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El orden alfabético: Aceleración

Paul Virilio escribió “La velocidad de Liberación”

Paul Virilio escribió “La velocidad de Liberación”

“Calvino se interna en el vínculo entre velocidad mental y velocidad física, desde la perspectiva de la narración. El pensamiento como velocidad, le fascinaba”

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Amo las ideas. Lo comparto sin pretensiones. A lo largo de los años, en las horas incontables que he dedicado a leer, he buscado ideas. Y las he encontrado una y otra vez. En tanto que gratificado, soy un lector agradecido. Cuando encuentro estos halos de luz, me detengo. Suspendo mi avance. Me salgo durante unos instantes del libro. Me quedo a solas con la idea. Trato de mirarla por dentro, como si las ideas pudiesen ser poseídas. Pero no persisto: asumo que en cada una hay algo de imposibilidad. Aunque le comprenda, no alcanzo a atraparla: en las ideas hay siempre algo que escapa. Una luminosidad que se aleja irremediable. Viven en silencioso drama: las ideas más próximas a la perfección vagan solas por el mundo. La soledad las envuelve. Incluso pueden hacerse invisibles.

Hablo de esto: Cuando Pascal escribe que la elección más importante de la vida es la de un oficio, pero que ese oficio está determinado por el azar; cuando Hans Jonas nos propone la idea de un Dios impotente; cuando en una frase de seis palabras, Canetti nos sugiere que todo Aniversario es el resultado de un cruce de malentendidos; cuando Byung-Chul Han advierte que la transparencia metaforiza la coacción de lo totalitario: en cada ocasión, quedo hechizado. Aturdido ante cada maravilla. Me cuesta devolverme al mundo, pero como quiero más, reacciono. Vuelvo al libro, a los libros donde es frecuente encontrar ideas: en los poetas, en los filósofos y ensayistas, en los inclasificables que piensan ajenos a los campos temáticos y buscan en sí mismos. Porque, por ejemplo, cuando Walter Benjamin escribe, “convencer es inútil”, ¿a qué orden remite? ¿Se trata de una idea en forma de inquietante insinuación que se podría adscribir a la ontología, a la sociología, a la historia de la cultura, a la psicología o no es más que una rúbrica poética que el genial dejó caer en cualquier parte?

Creo haberme topado con la idea de aceleración, de forma consciente, cuando a finales de los ochenta, se publicó en español el libro póstumo de Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio. La segunda de ellas, traducida como Rapidez, atisbaba en la aceleración del mundo. Calvino se interna en el vínculo entre velocidad mental y velocidad física, desde la perspectiva de la narración. El pensamiento como velocidad, le fascinaba. En el ensayo recuerda que Galileo, en sus Diálogos sobre los sistemas máximos, pone en boca de uno de los personajes, la posibilidad de razonamiento instantáneo como exclusiva de Dios, la demostración de superioridad sobre el ser humano.

Paul Virilio se ha definido a sí mismo como dromólogo: estudioso de la velocidad en el mundo contemporáneo. En varios de sus libros la aceleración adquiere la dimensión de recurso con el que diagnosticar nuestro tiempo. Aun cuando hay físicos que han cuestionado el modo en que usa expresiones que provienen de las ciencias, su idea de que la ‘realidad acelerada’ contiene a la vez, el éxito y el desastre, me parece insustituible para comprender la crisis crónica del presente. La aceleración de lo real conduce al terror. Virilio recuerda dos datos interconectados: el miedo que Hitler logró instaurar con su método de la guerra relámpago, y la frase (también una idea resplandeciente) de Hannah Arendt: El terror es la consagración de la ley del movimiento.

Mientras la hipótesis de Virilio sostiene que las fuerzas del actuar tenderán a superar a las de pensar, el horizonte previsto por Ray Kurzweil asegura lo contrario: estamos entrando, de modo acelerado, en una nueva era de la civilización, la sexta en su clasificación, cuyo signo será el de la expansión de la inteligencia humana por el universo. Y aquí vuelvo a una formulación –un racimo de ideas cautivadoras– que Kurzweil ha sintetizado en su Ley de los Rendimientos Acelerados, que intentaré resumir en el próximo párrafo.

El fenómeno que conocemos como crecimiento exponencial es engañoso: al comienzo es casi imperceptible hasta que “explota con furia inusitada”. El proceso que generó las cuatro eras previas de la evolución (la era de la química y la física; la de la biología y el ADN; la del cerebro; y la de tecnología) y de la era actual (la de la fusión entre inteligencia y tecnología), respondía a paradigmas de evolución: cada era creaba las condiciones de la siguiente. Pero la aceleración que se producirá con el advenimiento de la sexta era (la ya mencionada expansión de la inteligencia humana por el universo), romperá los paradigmas de avance conocidos, y hará que bajo los dictados de una aceleración que hasta ahora no hemos conocido (como si lo exponencial se acelerase a un extremo inconcebible), la vida se producirá en condiciones que todavía no alcanzamos a vislumbrar: la civilización del hombre-máquina, civilización que cruzará los límites humanos de hoy. Mientras Virilio pulsa el botón de alarma (la velocidad dejaría atrás a nuestros sentidos), Kurzweil nos coloca ante la vastedad del espacio.

Advierte Kurzweil, hijo de unos padres que lograron sobrevivir al Holocausto, que el “horizonte de sucesos” al que nos encaminamos, cambiará toda la vida humana de la concepción a la muerte. Ahora mismo estaríamos en el umbral donde la aceleración podría hacer saltar por los aires los más atrevidos pronósticos. La imagen que usa Kurzweil es ilustrativa: nos estamos acercando a la esquina: en lo que la crucemos, ingresaremos en una etapa de aceleración cuyas consecuencias serán irreversibles.

Han transcurrido tres décadas desde que apareciera Seis propuestas para el próximo milenio, y un poco más de una década desde que Virilio consolidara la visión en la que confluyen aceleración, percepción y desastre: la aceleración como acontecimiento. Sobrecoge la velocidad con que el pensamiento sobre la aceleración se ha disparado hacia dimensiones que retan nuestra capacidad de abstracción. Y es justo por eso que la idea de la aceleración me resulta cada vez más fascinante: como una estrella en fuga, se aleja, hermosa e inasible.