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El orden alfabético: Duras (III)

Marguerite Duras / Foto 20 Minutos.es

Marguerite Duras / Foto 20 Minutos.es

Contamos la historia en 4 partes de Marguerite Donnadieu, conocida mejor como Marguerite Duras. De nacionalidad francesa, fue novelista, ensayista, guionista y cineasta

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Vayamos a enero de 1936, cuando Jean Lagrolet, todavía pareja de Marguerite, le presenta a dos amigos, uno de ellos, Robert Antelme, tres años menor que ella. Nacido en Córcega, en 1917, de familia burguesa, Antelme es un hombre refinado, que asombraba por su bondad, profundidad al pensar y su impecable economía y fluidez para expresarse. Le gustaban las artes, la política, la historia de Grecia, los viajes y la buena comida. La atracción entre Duras y Antelme tiene lugar al instante.

Antelme es excepcional. En páginas de numerosos autores franceses, invocarlo es pronunciar el nombre de un ser admirable y generoso. Las anécdotas son las del pensador de buen juicio y equilibro. Claude Roy escribió que bastaba estar con él en la misma habitación, para sentir la irradiación de su humanidad. Duras: “No sé cómo decirlo. Hablaba y no hablaba. No daba consejos pero no se podía hacer nada sin su opinión. Era la inteligencia misma y aborrecía parecer inteligente al hablar”. Maurice Blanchot: “Sus palabras eran siempre las últimas, las que ninguno de nosotros lograba remontar”. Georges Beauchamp: “Es el hombre más excepcional que he conocido. Y eso que tengo ochenta años y he sido amigo de Francois Mitterrand”. Edgar Morin: “No hablaba, iluminaba”. La pareja Duras-Lagrolet se rompe: Antelme y Duras experimentan una pasión irrenunciable. En las noches, se les encuentra en mesas donde artistas e intelectuales intentan descifrar el mundo, entre cafés y cervezas. Comparen la pasión y la decepción por el comunismo. Cuando en el verano de 1938 se incorpora a filas, sus visiones se amplifican. En sus cartas de aquellos años, acuartelado en Ruán, Francia aparece como un viejo tótem que se desmorona irremediable.

En abril de 1939, Antelme conoce a Jacques Benet, también miembro del Regimiento de Infantería 39. Desgranan la situación de Francia y de Europa. Concluyen: el enfrentamiento con Hitler es inevitable. En septiembre de ese año, como ya se dijo, se casa con Marguerite. Toda la intelectualidad francesa siente venir la catástrofe de la guerra. En mayo de 1940, Simone de Beauvoir, escribe: “Nos hemos acostumbrado a la idea de que la sangre está para ser derramada”.

Mientras el pacifismo todavía despliega sus banderas, un lector voraz y carismático, incansable agitador de nombre Francois Mitterrand, va de un lado a otro proclamando la resistencia. Hitler ocupa París en junio de 1940. Tras arduas diligencias de su padre, Antelme logra regresar a París en septiembre. Además, tiene trabajo: redactor en la Prefectura de la Policía. Algunos amigos le reprochan su condición de funcionario de un régimen doblegado al nazismo. Pero bajo el influjo de su jefa directa, miembro de la resistencia, Antelme comienza a colaborar: retrasa la emisión de órdenes; filtra las listas de quienes están siendo investigados; destruyen las denuncias que provienen de otras instituciones del Estado francés. Cuando Jacques Benet logra evadirse del ejército, Duras y Antelme lo resguardan en su casa. Antelme cada día toma más riesgos: hace equipo con Georges Beauchamp para rescatar paracaidistas ingleses y conducirlos hasta los caletas. El número 5 de la calle Saint-Benoit comienza a ser centro de reuniones, debates, lugar donde llevar y recibir información. El gen fanático de Duras no logra doblegar al sosiego humanista de Antelme: no rompen con los amigos que defienden el colaboracionismo. El ánimo compasivo de Robert Antelme permanece invicto, incluso cuando ambos ingresen formalmente a la Resistencia.

En mayo de 1941 Antelme renuncia a su cargo en la policía. A continuación ocupa varios cargos, una tras otro, promovido por sus méritos e inteligencia, en los Ministerios de Producción Industrial, del Interior y de Información, hasta finales de 1943. La pareja pide ingresar a la Resistencia. En el círculo entra David Rousset, que logró sobrevivir a tres campos de concentración, y que en 1946 publicó una obra fundamental, “El universo concentracionario”. En julio de 1943, Mitterrand salta a la palestra tras su irrupción pública en un teatro, de la que logra escapar. Es el campeón de las acciones y la clandestinidad: cambia de nombre, de escondrijo, de biografía y de rutinas, mientras organiza y pone en movimiento a la Resistencia. Años más tarde, De Gaulle lo plasmó en una frase: “Era capaz de sacer una tajada para Francia, allí donde no había nada”. Resulta superior a sus rivales y se convierte en jefe de la Resistencia. La actividad de Antelme, y también de Dionys Mascolo, amante de Marguerite y más adelante padre de su hijo, adquiere proporciones cada vez más riesgosas. Reclutan, roban papel y tinta para imprimir, sirven de correaje para la transmisión de los movimientos militares de Alemania, transportan armas. El 12 de marzo de 1944 los tres movimientos de la Resistencia se unen. Miterrand es reconocido como el líder.

Llega junio. En un episodio digno del más tenso relato de misterio, Antelme es detenido. El 17 de agosto es transferido a un campo de prisioneros, desde donde partirá, en uno de los convoyes de la muerte, a Buchenwald. En un poema suyo, publicado dos meses antes de ser detenido, Antelme parece haber presentido lo que venía. En el mismo asume el sujeto de un hombre en prisión. En dos de los versos dice: “No supe hacer otra cosa que hundirme, / fue mi prueba más dura”.

Una llamada de Mitterrand, en clave, evita que Duras sea detenida, que logra escapar de su casa (“Marguerite, en su edificio hay un incendio, las llamas avanzan rápidamente, tiene diez minutos para marcharse”). Se inicia entonces la pesadilla para ambos: Antelme sometido a la experiencia del campo de concentración, Duras a la de las interminables esperas, los rumores, las falsas informaciones, las chantajes de los funcionarios. Fue en aquellos días turbulentos cuando tuvo lugar la relación entre Duras y Charles Delval, el hombre que detuvo a su marido, y que ella narró en El dolor, introduciendo elementos de ficción (más adelante, Moscolo tendría a su vez una relación con Paulette, la mujer de Delval). En un primer momento, Mitterrand ordena el repliegue de Duras: no debe contactar a nadie de la Resistencia. La relación Duras-Delval se transforma en un debate entre los resistentes. No se ha aclarado si es cierto que Mitterrand autorizó a Duras a continuar con el vínculo para extraer información. Duras presiona a la Resistencia para que liquiden a Delval, pero ello no ocurre. De hecho, su deseo era que Moscolo, su amante, le asesinara. Participan en acciones de fuerza, que incluyen a Edgar Morin. Moscolo es designado gerente de Libres, el periódico de la Resistencia. Salvo Marguerite, todos participan en expediciones militares, subrepticios ataques que tenían lugar en las calles de Paris. Es Moscolo quien detiene a Delval, a comienzos de septiembre de 1944. Él mismo, en compañía de Mitterrand, le interroga. Días después, lo entregan a la policía (más adelante, Moscolo tendría un hijo con Paulette Delval).  

La espera para Duras se vuelve insoportable. Adelgaza, grita por todo. Suzie Rousset sospecha que Duras está a punto de enloquecer. Una frase de aquellos días es suficiente: “No existo a este lado de la espera”. El 24 de abril de 1945 recibe esta noticia: hasta hace dos días, Antelme estaba vivo. De Gaulle autoriza a Mitterrand a partir a Dachau como invitado de una misión militar norteamericana. El 1 de mayo el avión despega. Mitterrand recorre un patio donde los cadáveres se amontonan. Desde un lado, una voz desfalleciente pronuncia su nombre. Se acerca. No es Antelme, sino lo que queda de Antelme. Pesa 35 kilos. Otra versión de los mismos hechos señala que un resistente, que formó parte de la expedición, habría sido quien encontró a Leroy (el nombre de Antelme en la Resistencia), encogido en el plato de una ducha. Avisan a Benet y a Mitterrand, que corren al lugar.

Los norteamericanos no permiten que Antelme suba al vuelo de retorno. Entonces Mitterrand ordena a Beauchamp que vaya a su casa, se ponga su uniforme de coronel, y se dirija a Alemania de inmediato, por carretera. Beauchamp se hace acompañar por Moscolo, quien a su vez consigue en préstamo un uniforme de teniente. En ese momento, a unos 4 kilómetros de Dachau, todavía soldados del VII Ejército de Infantería de Estados Unidos, luchaban contra los alemanes. Para ingresar al campo, Moscolo y Beauchamp deben usar máscaras anti gas. Vivos y muertos estaban mezclados en cada uno de los barracones. Entran y salen de cada una de las edificaciones. En una de las calles, se encuentran a un grupo de sobrevivientes. Leroy-Antelme, con un hilo de voz, les llama. Apenas se sostiene. Otro sobreviviente que está en mejores condiciones, les indica donde hay una puerta de salida con menos vigilancia. Visten a Antelme con un uniforme de oficial y una gorra, logran introducirlo en el asiento trasero del vehículo. Viajan rumbo a la frontera con Francia. Recuerda Moscolo: “Era incapaz de permanecer callado más de unos instantes. Hablaba sin cesar. Sin tropiezos, sin levantar la voz, como bajo la presión de un manantial constante, presa de una necesidad verdaderamente inagotable de hablar todo lo posible, antes de morir, tal vez, y era manifiesto que la propia muerte ya solo le importaba en la medida en que le imponía aquella urgencia de decirlo todo”.

 

*El próximo viernes publicaré la cuarta y última entrega de esta serie.