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8900: Paola

Octava parte. “Éramos muy jóvenes cuando nos conocimos”

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Sin duda, una de las relaciones más constructivas que he tenido fue mi amistad con Paola. Éramos muy jóvenes cuando nos conocimos: yo tuve un accidente y ella, sin conocerme, se ofreció a cuidarme. Nos cuidamos mutuamente durante casi 10 años. Nos divertimos, nos apoyamos, lloramos, cantamos, gozamos, nos emborrachamos, nos enojamos, nos reconciliamos, nos apoyamos y fuimos testigos de momentos muy duros: la pérdida de su madre y la pérdida de mis abuelos, principalmente. Fue una de esas amistades que equivalen a sacarse la lotería.

Nuestras vidas, completamente distintas, nos llevaron por otros senderos y finalmente encontramos un nuevo camino, con personas diferentes. Más compatibles. Al principio me costó entenderlo pero mucho de lo que pienso hoy sobre la amistad se lo aprendí a ella. Primero, porque me demostró que la amistad puede volvernos tan vulnerables que somos capaces de defenderla incluso por encima de nosotros mismos. Segundo, que ninguna relación es para siempre, incluso aquella que pensamos sería interminable. Eso no quiere decir que haya dejado de ver la maravilla que habita en esa persona con la que compartí tanta vida. Eso tampoco quiere decir que el amor que le tengo se haya evaporado. Lo que sí quiere decir es que una amistad también merece ser despedida a tiempo.

Probablemente la nostalgia sea una delgada fibra que nos una toda la vida. Probablemente cada recuerdo nos haga replantearnos por qué no seguimos juntas. Por qué las cosas tienen un fin. Y por qué suceden. En este caso sucedieron porque ambas necesitábamos crecer, y era tanto lo que disfrutábamos estar juntas que nos estancamos en un mundo de dos habitantes. Un mundo que se convirtió en el resultado de nuestra gran complicidad. Y no, el mundo es mucho más que eso. Ambas nos dimos cuenta. Los caminos que nos quedan por recorrer son ilimitados. Y la vida de uno no puede dividirse entre dos. Pero hoy, que nos encontramos alejadas voluntariamente, soy capaz de voltear hacia atrás y reconocer que mucho de lo que soy se lo debo a ella. Le estaré infinitamente agradecida por haber permanecido. Y también por haberse ido. Porque para decir adiós también se necesita cariño. A veces lo más sencillo es quedarse a medias.

No, los amigos no son para siempre y mucho menos son a medias. No es necesario continuar con algo solamente porque tiene historia. No hace falta acompañar a quien necesita caminar solo. O a quien podría estar mejor acompañado. Nosotros pensamos que somos la mejor compañía para aquellos que amamos. Esa no es decisión nuestra, ya la vida se encarga de marcarnos el rumbo. Y así es como uno conoce a la gente adecuada. Sabiendo llegar y sabiéndose despedir a tiempo. Si de algo estoy orgullosa es de las personas que deliberadamente he elegido tener a mi lado y los episodios que juntas hemos protagonizado. Son enormes personas, a veces en un cuerpo chiquito, como el de Paola.