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Siete nociones y una idea desesperada

"Annapurna", de Igor Barreto

"Annapurna", de Igor Barreto

A propósito de Annapurna de Igor Barreto

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1 La verticalidad

Un discurso poético que ha hecho de la horizontalidad un referente (Crónicas llanas, El llano ciego, Tierranegra, Soul of Apure), ahora postula la verticalidad. La idea de llanura, o de la pampa borgiana, remitía a infinito, pero la idea de altitud, donde en el extremo adivinamos los cielos, apunta a trascendencia. En este sentido, me pregunto si la obra de Igor Barreto, a partir de Annapurna, cambia el paisaje por el metapaisaje. Esto es, física por metafísica. Podríamos estar hablando de un nuevo punto de inflexión en la obra de Barreto, como aquel que marca Crónicas llanas frente a sus libros anteriores.


2 Referente artificioso

Ya no hay Natura sino Cultura. Me explico: la montaña que veo, la veo en la pantalla del ordenador. El referente no es real, sino un eco de lo real, un artificio. Son ínfimas vibraciones luminosas, con latidos eléctricos, los que construyen el sentido. Pulsaciones, podríamos decir, que se convierten en palabras.


3 El escritor como escalador

Todo el tiempo se está ascendiendo. El poeta habla de “viaje virtual”. Es decir, un viaje, un desplazamiento, que ocurre en la mente. Dice el poeta: “La Diosa de la cosecha sega la cabeza de los escaladores”. ¿Qué es esta Diosa de la cosecha? Yo diría que es el reino de la significación: lo que se logra o no se logra decir. Dice el poeta: “La soledad y el vacío del espacio a estas alturas reinventan la tristeza”. Es decir, ya no se trata de la tristeza como la conocíamos, como falta o añoranza de algo, sino la “ausencia de lo orgánico”. Esto es, en las alturas desaparece la organicidad, que es más bien terrenal. Nos quedamos solamente con lo inorgánico, lo que nos lleva nuevamente a una instancia metafísica. Cito: “El escalador es una marca sobre la nieve”. Es decir, el escritor no deja rastro.


4 El universo reducido a un solo punto

Internet ofrece ese abismo, esa tentación: la sensación de que podemos tenerlo todo en el puño cerrado. Google Maps sería una variante de esto: puedo explorar hasta el punto más remoto sin moverme de la silla. El poeta decimonónico contaba con las musas; el poeta de hoy tiene a Google Maps. Es decir, no hay que cerrar los ojos para recuperar la imagen; sino más bien abrirlos. La imagen, repito, no la fabrica la mente; viene dada por una biblioteca virtual, tan ansiosa como avasallante.


5. Necrosis

Concepto fulminante, que da cuenta de lo que le sucede a los cuerpos bajo el frío extremo. La Diosa segadora no distingue entre dedos, manos o pies. Todo lo petrifica; sólo que la piedra de las alturas es el hielo: imagen congelada. Curiosamente, la muerte construye estatuas de sal, cuerpos eternos. Congelar la muerte para verla siempre: lo opuesto al entierro. En la verdadera significación poética, las palabras no se entierran, sino que quedan inertes a la espera de una nueva luz, que es la de la lectura. Un libro, decía Kakfa, es aquel capaz de romper el hielo que hay en mí. Verbigracia, la verdadera lectura es la que nos descongela.


6 Abandono

Esta frase: “En la medida en que el ascenso se realiza/abandona tu nombre”. El abandono es también una forma de escritura: es decir, se avanza, pero se van dejando cosas atrás. ¿Qué se deja? Memoria, certidumbre, seguridades. Cito: “Cuando asciendes tu imaginación debe estar apagada”. Es decir, los nombres, las palabras, la escritura, van ocupando un hueco. Las palabras borran un sentido que ha estado antes (memoria, por ejemplo) para fundar uno nuevo, que es finalmente lo desconocido, lo que se adivina en la punta de la lengua. Toda escritura abandona una morada para fundar otra, que a la vez logra abolir la anterior.


7 Mutilación

La idea de que al escribir vamos perdiendo trozos de cuerpo, pero también de memoria, de imaginario: es decir, el poeta apela a sus referentes, pero en cuanto los usa o los evoca, los desecha. La poesía requiere de instantaneidad, esto es, lo que se produce (la revelación poética) se produce en el mismo momento de la lectura. La poesía proviene de un tiempo anterior o va hacia un tiempo posterior, pero lo que se produce en la instantaneidad de la lectura carece de tiempo: es un destiempo. Esa podría ser una metáfora de la mutilación: la operación poética se deshace de todo lo que no tenga que ver con eso que hemos llamado la revelación poética.


Idea desesperada

La poesía de Igor Barreto es una calle ciega. Algo, sin duda, la antecede (¿la tradición, la memoria, un patrimonio?), pero esa pulsión no termina de revelarse y queda como un meandro, como un brazo roto de río. Hay una corriente de la poesía venezolana del siglo XX que no se hizo moderna y prefirió resguardarse en ciertos anacronismos: lo civil, la voz nativa, lo telúrico, lo hispanizante. Allí había valores conceptuales, mas no estéticos. Esos poetas fueron desplazados por las vanguardias, más proclives al surrealismo y sus derivados. Pero también con estos poetas se pierde parte de nuestros referentes esenciales, como lo fue y sigue siendo el paisaje. La poesía de Barreto apela al paisaje tal como si alguno de estos poetas anacrónicos se deshiciera de sus vestiduras y fuera a descubrir lo insondable. Es decir, Barreto recorre un camino que sólo pudieron recorrer fantasmas, porque es un camino no transitado. Nadie lo hizo, pero Barreto siente añoranza de que nadie lo haya hecho. Entonces se inventa posibles destinos, posibles alteridades, posibles voces. Entonces se dice: ¿cómo hubiera escrito fulano si su voz se hubiera hecho moderna? Y ensaya verso tras verso (como única respuesta), imaginando que otros (los muertos) son los que hablan. La voz de los que sólo pudieron callar, la voz de los que cantan bajo tierra. No en balde en cada edición lo acompaña la Sociedad de Poetas del Santo Sepulcro, que es en verdad la que se expresa (como un coro sinfónico) a través de Barreto.

FICHA DEL LIBRO

Annapurna. La montaña empírica. (Fábulas de un funcionario)
Igor Barreto
Fotografías Ricardo JiménezEdiciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro
San Fernando de Apure, 2012