• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

El novelista y el fantasma de su ciudad

“El fantasma de la Caballero” publicado en 2015

“El fantasma de la Caballero” publicado en 2015

“Reconocemos al autor, pero la narración es una autoficción que recontextualiza estos datos en un mundo que ironiza o subvierte la realidad”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El fantasma de la Caballero, de Norberto José Olivar (Caracas: Santillana, 2015), mantiene su atractivo intacto casi diez años después de su primera edición (Maracaibo: Rojo y negro, 2006). Su trama detectivesca se va armando entre el presente y un pasado ya lejano, pero que arroja muchas luces sobre la Maracaibo actual, donde transcurre la historia, que se tiñe de ecos legendarios y fantásticos. Así lo sugieren los dos prologuistas que ha tenido el libro en sus dos ediciones, Antonio Isea y Fedosy Santaella respectivamente. Si el primero habla de novela “fantasmal”, por su resurrección de los fantasmas de los archivos históricos, el segundo recuerda su parentesco con la saga de Jack, el destripador, en una intrigante Maracaibo decimonónica. Los dos personajes fundamentales de la novela son Josefa Caballero, el fantasma, y Ernesto Navarro, un modesto profesor universitario, historiador heterodoxo y novelista. Reconocemos al autor, pero la narración es una autoficción que recontextualiza estos datos en un mundo que ironiza o subvierte la realidad del autor.

Navarro va narrando su relato al azar, donde él mismo es protagonista, un escritor sin éxito que se aferra a una  investigación de un fantasma, pues ha encontrado un documento con pistas nuevas –la estrategia narrativa del manuscrito encontrado–, lo que aumenta en él, como en el lector, las expectativas de resolver un caso difícil y digno de atención. La aparición de Josefa Caballero es una leyenda urbana en Maracaibo, un mito para olvidar el enigma no resuelto de su asesinato. Maracaibo en la novela es una ciudad cuyos historiadores locales se han obsesionado con ocultar su verdadera historia, para construir una grandeza artificial, sin mancha, que el narrador busca desmontar. Progresivamente, tanto la historia oculta del fantasma de la Caballero como la de Maracaibo se confunden en la imaginación neurótica de Ernesto Navarro. Él encarna la figura del novelista como un ser marginal que conspira a la sombra de una ciudad para librarse y librarla del aburrimiento y del tedio. Todo escritor lúcido pone el dedo en la llaga de lo que lo rodea.

Lo fantasmal tiene varias connotaciones. La primera es la aparición colectiva de Josefa, una figura cuyo carácter legendario se acepta o no en la ciudad, pero no se discute su origen. En la novela ella pasa a representar algo más: un crimen irresuelto, un cangrejo como tantos de los que está llena la historia pasada y presente, pero que el profesor Navarro insiste en esclarecer. En su investigación histórica, la Caballero se va convirtiendo, por extensión, en un fantasma no solo local, sino de la nación. Recordemos que en este rincón occidental se originó el nombre de Venezuela. Esta clave fundacional tiene un significado especial en la novela: en esta zona no solo está enterrada la Caballero, a quien no se ha hecho justicia, sino también parte de la riqueza petrolera del país, cuya explotación, a cargo  de compañías trasnacionales o del Estado, lleva la marca impune del abuso y el despilfarro. Las evocaciones de la Caballero se entrelazan, en un punto de la novela, a la historia de las compañías petroleras.

Este relato en torno a un pasado de crímenes y abusos que persigue a la nación como un fantasma caribeño, representado acá en la belleza exótica de la Caballero, ¿será un ejemplo de lo que algunos llaman “gótico tropical” y que Olivar desarrollará posteriormente en Un vampiro en Maracaibo? Si así fuera, se trata de un gótico mestizo, que mezcla el horror con el humor. Los capítulos de la novela donde Ernesto Navarro reescribe el material histórico llevan, en esta nueva edición, subtítulos con letras de estilo gótico para resaltar este vínculo.

Navarro, en su obsesión por esclarecer la tupida red de intereses (reales y simbólicos) que converge en el asesinato de la Caballero, marcha contra la corriente de la historia oficial, destinado a fracasar. Pero si el principio de realidad se impone en su entorno, el principio de placer emerge como compensación. La búsqueda racional del investigador empieza a vacilar y tomar otro giro inesperado cuando conoce y entabla una amistad con el espectro. Al final la Caballero se convierte en fantasma de sus deseos. Justicia poética para quien se enfrenta a un divorcio y ve reducida aún más su condición de profesor sin fortuna. 

Frente a la Maracaibo cotidiana y bulliciosa, Ernesto Navarro lleva consigo otra ciudad: la Maracaibo oscura de sus neurosis y especulaciones fantásticas. En esta pasión no está solo: lo acompañan personajes del pasado, pero también sus contertulios de una Irama ya mítica (fuente de soda y sitio de reunión de escritores en Maracaibo), quienes arremeten contra la imagen autocomplaciente de la ciudad a fuerza de denuestos. En algunos momentos recuerdan con su verba escandalosa a los boleros, cuando no a las gaitas que dicen detestar. ¿Son acaso unos antropófagos culturales que están creando un Manifiesto? Por algo uno de ellos, con gesto de soltar una bomba, dice: “A Maracaibo apenas la estamos fundando” (p. 77).

Esta peculiar negación novelística de la ciudad  tiene ya su tradición en Maracaibo. Pienso sobre todo en las novelas de Blas Perozo Naveda y Milton Quero. En ellos encontramos eso que llamaría el esperpento maracucho: una violencia en la expresión capaz de desfigurar la ciudad a fuerza de insultos, frases escatológicas, humor negro, críticas sin piedad, produciendo un extrañamiento de la ciudad y del personaje insatisfecho a través del cual la vemos, quien se convierte entonces en una especie de extranjero en su propia patria.

Esta veta de esperpento se reduce sin embargo en la segunda edición (más corta) de El fantasma de la Caballero, donde la historia es la misma pero muchos párrafos han sido comprimidos o reescritos. Varias preguntas surgen. ¿Es mejor la frase directa, con su cuadro sintético de descripciones, sin largas disquisiciones sobre Maracaibo, o la prosa que se extiende como un palimpsesto, mezclando el discurso histórico y la oralidad? Este contraste se hace más vivo en los diálogos, que representan la verba desenfrenada de los personajes que hablan hasta por los codos y da rienda suelta al esperpento maracucho, hasta saturarlos a ellos mismos: “Están hablando mucho, colegas, ya me dio hambre” (p. 78).

Es quizá una ironía que un libro crítico para con las academias termine por las vueltas del destino en una edición escolar y adecentada, que pierde buena parte de la irrupción violenta de Ernesto Navarro y sus amigos de Irama al decir lo mucho que detestan una ciudad de la que no pueden o no quieren marcharse. Pero quizá es muy pronto para dar un juicio concluyente. El tiempo pondrá en perspectiva estas dos ediciones.

La novela conserva su encanto imaginativo a través del uso del tiempo. Acá reside parte de su fuerza. Hay una yuxtaposición de planos que Olivar hace entre novela e historia, entre la  narración histórica y la narración imaginativa. Ambos recursos le permiten al novelista desplazarse entre varias épocas, como en un viaje en el tiempo. Cuando Ernesto Navarro se sirve de un documento histórico del juez Gando Bustamante sobre el crimen de la Caballero, su reescritura activa un viaje temporal:

“Me había trasladado a 1891, a la escena del crimen, orientado por las descripciones de Gando Bustamante, quien empezaba a caerme simpático. Él dice, y eso parece ser lo único seguro, que el homicidio se cometió en lo que hoy conocemos como Casa de la Capitulación, que en ese momento era la residencia del doctor Jorge Valbuena, uno de los jueces de la Corte Suprema de Justicia del estado Zulia. […] Aparte, es la zona mejor iluminada en toda la ciudad, goza de unas portentosas farolas eléctricas desde 1888.

Las horas han pasado raudas para mi conveniencia. Han encendido las luces en la fuente de soda y Teddy vino a despedirse al terminar su turno. Contesto el celular y es Patricia” (p. 82).

Para descartar cualquier romanticismo, recordemos que Navarro está investigando un crimen horrendo irresuelto. Sin embargo, la arquitectura de la ciudad le sirve para establecer analogías visuales en el tiempo, así como para hacer un retrato psíquico de la ciudad en su historia. La zona iluminada de la Casa de la Capitulación, en el casco histórico de la ciudad, rima con las luces de Irama, lugar periférico en el espacio y el tiempo, pero que en el continuum que es la ciudad sigue siendo el escenario para la búsqueda de la verdad. La de un crimen cuyo misterio, aún no resuelto, nos recuerda la impunidad y horrores del poder que se repiten y atentan contra una imagen romántica de la ciudad (y de la nación). La unión romántica de lo colectivo se quiebra. El misterio vuelve, con nuevas claves, como el timbre de una llamada incómoda (en la escena citada, la de la esposa del narrador quien está a punto de plantear un divorcio).

Como una fantasía, un fantasma, una representación mental perturbadora, la atmósfera abigarrada en personajes, situaciones y acciones de la ciudad da vida a la imaginación del novelista, protagonista él mismo de su narración, quien con su estela solitaria se convierte en espejo del habitante que se abisma en su conciencia en su tránsito por la ciudad, como en esas novelas memorables donde esta es también protagonista. Sea como fuere, Norberto José Olivar nos recuerda que la ciudad, para el novelista, como para quienes la habitan, es un misterio, una neurosis, una obsesión, un terreno fértil para la imaginación. Todo aquel que se desplaza por la ciudad –funcionario, trabajador, flâneur, criminal, soñador o don nadie– si no lo hace como narrador, es un narrador postergado.

 

El fantasma de la Caballero

Norberto José Olivar

Santillana

Caracas, 2015