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Quinta parte. “Muchos de los conflictos que nos dificultan vivir en armonía son solamente espejismos de nuestros escándalos personales”

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Hay dos lados del espejo y solamente uno es real, el que no vemos: nosotros. 

Nosotros somos esa forma que se proyecta y refleja en otros espacios. Somos lo que no alcanzamos a ver, lo que nuestros oídos no detectan, lo que nuestro cuerpo no siente. Porque todo sucede hacia afuera. Porque somos y estamos sin pensarlo, sin entenderlo. Y a pesar de que se puede pretender ser el reflejo y no el objeto, uno termina observándose, sintiéndose y escuchándose en cámara lenta, como si todo sucediera lejos, en otros. Justo es así como los otros se convierten en administradores de nuestro tiempo, de nuestras elecciones, de nuestros intereses y de nuestra estabilidad. 

Muchos de los conflictos que nos dificultan vivir en armonía son solamente espejismos de nuestros escándalos personales. Algunos insignificantes y otros que se mueven de forma silenciosa, constantemente a punto de devorarnos. Esos que nos mantienen con cautela: con los oídos sordos, los ojos ciegos, la piel raposa, los pensamientos castos y los deseos ajenos, y que no nos permiten concentrarnos en lo verdaderamente importante: disfrutar la vida. 

Cuando uno crece, se da cuenta que se requiere más coraje para evitar un conflicto que para enfrentarlo. Más valentía para estar en paz que para ir a la guerra. Y más humildad para ofrecer una disculpa que para aceptarla. 

Hace mucho tiempo que no me peleo con otra persona que no sea yo. Entendí que la batalla que enfrentaba con otros era en realidad conmigo, reconocí que todo era un falso conflicto hacia afuera y un intenso conflicto hacia adentro. Pero una vez que acepté que no todo lo que soy me gusta, ni todo lo que soy brilla, mi vida se volvió más sencilla. 

La mayoría de las veces buscamos conflictos porque estamos aburridos, porque nuestra vida no es lo suficientemente desafiante y necesitamos un poco de condimento. Y así es como vamos pepenando en otros lo que queremos para nosotros y rascando nuestra comezón en la piel ajena. 

Tal vez las cosas serían más fáciles si el paisaje interno nos llamara tanto la atención como el externo. Si entendiéramos que lo que queremos recibir se encuentra dentro de lo que damos. Si desempolváramos las versiones que tenemos de las personas que en algún momento tuvimos cerca y nos diéramos la oportunidad de mirarlas con nuevos ojos, sabiendo que la vida nos cambió a todos en algún momento. 

Se trata de inventarnos una fórmula para sazonar nuestra personalidad, para sentir la adrenalina de estar vivos y la emoción de respirar.

No sé, para mí un mundo más limpio no puede existir sin que antes recojamos nuestro desmadre, el que no queremos ver pero en el fondo nos avergüenza. El que sale cuando alguien nos provoca, nos lastima o nos recuerda nuestra fragilidad. El que nos hace ser parte de esta masa llamada humanidad.