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La novela que nunca llegó

“El año del verano que nunca llegó” por William Ospina | Foto Cortesía

“El año del verano que nunca llegó” por William Ospina | Foto Cortesía

“Estamos frente a un nuevo trabajo de William Ospina. ¿Qué implica tremenda obviedad? Lo saben los lectores del tolimense: quien desafíe a las casi trescientas páginas del volumen encontrará un discurso narrativo que supedita la acción, a veces también las ideas, a una retórica de visos poéticos”

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Conviene decirlo de entrada: El año del verano que nunca llegó (2015), el reciente libro de William Ospina, es una especie de difícil catalogación, un ornitorrinco editorial. El mismo Ospina confiesa no saber a ciencia cierta si aquello que ocupa su tiempo es una novela, un ensayo o un diario de viajes. ¿Importa? La verdad, no mucho. Acudir a Perogrullo, en este caso, resulta útil: estamos frente a un nuevo trabajo de William Ospina. ¿Qué implica tremenda obviedad? Lo saben los lectores del tolimense: quien desafíe a las casi trescientas páginas del volumen encontrará un discurso narrativo que supedita la acción, a veces también las ideas, a una retórica de visos poéticos. Y ese estilo, como con acierto lo dice Geney Beltrán sobre La serpiente sin ojos (Letras Libres, 2013), al ser el único recurso de Ospina, cansa, abruma. A lo mejor el formato de escritura más adecuado para la voz del autor no sea la novela –en ella deben existir personajes y ocurrir cosas– ni el ensayo –a pesar del éxito de La franja amarilla– sino el poema en prosa. Sí, El año del verano que nunca llegó aborda la historia del encuentro celebrado en Villa Diodati, de los roces de Byron con Shelley, de los sueños de la esposa de este y del desengaño del médico Polidori. Pero ellos, los personajes, nunca adquieren peso propio, son apenas engranajes, válidos, por supuesto, de la homilía del escritor. Byron es demoniaco, Shelley angélico, Polidori ingenuo, nunca humanos, siempre fantasmas. En la página 229 hay un pasaje clave para comprender el ars novelístico de Ospina. Dice: “Un lector puede discutir mil detalles de la novela (…) pero qué importa todo eso ante la zozobra indudable (…), preguntas que no son burbujas intelectuales sino angustias vivas”. En esos detalles, nimios para él, radica en buena medida la razón del éxito o del fracaso de una ficción. Esas pompas le dan verosimilitud y consistencia a las zozobras y a las angustias. Sin los detalles significativos –empleo la frase de Tom Wolfe– los personajes no encarnan, se tornan volátiles, inasibles.

Articulada en ¡cincuenta y nueve capítulos cortos y dos epílogos!, El año del verano que nunca llegó no explora en profundidad las posibilidades narrativas de los hechos. Un ejemplo: en el capítulo titulado En el Lejano Oriente en solo cinco páginas el narrador menciona de pasada acontecimientos dignos de no sucumbir al frenesí acumulativo del bardo. Por las ramas se alude a una revuelta en el imperio chino, a un lord que en el mismo párrafo se rehúsa a inclinarse ante el emperador chino y se entrevista en Santa Elena con Napoleón. Luego el emperador injuriado, cuartillas adelante, es blanco de un rayo. Todo eso pasa en pocas líneas. Se me dirá: no le interesa al narrador desviarse de la senda. Su norte es Villa Diodati. Mejor, sus recorridos por el mundo, siguiendo las pistas de esa noche de tres días. Entonces, pregunto: ¿por qué la única imagen de Shelley, repetida machaconamente, es la del ángel anómalo? ¿Por qué la propuesta de Byron de escribir un relato de terror, el leitmotiv de la obra, apenas ocupa unos cuantos renglones? Vuelvo a Beltrán: Ospina no escenifica los actos. Antepone la imagen poética, el adjetivo musical. No cuenta, canta, según el juicio certero de Luis H. Aristizábal. Una vez se concluye la lectura se cae en la cuenta que se ha viajado en compañía de un ingenioso e informado contertulio, de un escritor de cuarto de hotel –algunas escalas de la travesía son, no obstante la belleza de ciertos fragmentos, gratuitas, verbigracia la ida a Sucre–¬. En El año del verano que nunca llegó el narrador va de un lado a otro, de Buenos Aires a París, de Quito a Ginebra, de Padua, Tolima, a Roma. Y en todo los sitios conoce gente, tiene experiencias gastronómicas envidiables, recorre las calles con la seguridad del visitante frecuente, en fin, como si de un presentador de Discovery Travel & Living se tratara.

El año del verano que nunca tiene la marca de fábrica de Ospina, la misma que le ha granjeado tanto aplausos y zalemas. A su legión de lectores le encantará; el resto de los mortales pasará un divertido rato en sus meandros. Nada del otro mundo, nada con el acento de Borges o de García Márquez, los supuestos maestros del vate de El país del viento.