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“Un buen hijo” de Pascal Bruckner (Francia, 1948)

“Un buen hijo” de Pascal Bruckner (Francia, 1948)

“Solo tengo una certidumbre: mi padre me permitió pensar mejor pensando contra él. Yo soy su derrota: ese es el regalo más hermoso que me hizo”

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Que el dolor puede adquirir la forma de la belleza, tal uno de los más paradójicos y hondos obsequios que la literatura depara a los lectores. No pienso ahora en el desgarro físico, en el sufrimiento corporal que reduce la psique a su mínima condición, sino en los silenciosos padecimientos que las personas portamos a lo largo de la vida. Andamos con nuestros pesares y ausencias. Con nuestras cargas. Pequeños y grandes duelos de lo incumplido, de lo negado, de lo pospuesto.

Una antigua tesis, que precede a los románticos, sostiene que la mejor literatura es indisociable del dolor. A sus innúmeras variantes. Blaise Pascal, que escribía simultáneamente a Dios y a los hombres, dice en unos de sus pensamientos: “No pido estar exento de dolores, porque esa es la recompensa de los santos; lo que pido es que no me abandonéis a los dolores de la naturaleza, sin las consolaciones de vuestro espíritu”. En estas tres líneas, que son a fin de cuentas una oración, están presentes las tres cuestiones fundamentales del vínculo humano con el dolor: la distinción entre dolor físico y metafísico; la aceptación de que el dolor lleva en sí una propiedad purificadora; el enunciado de que lo decisivamente terrible para la condición humana no es el dolor sino la ausencia de consuelo.

Una obra que dedicara cada línea a narrar el dolor padecido o en proceso sería insoportable. Nos agobiaría al extremo de hacerse irrespirable. La gran literatura del dolor metafísico atiende a esta paradoja: administra el dolor como se administra un analgésico. Establece un modo de estar presente en el relato: puede ser como un sonido tenue, un ‘basso continuo’ de fondo, presente en todo el trayecto. O irrumpir como aparición atroz que luego se repliega. O puede constituirse en un sufrimiento que entra y sale de escena, que se alterna con hechos que alivian los momentos de agudización.

No consignaré aquí el dolor volcado en las páginas de Un buen hijo, el libro de Pascal Bruckner (Francia, 1948), que saca del ámbito de la intimidad la fractura de la relación con su padre. Trata de una cuestión punzante: el rompimiento con el hombre feroz y pro-nazi que fue René Bruckner. Lo que su autor relata, encoge la cara torácica. Deja la respiración extraviada en alguna parte: uno no sabe dónde encontrar el aire de la próxima inhalación. Pero se trata, al mismo tiempo, de un libro de recatada y prístina belleza.

Porque el del padre nefasto es uno de los relatos de Un buen hijo. Otra fuerza se contrapone como sentido y como narración: la reacción espiritual de Bruckner. Como si fuesen los espacios de la sensibilidad, los que han salvado al escritor, los que le han autorizado a ir más allá: una vida en las ideas y en la gratitud por las cosas que ofrecen las cosas. Del arte de agradecer a la vida: a ello consagra sus páginas. Copio tres párrafos consecutivos del epílogo, que iluminan sin encandilar, todo lo que he intentado señalar en estas breves líneas:

“Solo tengo una certidumbre: mi padre me permitió pensar mejor pensando contra él. Yo soy su derrota: ese es el regalo más hermoso que me hizo.

Mientras el horizonte se hace más estrecho, yo conservo una línea de conducta; no cambiar nada de mi vida, confirmar todas mis opciones. Me iré sin haber aprendido nada, solo el precio sin precio de la existencia.

El mundo es una llamada y una promesa: en todas partes hay seres sobresalientes, obras maestras que descubrir. Hay demasiadas cosas que desear, demasiadas cosas que aprender y muchas páginas por escribir. Mientras sigamos creyendo, mientras sigamos queriendo, estamos vivos”.