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Una novela y un escritor para este siglo: Rayuela y Julio Cortázar

Entre las joyas literarias latinoamericanas se cuenta a “Rayuela”, novela que cabalga entre el aquí y el allá y que se aprehende como un laberinto/mandala

Entre las joyas literarias latinoamericanas se cuenta a “Rayuela”, novela que cabalga entre el aquí y el allá y que se aprehende como un laberinto/mandala

A treinta años de la muerte de Julio Cortázar y cien de su nacimiento, José Sánchez Lecuna recuerda su obra –y en especial a “Rayuela”–, como un legado “que nos ha dejado este gran cronopio [y que] tendremos la obligación de emular conscientemente”

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Creación y azar

A principios de los años cincuenta, cuando Julio Cortázar llegó a París, éste fue recopilando y acumulando, además de seguir leyendo libros, periódicos, e ir anotando, en hojas sueltas, citas, referencias, impresiones, opiniones, experiencias personales, llenando páginas con sus instantáneas, también con recuerdos de Buenos Aires, y ocurrencias de su propio mundo imaginario, hasta que un día de profunda inspiración, acosado por una repentina necesidad de escribir un cuento, se puso a escribir uno muy largo en el que fueron apareciendo personajes con nombres que ya conocemos –Horacio Oliveira, Traveler, Talita– que intentaban colocar unos tablones entre dos ventanas para pasarse unos clavos, y también mate, mientras intercambiaban opiniones diversas. Así nació el primer capítulo de Rayuela, el capítulo 41, que es el capítulo más largo.

Sin embargo, en otro momento, hacia principios de los años sesenta, una vez que sintió que había terminado con sus notas, sus apuntes, sus reflexiones y demás textos con personajes como la Maga, como los del Club de la Serpiente, con citas de otros autores, con ese famoso alter ego que es Morelli, Cortázar sintió que había llegado el momento de armar definitivamente su novela, con la intención preconcebida de que fuera una novela que se pudiera leer, por lo menos, de dos maneras posibles, una de ellas pasiva y la otra activa, porque ése era su propósito, despertar al lector, y a la lectora, para invitarlos a una relación dinámica entre lectura y escritura. Con este propósito tomó todos sus papeles, apuntes, notas, citas, párrafos, capítulos, que aún no lo eran, se fue a casa de su amigo Eduardo Jonquières, que tenía un taller muy amplio, y, colocando en el piso todo lo que había escrito, empezó a pasearse por entre los fajos de papeles esparcidos en hileras simétricamente ordenadas, y fue recogiendo, de una manera intuitiva, uno por uno, hasta armar la novela, dejando que el azar y su intuición lo guiaran: “Me pareció que ahí el azar –lo que llaman el azar– me estaba ayudando y tenía que dejar jugar un poco la casualidad (…) Creo que no me equivoqué (…) esa ordenación en diferentes capas funcionó de manera bastante satisfactoria para mí y el libro se editó en esa forma”.

Así nació Rayuela que salió publicada el 28 de junio de 1963, en Buenos Aires, por la Editorial Sudamericana, fruto de cuatro años de una astuta, juguetona y empecinada escritura.

Juego, luego existo, luego escribo

En una entrevista con Luis Harss, Julio Cortázar reveló lo siguiente a propósito de su novela: “Cuando pensé el libro, estaba obsesionado con la idea del mandala, en parte porque había estado leyendo muchas obras de antropología y sobre todo de religión tibetana”.

Al saber que la palabra “mandala” significa, en sánscrito, “círculo sagrado”, remitiendo metafóricamente a la imagen primigenia del laberinto, comprendemos ahora la razón de ser de su obsesiva y casi religiosa afición a los “rituales”, cuando era niño, hipnotizado por su poderosa carga simbólica: “Mi laberinto era un camino que yo tenía perfectamente trazado, y que consistía principalmente en cruzar de una vereda a otra (cuando iba rumbo a la escuela). En ciertas piedras que me gustaban yo daba el salto y caía sobre esa piedra. Si por casualidad no podía hacerlo o me fallaba el salto, tenía la sensación de que algo andaba mal, de que no había cumplido con el ritual. Varios años viví obsesionado por esa ceremonia, porque era una ceremonia”.

Siendo una “ceremonia” sagrada, para el pequeño Julio, aquel juego infantil influenció notablemente su concepción de la novela: “Grosso modo sabemos muy bien que la novela es un juego solitario abierto que puede desarrollarse al infinito y que (…) no tiene un límite preciso (…), como los juegos de la infancia, recalcando:Lo que sí creo es que la literatura tiene un margen, una latitud tan grande que permite e incluso reclama –por lo menos, para mí– una dimensión lúdica, que la convierte en un gran juego. Un juego en el que puedes arriesgar tu vida. Un juego terriblemente peligroso, pero que conserva características lúdicas”.

Por consiguiente hay que aprehender la novela Rayuela como un gran mandala/laberinto, como un espacio estético, simbólico y lúdico en el que se va a extraviar inexorablemente su inefable personaje: Horacio.

Dos ciudades

Julio Cortázar, con esta irrepetible novela, revisita la realidad porque, para él, la realidad es un espejismo y, como todo espejismo, se presta a confusión, a distorsión, a engaño y a desengaño. Sí. La realidad es un espejismo, siendo el espejo que la refleja el lenguaje. Éste es el que le da forma, dimensión, profundidad y perspectiva. El lenguaje también logra re-unir lo real con lo irreal, lo verosímil con lo inverosímil, lo ficticio con la realidad, convirtiéndolo todo en un imaginario de lo vivido y, sobre todo, en lo vivido como imaginario. Cortázar logra atar estos cabos sueltos llevándolos de la mano hacia un espacio en el que no hay más fronteras, dicotomías u opuestos. Un espacio en el que cordura rima con locura, el ensueño se confunde con la vigilia, el pasado con el presente ya que, con Rayuela, empezamos a movernos en un espacio incoherentemente coherente en el que la existencia de sus personajes se perfila y se manifiesta en claves como si todo fuera un juego, un salto de la lógica a lo ilógico, del caos existencial a la sincronicidad de los fenómenos, un salto definitivo hacia la necesidad de una destrucción de toda estructura preconcebida, de toda concepción decimonónica ya que tanto Horacio Oliveira, “Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo”, como la Maga, “Era de las que rompen los puentes con sólo cruzarlos”,  sirven como herramientas literarias para poner en evidencia el carácter lúdico de la existencia humana.

En Rayuela, la vida se reduce a dos grandes ciudades: del lado de acá, Buenos Aires, del lado de allá, París, ciudades que resultan ser territorios, zonas, umbrales hacia otras realidades. Ciudades/mandalas, ovillos, lugares mágicos, centros, en fin, ciudades laberínticas en el que las plazas, los puentes, los pasajes, las calles resultan ser los espacios en los que se logra abolir toda frontera, conformando un estar y un no estar, o un estar a medias con un vago “sentimiento de no estar del todo en cualquiera de las estructuras, de las telas que arma la vida y en las que somos a la vez araña y mosca”, sentimiento que pone en evidencia la soledad esencial de sus personajes, huellas del existencialismo y del Surrealismo que influenciaron a Cortázar. Justamente Rayuela retrata el amor que une Horacio Oliveira con la Maga generando en la narración esa necesidad del Kibbutz del deseo que es el que ahuyenta la soledad, poniendo de lado, momentáneamente, la dolorosa experiencia de la nada.

Las ciudades son raptoras y, a menudo, se adueñan del destino de la gente, así como la Maga se adueña de Horacio, como París que se adueña de los dos y como Buenos Aires que se adueña de todos los recuerdos para detenerlos en el tiempo ante el vacío amenazante, la nada que siempre atrae, porque la vida es un fracaso: “Rayuela prueba cómo mucho de esa búsqueda puede terminar en fracaso”, señaló Cortázar en una entrevista.

De esta forma ambas ciudades se convierten en lo que son: un enredo, una telaraña, un rompecabezas, un laberinto, una rayuela incomprensible y confusa que hay que, sin embargo, recorrer para, de esta forma, culminar, ponerle un punto final al viaje, a la búsqueda insaciable y agotadora, a esa necesidad de una respuesta definitiva.

Cortázar, con su personaje, es llevado a resolver las incongruencias del mundo en busca de la comprensión misma de la sinrazón de las cosas humanas para establecer y, sobre todo, para proponer ese espacio anodino, y mágico a la vez, que es la creación de un nuevo hábitat vital e imaginario, lo que yo llamo “la realidad revisitada”, para dar paso a una estética de la existencia que sólo puede ser revelada mediante el lenguaje acertado de la ambigüedad, como dilema y solución. Es lo que él llama “la materia confusa”: “Ese balanceo, ese swing en el que se va informando la materia confusa, es para mí la única certidumbre de su necesidad”.

De esta materia confusa está hecho el mundo. Por eso la realidad es como es. Cortázar se adelantó a nuestros tiempos…

Y esta “materia confusa” es la Gran Trampa del Mundo (Kvetoslav Chvatik), porque el Mundo es una trampa: no hay salida posible.

Pero el amor, esa palabra

El amor entre Horacio y la Maga se convierte en una lucha tanto por poseer al otro como por el deseo de emanciparse de sí mismo. De esta forma ambos logran transformar la pena en alegría para convertir dicha alegría en sufrimiento. Así el juego erótico se perpetúa ya que, como el ave fénix, renace de sus cenizas para volver a iniciar el periplo de la persecución del ser amado que nunca se alcanza sino fugazmente.

El amor entre Horacio y la Maga los lleva indefectiblemente hacia el abismo del desamor, a pesar de su apasionada relación erótica.

El famoso capítulo 68 podría desconcertar a cualquiera, sobre todo a los que no se esperan a que el glíglico, ese lenguaje musical inventado por el gran Julio, tenga su apogeo cuando Horacio y Lucía (la Maga) están haciendo frenéticamente el amor.

“¡Evohé! ¡Evohé!” era el grito que las Bacantes proferían en honor a Dionisos, porque de eso se trata: la entrega sexual vivida como rito, una manera de glorificar los cuerpos, de purificar el alma, y de ingresar de esa forma en los, muchas veces inalcanzables, prados frondosos y emancipadores del Paraíso. La entrega intensa de ambos amantes se convierte en un juego de los cuerpos, en un baile de los vientres, en los arrumacos del inconsciente, en la propia abolición de la soledad y en la implosión del lenguaje.

Pero, para Cortázar, el sexo es más que eso, es un juego más, como el de la vida o el de la literatura. El amor permite el paso hacia una zona sagrada, convirtiéndose el acto de amor en una especie de ceremonia religiosa hierofánica que transforma a ambos personajes simbióticamente confundidos en esa experiencia orgiástica, misteriosa e insondable.

Estética

Al concebir el arte como un juego, Cortázar propone la idea del escritor como copartícipe de su propia desmitificación y de su genuina destrucción de las estructuras tradicionales del pensamiento occidental y de la literatura. Sitúa el diálogo y la reflexión acerca de la existencia en esa relación indisociable entre el ser humano y sus gestos, entre su permanente lucha por ser y por “ser en el mundo” porque se trata, para él, de una toma de conciencia. Por ello, para Cortázar, la escritura debe proponerse siempre en función de lo imaginario porque lo que cada ser humano imagina determina lo que es, lo que hace y lo que “hace en el mundo”, ya que lo que imagina concibe el mundo y le da sentido: “y eso porque la realidad, sea cual fuere, sólo se revela poéticamente”.

                   ¿cómo manifestar de modo literario a personajes que ya no hablan sino que viven?.

¿Acaso todo no consiste en formular esta pregunta?

Para Cortázar la interpretación de la naturaleza humana se reduce a un acto de lectura. Por consiguiente la naturaleza humana es una enorme metáfora que hay que tratar de descifrar ya que es sinónimo de ambigüedad, de paradoja, y la paradoja es la raíz misma de la sabiduría y ésta, como una epifanía, le regala al mundo la posibilidad de emanciparse definitivamente.

Al cumplir este año 2014, treinta años de la muerte de Julio Cortázar y cien años de su nacimiento, éste es el legado que nos ha dejado este gran cronopio, legado que tenemos y tendremos la obligación de emular conscientemente.