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El orden alfabético: Aurelio Arteta

"Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente" fue publicado por Alianza Editorial

"Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente" fue publicado por Alianza Editorial

“El autor sugiere: Después de Auschwitz todo parece ser objeto de perdón”

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I.

La mayoría de las personas consentimos la propagación de los males. Por omisión. Nada hacemos por impedir los males que los demás cometen, a menudo, en nuestras narices. Somos espectadores silenciosos, tácticos, egoístas. Dice Aurelio Arteta: somos capaces de debatir el sufrimiento de las víctimas y la acción de los agentes causantes, pero nada decimos de nuestra parálisis: no actuamos para prevenir ni para mitigar el mal que se causa a nuestro prójimo (Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente; Alianza Editorial; España, 2010).

Hemos escogido un lugar: el de espectadores. Necesario es detenerse en lo que significa esta idea: que se prefiere ser no más que público de los asuntos comunes. Una silla en las gradas y la boca cerrada. No cruzamos hacia una consideración elemental: que no hacer nada tiene consecuencias. Que la renuncia al propio juicio significa rendirse a los juicios (a los prejuicios) de otros, de la mayoría. Estamos instalados en el no-me-concierne. Esto es: debilitados frente a los propios males (no soy capaz de eludir la tentación de citar a Giorgio Agamben: “el hombre es el animal que puede su propia impotencia”).

Arteta (autor de un libro memorable sobre la admiración moral, La virtud en la mirada, y más recientemente de un dietario sobre la realidad de envejecer: a pesar de los pesares. Cuadernos de la vajez) no elude el debate de las definiciones del mal, aunque no es el propósito de Mal consentido. Muy pronto ofrece al lector un parámetro que puede servirnos de referencia: el mal social es el sufrimiento inmerecido, ocasionado con voluntad. Por ello su carácter revulsivo y acuciante. Así el mal social estaría integrado por el caudal de ejecuciones de la maldad que se anuncian en los noticieros.

Ese mal inmerecido no es solo lo atroz, puesto que los grandes males ocultan los pequeños. El autor sugiere: Después de Auschwitz todo parece ser objeto de perdón. Pero bien pudiese ocurrir que si seguimos la pista a los pequeños males, al mal ordinario, algo aprenderemos del asesinato de masas. En los pequeños asuntos: allí se aloja el mal que, como cepa de reproducción rápida, después asola la vida de las personas y los pueblos.

Copio un párrafo entero que pone luz sobre lo dicho hasta aquí: “Entre estos daños, que no alcanzan las dimensiones del exterminio de todo un pueblo o una raza, y a menudo ni siquiera un inmenso daño corporal, habría que subrayar: las amenazas terroristas, el miedo o la angustia de muchos, las demandas públicas infundadas, las doctrinas que conducen al enfrentamiento civil, el triunfo público de la mentira o el disimulo, las múltiples injusticias políticas y sociales, el olvido de las víctimas, la arrogancia o autocomplacencia localistas, el clima de desconfianza recíproca, la ruptura afectiva entre amigos o parientes, la complicidad en busca de seguridad personal, la consagración del mal menor como el mayor de los bienes, la acomodación como móvil predominante, la perversión de sentimientos y categorías morales, el sacrificio de generaciones a ‘causas’ tan sectarias como injustificadas, etcétera”.

 

II.

Pasa con el mal ordinario que es difuso, insidioso, superficial, no siempre fácil de determinar. Se cuela en lo corriente. Le acompaña la insensibilidad, el bostezo del nihilista moral, la percepción de que se trata de algo normal. Además, bien y mal coexisten en cualquier persona o en cualquier situación, privada o pública.

Si el mal pasado tiende a parecernos como algo ajeno (como una experiencia que se interna hacia lo lejano o hacia lo remoto), el mal del presente es opaco, envuelto por el exceso de realidad de nuestros días. Aurelio Arteta sostiene: ni las personas ni los grupos quieren ser víctimas. Sin embargo, todos desean haberlo sido. El estatuto de víctima es una aspiración. El victimismo tiene sus gratificaciones. De hecho, esto lo añado yo, es posible constatar cómo en tres o cuatro décadas, la figura de la víctima ha desplazado al exitoso de la palestra pública.

La tensión del mal no se despliega únicamente entre el agresor y su víctima: el consentidor es también un agente activo, el tercero en discordia. Puede pensarse que su indiferencia equivale a una renuncia. Pero renunciar a la facultad de oponerse es un modo de actuar. Quien se cruza de brazos, asume una conducta que tiene consecuencias. El consentimiento legitima la injusticia. Esto equivale a decir que el mal de consentimiento es suficiente por sí mismo. Dice Arteta con palabras que nos increpan: “El mal consentido (el consentimiento del mal) puede antojarse incluso más repugnante que el mal cometido: ya sea por su mayor facilidad para ser consumado, ya sea por la hipocresía habitual que intenta encubrirlo o por la buena conciencia que se inclina a disculparlo”. El consentidor no permanece a igual distancia de uno y otro. Su acción (asumirse como espectador) lo aproxima al verdugo, puesto que facilita su ejecución. Al abstenerse desata una fuerza que se coloca del lado del más fuerte.

Mal consentido se interroga por la figura del espectador: quién es ese sujeto que ha escogido una cierta distancia, una conducta de no-implicación con la realidad en la que está inserto. Y, lo primero que salta de la aproximación, es que el consentidor no es un neutral como se pretende. Es alguien que ha renegado, que ha dado la espalda a los hechos, interesado de forma excluyente por sí mismo. Su indiferencia no es poca cosa: se refiere, en concreto, al daño que unos hombres hacen a otros hombres. Por eso, ante las catástrofes ocasionadas por la naturaleza, la movilización solidaria es directa, inmediata: ella no exige consideraciones morales.

Cabe la consideración de que el espectador lo sea porque no quiere ser víctima. Teme a las consecuencias de resistir. Ello lo incita a creer que es inocente y a comportarse como tal. Creerse inocente: forma privilegiada de denegar a la víctima, de permanecer indiferente ante la aspiración de la víctima de lograr la solidaridad de los espectadores.

 

III.

Si el miedo es la emoción política por excelencia, cada persona atrapada por el miedo tenderá a colocarse, al inhabilitarse, al inmovilizarse, del lado del poder, del poderoso. Pero ese sujeto temeroso no es del todo inactivo: su lugar ante lo público le impulsa a producir un discurso según el cual las cosas no-están-tan-mal-como-parecen. Quien tiene miedo, justifica. Arma explicaciones sin fundamento en lo real. Incluso se permite igualar lo que siempre es desproporcionado: las fuerzas entre quienes persiguen y quienes son perseguidos.

Aunque sean mayoría, aunque exista la tentación de describirles como una multitud, la masa de los espectadores no es más que la sumatoria de sujetos aislados, unos de otros. El miedo es la fuente de su impotencia, de su decisión de mantenerse al margen. Tal como lo ha descrito Hannah Arendt, un requisito del terror es el aislamiento: “El aislamiento puede ser el comienzo del terror; es ciertamente su más fértil terreno; y siempre su resultado”.

El espectador que consiente tiende a ser un sujeto con bajos criterios sobre la justicia. O, de modo deliberado, alguien que se oculta a sí mismo, que elude ver o saber lo que ocurre a su alrededor. Arteta se detiene en una cuestión de carácter axial: nuestra resistencia a creer en la realidad de lo atroz, en la acción de lo monstruoso. De ello puede derivarse una paradoja: a mayor atrocidad, mayor incredulidad. A los regímenes totalitarios, al menos durante un tiempo, les protege la falta de una imaginación del horror que es frecuente en el ciudadano común.

Otro factor determinante: la opacidad del presente, que nos estimula a creer que la realidad está escenificada en los hechos más inmediatos, con lo cual el estatuto del presente adquiere una condición de cierta impenetrabilidad. Lo que llamamos vida cotidiana se constituye en una esfera que nos separa de lo común, de lo público. La fuerza de lo cotidiano consiste en la persistencia con que es capaz de alejar la visión del horror. Lo cotidiano cubre con un velo el mundo exterior.

Lo que llamamos opinión pública (por cierto, es ineludible recomendar aquí La espiral del silencio, el libro sobre la opinión pública de Elizabeth Noelle-Neumann) también se yergue como un factor de sujeción: “Semejante temor es el que mueve a la mayoría de la gente a someterse a la opinión ajena. En suma, el orden vigente es mantenido tanto por ese temor al aislamiento y la necesidad universal de ser aceptados, como por la exigencia pública de que nos amoldemos a las opiniones y comportamientos mayoritarios”.