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8900: Ni una maravilla ni una tragedia

Bárbara Hoyo | Foto: Cortesía

Bárbara Hoyo | Foto: Cortesía

Décimo primera parte. “Somos entusiastas de la desilusión y del desencanto. ¿Por qué?”

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Seamos honestos: ni todos los días son maravillosos ni vivimos en una constante tragedia. Es verdad que algunos nacimos con el ADN oscuro y somos incapaces de evadir el dolor, esencialmente porque lo que somos se lo debemos a él. Le rendimos culto a ese sentimiento que a veces puede ser intolerable, desagradable, desastroso y dañino. Le lloramos, le cantamos, le escribimos, le dibujamos. Lo amamos y lo odiamos. Somos entusiastas de la desilusión y del desencanto. ¿Por qué? Primero, porque no es una decisión deliberada, es el resultado de nuestra historia. Segundo, porque el hartazgo nos impulsa. Y, por lo menos para muchos de los que contamos la vida por escrito, se trata de explicarnos una verdad incómoda. O acomodarnos la verdad en algún lado, para que ningún olvido atente contra lo aprendido.

Con esto no quiero decir que la alegría no sea parte fundamental de la vida. Ya decía Alejandra Pizarnik “Por un instante de dicha, mil días de tristeza”. Lo que sí es más doloroso que el dolor mismo, es lo incomprensible que resulta para mucha gente que a algunos no nos interese pretender que la vida es bella. A veces las cosas se ponen feas y no hay fe, ilusión, motivación, o dios alguno que nos proteja contra los momentos miserables.   Los discursos motivacionales estorban, ofenden. Las palabras que quieren barrer la tristeza bajo el tapete, sobran. Vamos a hacernos un gran favor y respetar el dolor ajeno. Cada quien hace su lucha como puede. Tal vez sea por eso que en las celebraciones llegan hasta los que no son invitados y en la guerra solo están los profundamente comprometidos. ¿Qué no se trata de sentir con todas las membranas, vértebras y células? ¿De recibir todo lo que la vida ofrece? Yo no quiero cargar con el peso de siempre ser más. A veces soy menos. A veces estoy en desventaja. No me preocupa. Así es la vida: ni una maravilla, ni una tragedia.