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La novela breve, esa cosa dulce por corta pero amarga por escasa

José Tomás Angola Heredia escritor, dramaturgo, poeta, narrador, director y actor teatral venezolano | FOTO: WILLIAM DUMONT

José Tomás Angola Heredia escritor, dramaturgo, poeta, narrador, director y actor teatral venezolano | FOTO: WILLIAM DUMONT

A propósito del Concurso Internacional de Escritura Creativa, género novela breve, edición 2015

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La novela breve, o nouvelle, o noveleta, o novela corta, o novelín, o novella, un género preterido pero ansiado. Cultivado pero desairado. Los latinos solemos ser famosos por hablar mucho. No somos legendarios por nuestra parquedad. Entonces una novela corta suena a algo trunco, atropellado, poquito. Como si al autor le faltó labia, verbo, facundia. Mas no es así. Nuestra literatura continental, la narrativa latinoamericana, ha escrito grandes obras con el corsé de la novela breve. Y hablo obviamente de esos libros que se consideran emblemáticos.

¿No es El Túnel de Ernesto Sábato una novela corta? Su  brevedad no la excusa de ser una de las grandes piezas de la narrativa suramericana. ¿No fue acaso Juan Carlos Onetti un cultor de las novelas cortas?, ¿no es Concierto barroco de Alejo Carpentier una muestra superior de lo que se puede hacer en una nouvelle?

La lista sería extensa: De Los perseguidos (1905) de Horacio Quiroga, hasta Viaje terrible (1941) de Roberto Arlt, de Bioy Casares a García Márquez. La lista recompone un mapa en donde todos los países hispanoparlantes del continente tienen representación distinguida.

En Venezuela casi pudiéramos extremar el valor de la novela breve. Podríamos decir, en un tremendismo audaz, que las noveletas son uno de los pilares de la moderna narrativa autóctona. Pongamos como prueba a Cubagua (1931) de Enrique Bernardo Núñez, que con sus 120 páginas justo en la frontera de la nouvelle, lleva a otros derroteros las posibilidades de la novela histórica al vestirla de literatura fantástica. Pero también caben las novelas iniciáticas de Guillermo Meneses y Alejandro Lasser. Meneses firma en 1934 con 23 años, Canción de negros, que aparece bajo el sello de la Editorial La Nación y consta de unas muy estreñidas 66 páginas. Allí se abordan el tema racial y el carcelario de forma novedosa para nuestras letras. En el caso de Lasser, su novela corta Sin rumbo (1944) tiene 58 páginas y es de las primeras que expone el asunto de la prostitución en su moderna dimensión social. Don Guillermo décadas más tarde, en 1961, regresaría a esta forma de ficción corta con su obra Cable cifrado que él mismo subtituló “Novela breve”.

Muchos autores del patio dieron sus primeros pasos gracias a la novela corta: el estruendoso Argenis Rodríguez (La fiesta del Embajador, 1969, 92 páginas, que publicó Camilo José Cela en España con gran revuelo) o el prolífico Alberto Jiménez Ure en Lucífugo (1983, 72 páginas), libro que se inscribe entre los poquísimos que en la literatura venezolana exploran las utopías fantásticas. Quizá el más reconocido de todos haya sido Salvador Garmendia que con Los pequeños seres (1959) inaugura la nueva narrativa urbana. Reconozco que es una provocación de mi parte ubicar a Los pequeños seres como nouvelle. Sus 130 páginas la hacen más cercana a la novela convencional que a la novela breve. Sin embargo el ritmo, la estructura y los mecanismos narrativos que don Salvador emplea son propios de la noveleta. De todas maneras, con propiedad, Garmendia sumaría al género Días de ceniza que fue publicada por primera vez como folletín de la revista CAL en 1964. Para el anecdotario queda el hecho de que las primeras novelas firmadas por Ricardo Azuaje  (Juana la loca y Octavio el sabio, 1991, 59 páginas, y Viste de verde nuestra sombra, 1993, 45 páginas), Luis Chesney Lawrence (Atisbos del amanecer, 1992, 78 páginas) y el zuliano César Chirinos (Diccionario de los hijos de papá, 1974, 77 páginas) todas se inscriben en la categoría de novelas breves. Como dato curioso, el padre del admirado Juan Liscano, un abogado y diplomático de igual nombre que su hijo, publicó en 1904 una novelita con la imprenta de don Jesús María Herrera Irigoyen, el hombre tras El Cojo Ilustrado. La obra de solo 37 páginas contaba con el prólogo de Vargas Vila, el incendiario escritor colombiano. Días de pasión se llamaba el libro de don Juan Liscano que fue su primera y única creación literaria.

La bibliografía de la novela corta venezolana es prestigiosa: Si yo fuera Pedro Infante (1989, 96 páginas) de Eduardo Liendo, “El tuerto Miguel” (1927, 56 páginas) de Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, El señor Ravel (1934, 83 páginas) de Miguel Toro Ramírez, inscrita esta última en el grupo de “las novelas del petróleo” de acuerdo a Gustavo Luis Carrera, y El solo de Saxofón (2000) de Eduardo Casanova, aumentan la lista parcial entre muchas otras.

Quizá la seducción que la nouvelle genera en los autores del patio de todos los tiempos provenga del propio nacimiento de la narrativa venezolana. Es aceptado que la novella de Fermín Toro Los Mártires (1842) es la que inaugura la novelística en nuestro país. Toro, recién llegado de Londres y empapado tanto del romanticismo como del socialismo utópico, no solo nos lega la primera obra que podría considerarse novela, sino también la primera que se vale de la ficción para hacer crítica social.

Estimular la escritura de noveletas, promover la concreción, la habilidad por sugerir más que decir, por exponer argumentos, personajes y acciones con el prurito de la brevedad, responde a una querencia de nuestra propia historia literaria. Eso reconoce el Concurso Internacional de Escritura Creativa, género novela breve, coauspiciado por los Libros de El Nacional, y en el que tuve la oportunidad de compartir como jurado con los apreciados Violeta Rojo y Fedosy Santaella. Esta edición la ganó La vasta y necesaria muerte del venezolano Héctor González, obra que no dudo causará polémica por su amoralidad y violencia.

Se perpetúa pues la pulsión por la mixtura (toda novela corta debe abrevar en la poesía), se celebra la limpieza técnica (toda novela breve debe buscar la palabra justa y no gratuita), se da la oportunidad a protagonistas memorables (toda novela corta se debe servir de personajes sucintos pero inolvidables). Las puertas del género siguen abiertas de par en par, mas solo pequeñas cosas entrarán. Cosas tan diminutas y nimias como novelas breves, novelas cortas, noveletas, nouvelles, novellas o novelines: lo único que pueda caber en los alcances de esa definición, dulce por corta pero amarga por escasa.