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La oculta perversidad

Portadas de libros de Victoria de Stefano

Portadas de libros de Victoria de Stefano

Es probable que el lado más avieso de este universo ficticio se halle en la frazada que envuelve al sujeto de esa escritura

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En la obra de Victoria de Stefano el deseo “perverso” de transformar la vida en un sucedáneo de la literatura encuentra una de sus más acabadas elucidaciones. A partir de esta concepción estética que ve la literatura como un espacio esencialmente autónomo, sus novelas entroncan con la tradición literaria cervantina y mantienen conexiones con lo mejor de la ficción contemporánea. En varias de ellas habitan múltiples espectros que podrían resumirse en uno solo: el fantasma del escritor. Pocos han reparado, sin embargo, en el costado perverso que permea tan singular empresa narrativa.

Así, algunos de esos libros encontramos, como primera evidencia malsana, la tentativa del confinamiento personal. Ese es el impulso que le hace decir al narrador de El lugar del escritor: “un cuarto es el mundo, el mundo cabe en un cuarto, el mundo cabe en el cuarto, nos cabe”. En Historias de la marcha pie, se expresa algo semejante: “El encierro sus encantos. Su lado débil: delirio y vanidades”.

La reflexión en torno al escritor es uno de los rasgos más distintivos en la obra de esta autora. Es lo que se advierte en “Escritores”, un ensayo de La refiguración del viaje. De Stefano ha encontrado en La gaviota de Chéjov un modelo narrativo autorreferencial –metadrama, lo llama– que le serviría para iluminar, mediante esa pulsión narcisista y espejeante que caracteriza al relato posmoderno, los espacios más característicos de sus ficciones. Sin embargo, ¿no hay una alta dosis de malignidad en tomar como paradigma a Trigorin, el escritor de éxito que íntimamente se desprecia? Lejos de ser una tarea gratificante, la escritura es el centro de esa angustia que ha encontrado en la obra de Kierkegaard una de sus más inquietantes formulaciones. Es lo que identificamos en Lluvia, por ejemplo.

Es probable que el lado más avieso de este universo ficticio se halle en la frazada que envuelve al sujeto de esa escritura. De Stefano ha sido diestra en crear sutiles duplicidades, ambigüedades, escisiones y confusiones en torno a lo que hay de biográfico en sus páginas. Lo perverso, en este caso, estriba en asomar, apenas tangencialmente, fragmentos de una vida que también ha sido intensa en el plano personal. Cómo obviar que su obra narrativa principia a partir de los desgarramientos que trajo para su generación el conflicto armado de la década de los sesenta. Pero lejos de sujetar su prosa a las restricciones del relato testimonial, en sus libros se entretejen pulsaciones que colindan con la indeterminación y la imposibilidad de alcanzar cualquier tipo de certezas, especialmente en lo que concierne a la persona que se halla en la trastienda. En ellos el autor es una función; aunque detrás de esa convención formal se enmascare –como señaló Julio Ortega– una verdadera zozobra biográfica.

Lo paradójico de estas perversiones es que terminan revelando un compromiso ético indeclinable. Su escritura sólo parece estar sujeta a las exigencias de la creación artística, sin que ello implique una evasión de la realidad. De esa pulsión radical –que no es sino una forma sutil de la perversidad– se alimenta  la escritura de Victoria de Stefano.