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El orden alfabético: Auden

Wystan Hugh Auden (1907-1973)

Wystan Hugh Auden (1907-1973)

“Más que dictados por instrumentos conceptuales y teóricos, el Auden ensayista parece movilizado por la práctica del buen pensar”

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“Leer”, “Escribir” y “Hacer, conocer, juzgar”, los tres primeros ensayos reunidos en El arte de leer, son como articulaciones del mismo tejido: si se acepta un enunciado, que anoto aquí con precaución y flexibilidad, diré que, en el marco de esta colección (y quizás más allá), operan como líneas de una posible poética, y también como la vitrina donde se muestran los sobrios procedimientos mentales y el gusto predominante del poeta y ensayista Wystan Hugh Auden (1907-1973).

Más que dictados por instrumentos conceptuales y teóricos, el Auden ensayista parece movilizado por la práctica del buen pensar. Avanzar es deslindar, encontrar un lugar para las cosas. Su enorme cultura no deriva en citas o referencias librescas. Su nitidez expositiva es incomparable. El talante didáctico no le abandona: sus pasos son elocuentes y visibles. A este hombre nada le obliga: se tiene la sensación de que escribe solo sobre lo que le cautiva (en alguna parte señala que el placer es la guía más apropiada de lo que debemos leer): el tono derivado de su antojo sigue por rutas imprevisibles.

La primera frase de “Leer” es un aforismo: “Los intereses de un escritor y los de sus lectores no coinciden jamás, y si lo hacen, solo puede tratarse de un afortunado accidente”. Método recurrente: el pensamiento de Auden parte o concluye de breves fórmulas que irradian. Ante fenómenos como la corrupción de la lengua, fija posición: hay que atacarla en el terreno público. El oficio del escritor, que mantiene su primordial condición artesanal, consiste en luchar por zafarse de las obligaciones del estilo. El problema del poeta no está asociado al nudo entre verdad y falsedad, sino a la cuestión de la posibilidad: aquello que sobrepasa la conveniencia estética y se abre paso hacia el interés humano. Un peligro acecha al poeta: que su oído se pervierta. La idoneidad de lo que se nombra no puede ser nítida solo para el poeta, también para quienes son sus lectores.

Una cita de Paul Valéry (1871-1945) estimula a Auden a darle forma a su propio terreno: “El poder del verso proviene de una armonía indefinible entre lo que se dice y lo que es. Lo indefinido es indispensable para la definición. La armonía debe resistir a la definición. La imposibilidad de definir la relación, junto a la imposibilidad de negarla, constituye la esencia de los versos”. Al igual que Auden, Valéry es un cirujano capaz del seccionar más refinado.

Auden recuerda sus inicios como poeta, asociado a la construcción de un censor interno. En el aprendiz habita la impaciencia, el esnobismo y lo que llama inmadurez mental (“las respuestas solo corresponden a las preguntas”). Pero en el nuevo poeta hay una curiosidad legítima, que lo lleva a leer con especial apasionamiento, quizás como no lo volverá a hacer en su vida, a los poetas de su propia generación. Más que adscribirse al voluntarismo del viejo poeta que señala el camino a los jóvenes, lo que Auden hace es contar: las suyas son anécdotas cargadas de sentido.

 

La mirada a la tradición

Parte desde el vínculo personal: griegos (y romanos) son piezas de sus recuerdos de escuela. Auden señala una paradoja: la discontinuidad histórica entre la Grecia clásica y nuestro tiempo ha provocado un resultado: Grecia ha sido remodelada, redescubierta, recordada, de muchas maneras, como si cada nación hubiese sido autorizada a disponer de una interpretación propia.

El repetido deseo de volver a los clásicos tropieza con una dificultad: cada traducción representa una pérdida de sentido. Entre la lengua griega y la inglesa se levanta una brecha: se trata de sensibilidades distintas, referidas a la distinta complejidad perceptiva y de la expresión. De los subcapítulos que contiene “Los griegos y nosotros”, la sección dedicada a la figuración del héroe trágico parece hablarnos aquí y ahora: el héroe está destinado a colisionar con cuanto le rodea. Tarde o temprano llega a un punto donde elegir equivale a equivocarse. La confianza en sí mismo, cada vez más desbordada, lo conduce al pecado de la hybris, lo cual lo condena al más grande de los castigos.

Para Auden es irrebatible que debemos reconocimiento a Grecia: “si una civilización ha de juzgarse según el doble patrón del grado de diversidad obtenido y el grado de unidad conservado, difícilmente resulta exagerado afirmar que los atenienses del siglo V a.C. fueron las personas más civilizadas que han existido jamás”. Otras: las múltiples formas de organización que ensayaron en un área geográfica relativamente pequeña; la disposición para recibir influencias y apropiarse de nuevos conocimientos; la idea de que la educación debía alcanzar a todos los ciudadanos; la concepción espartana de que el Estado es distinto de la clase dirigente o del individuo; la presunción de que todas las cosas tienen un fundamento en común (el número o la materia).

Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Sócrates, Platón, Aristóteles, Pericles, Demóstenes y Tucídides: todos fueron atenienses. Allí, el dramaturgo alcanzó la más alta consideración que ha tenido a lo largo de la historia; allí la filosofía estableció las bases de las búsquedas y los métodos que han sido por siglos y milenios el afán de los pensadores de todas las épocas. A la mentalidad griega se opone la conciencia judía. Auden sostiene que la cristiandad es la confluencia de ambas tradiciones. El cristiano oscila entre una frivolidad terrena y una “falsa espiritualidad ultramundana”, ambas pesimistas.

Pero es quizás el que nos hayan enseñado a pensar, la que podría ser la más duradera contribución griega a nuestra civilización: el arte de deslindar, de pensar el pensamiento, el entendimiento de las coincidencias y las discrepancias, la proyección hacia los posibles escenarios: “en vez de dar respuestas inmediatas, entendieron que era posible suponer que las cosas podían ser de cierto modo y enseguida preguntarse qué pasaría si ese fuese el caso”.

 

El pensamiento salva

Las diferencias profundas entre la lengua francesa (la de Paul Valéry) y la inglesa (de Wystan Hugh Auden) inducen a este a establecer una hipótesis: es posible que ‘su’ Valéry no sea más que una invención suya. Que todo cuanto ha leído del francés, poco o nada tenga que ver con la intención y el significado de lo escrito en el original.

El ensayo “Un homme d’esprit” es un razonado homenaje a esa mente fuera de toda clasificación, que se expresara, no en la poética de El cementerio marino, ni en esa obra de genio que es Monsieur Teste, sino en los Cuadernos, compendio de más de cincuenta años de anotaciones que Valéry, todas las madrugadas entre 1894 y 1945, plasmaba dando cuenta de sus ejercicios mentales, de la persecución sin tregua que hizo nada menos que del pensar, es decir, de su propio pensar, de su propia lucha por evitar los cantos de lo incoherente, por salir indemne de las desviaciones que nos acechan en nuestra relación con el mundo.

Auden, con una dosis de lúcido atrevimiento, condensa en tres los motivos que serían recurrentes en los mencionados Cuadernos: Uno: “La cognición reina, pero no gobierna”; dos: “A veces pienso; y  a veces, soy”; tres; “No pido inspiración ninguna, excepto la de ese elemento de azar que es común a todas las mentes; a partir de ahí, viene el arduo trabajo que batalla sin cesar ese elemento azaroso”.

Del amplio temario que es la materia de los Cuadernos, Auden, poeta a fin de cuentas, prefiere las que se ocupan de la poesía, aunque, reconoce, con frecuencia Valéry habla de los poetas en un tono cuyo objetivo es encender las mechas de la polémica. Por ejemplo, cuando señala dos categorías de poetas detestables: los que corren tras el aplauso, mediante “sonoras o violentas vaguedades”, y los naturalistas, que simplemente registran los hechos que tienen frente a sí mismos.

Valéry descreía de la novedad. En una frase que bien podría calzar a la poesía de Auden, estaba convencido de que el poema debe ser una expresión de la inteligencia. Un conjunto del que saltan ideas. Y es esa poética en común que Auden reconoce en Valéry, la que subyace en su patente gratitud hacia el maestro francés: “Cuando me atormenta más que de costumbre uno de esos terribles diablillos mentales: la Contradiction, la Obstination, la Imitation, el Lapsus, la Brouillamini, la Fange-d’Ame; cuando quiera que me siento en peligro de convertirme en un homme sérieux, es a Valéry, un homme d’esprit donde los haya, más que ningún otro poeta, a quien pido ayuda”.