegitimación del poder del poderoso. El dolor de Antelme, pero también su atisbo, su posible conciliación, lo que ese dolor salva, se refieren a la especie. Incluso cuando señala el carácter personal e intransferible de la solidaridad real, habla de la condición humana: hay quien la tiene, hay quien no la lleva consigo. No hay acusación en ello. Hay reconocimiento. Puro y concreto reconocimiento. Su dolor no está restringido a las víctimas, sino al conjunto de la especie.

Vuelvo ahora a Duras: cuatro décadas más tarde de este renacimiento, en 1985 publica El dolor, novela basada en la experiencia de esperar a Robert Antelme. Dividida en dos secciones, la primera es un capítulo memorable de la narrativa de la espera. Páginas y páginas que destilan la angustia de la ansiedad expectante. El dolor que Duras examina hasta en sus más recónditos pliegues, es el del propio sufrimiento. El dolor de sí. Más allá de las dos cuestiones que ha suscitado la lectura de esta novela –cuánto de realidad y cuánto de invención contiene; y las relativas a las condiciones en las que Duras escribió esta novela, pues se trata de una de sus etapas de apogeo alcohólico–, hay que decir: puestos uno al lado del otro, es decir, confrontados, La especie humana” y El dolor, son, en un sentido, indisociables, pero en otro, son proyecciones que se dirigen a extremos diferenciados.

A pesar de que han transcurrido cuatro décadas de los hechos que lo originaron, el sufrimiento sigue vivo, intocado. Se lee El dolor y se presiente la figura de un narrador hecho ovillo. Figuración de lo vulnerable. Voz a quien el paso de los años no ha curado. Como si tratase de una herida que no mata, pero que tampoco cierra. Lo que se expresa en la ficción, es que hay un daño irreparable. Es tal su fuerza, que cuando la víctima recapitula, no puede evitar volver a sufrir (quizás por eso Duras tardó cuarenta años en volver a este capítulo imposible de su vida). La proyección de El dolor es centrípeta: su torbellino viaja hacia sí mismo. Indaga en su propia conformación. Su dolor genera una energía que la empuja a ir más adentro. Duras lucha por salvarse –por no enloquecer– hurgando en sí misma.

Antelme opera en sentido inverso: en cuanto se acepta como un sufriente, algo le impulsa a mirar a su alrededor. Como si su conciencia se activara más allá de sí mismo, observa, actúa, se pone en movimiento. El pensamiento adquiere una dimensión vivificante. No solo registra cuanto le rodea con total minuciosidad, sino que su espíritu logra sobrevivir en medio de la atrocidad. Hay algo en él que es casi sobrehumano: una lucidez que se mantiene a flote, aun cuando su cuerpo continúa su hundimiento. El sufrimiento de Antelme proyecta su mirada a cuento le rodea: es centrífugo. Depauperado, entiende que las posibilidades últimas de vida están fuera de sí: en el reconocimiento de la especie humana.

Copio a continuación dos párrafos, para que el lector pueda meditar en estas conclusivas palabras de Robert Antelme: “No creemos que los héroes que conocemos, de la historia o de la literatura, aunque hayan clamado al amor, a la soledad, a la angustia del ser o del no ser, a la venganza, aunque se hayan rebelado en contra de la injusticia, contra la humillación, se hayan visto obligados a expresar, como única y última reivindicación, un último sentimiento de pertenencia a la especie.

Decir que entonces nos sentíamos impugnados como hombres, como miembros de la especie, puede parecer un sentimiento retrospectivo, una explicación posterior. Sin embargo, eso es lo que vivimos de forma más inmediata y percibimos constantemente. Y, por otra parte, eso es exactamente lo que desearon los otros. El hecho de cuestionarse la cualidad de hombre provoca una reivindicación casi biológica de pertenencia a la especie humana. Más tarde sirve para meditar sobre los límites de esta especie, sobre su distancia de la ‘naturaleza’ y su relación con ella, por tanto sobre cierta soledad de la especie y, en fin, sirve sobre todo para concebir una visión clara de unidad indivisible”.