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La neolengua de Venezuela: Masifi cación coral del individuo

Masifi cación coral del individuo | El Nacional

Masifi cación coral del individuo | El Nacional

La banalización, perversión, empobrecimiento e ideologización de la lengua, y con ello el deterioro y fractura de la capacidad de interpretar, conceptualizar, comunicar, llegar a acuerdos y argumentar de las personas es fenómeno que ocurre tanto en las democracias más abiertas y prósperas como en las democracias más frágiles y menos desarrolladas

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Se trata de una problemática compleja de identificar y comprender, pues está a la vista pero no se la advierte.

Trasciende fronteras y se manifiesta, de múltiples formas y grados, en las más diversas sociedades. La banalización, perversión, empobrecimiento e ideologización de la lengua, y con ello el deterioro y fractura de la capacidad de interpretar, conceptualizar, comunicar, llegar a acuerdos y argumentar de las personas, es fenómeno que ocurre tanto en las democracias más abiertas y prósperas como en las democracias más frágiles y menos desarrolladas, pues en todas el lenguaje demagógico y divisionista de los políticos, el mal uso y superficialidad en el trato de la noticia y la información, la precaria educación en el uso de la lengua, la falta de formación ciudadana para la argumentación pública, el torpe uso de las redes sociales como medios sustitutivos de la escritura y el discurso complejo, el crecimiento de la propaganda y el entretenimiento idiotizante, entre otras tantas (ver sobre el tema La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa), son causas de la pérdida progresiva de la capacidad del individuo de hacer uso eficaz de su más importante facultad para pensar y elegir: la lengua escrita y verbal.

Esa problemática, en sociedades cerradas y empobrecidas en que el poder actúa de forma despótica, es aún más grave y presenta causas adicionales a las indicadas.

Aquí el proceso de empobrecimiento e ideologización de la lengua no resulta del azar, de la mediocridad de los hablantes o de la publicidad (estatal o comercial), sino de un plan ejecutado desde el Gobierno, ya para imponer una interpretación oficial de la realidad y determinar el pensar y el sentir de las personas (reducidas a masa, como en 1984); ya para crear suficientes interferencias, contradicciones y vaciamiento de conceptos, ideas y valores de las personas, de modo que les sea cada más difícil apartarse de la "verdad oficial" sobre los problemas, los medios para resolverlos y los sacrificios a que debe estarse dispuesto para "tener Patria" y lograr la "suprema felicidad social".

Por eso dijo Karl Kraus al referirse al nazismo que "es en sus palabras y no en sus actos donde yo he descubierto el espectro de la época".

¿En qué consiste ese plan? En llenar la lengua usada, mediante propaganda oficial, cadenas de radio y TV, narraciones infantiles, prensa estatal, programas y voceros de medios estatales de comunicación y la repetición coral de los que sirven al poder, de palabras desvirtuadas en su sentido común, de palabras inventadas por el poder, de eufemismos y, sobre todo, de insultos, groserías y falacias ad hominen, de modo que el mundo interior de las personas se reduzca cada día más a una sola lectura posible de lo que le sucede y le rodea. Desde luego, si el uso de la lengua en una sociedad goza de buena salud, la ejecución de ese plan tendrá obstáculos. Pero si es pobre y mediocre, como lo era en Venezuela antes de 1998 (ver Rafael Cadenas, En torno al lenguaje, p. 19) las condiciones son óptimas para su ejecución.

La jerga que resulta de esa ejecución es una nueva lengua, integrada por palabras que no tienen origen espontáneo ni tradición, sino impuestas por el poder mediante su repetición, con fines ideológicos de dominación, ocultamiento de la verdad, división de la sociedad y embrutecimiento de las personas: "el lenguaje de la política ha de consistir, sobre todo, en eufemismos, en interrogantes, en mera vaguedad neblinosa" (George Orwell, La política y el lengua inglesa, p. 371). Así, un damnificado es un "dignificado", un robo de tierras un "rescate", un niño de la calle un "niño de la patria", el precio de mercado un "precio injusto", la devaluación de la moneda un "ajuste cambiario", la inflación y la escasez una "guerra económica" y un preso acuchillado un "privado de libertad".

El responsable de la neolengua sigue a Hitler (y a Lenin) a pie juntillas: "las masas son merecedoras de un desprecio absoluto. Son incapaces de todo pensamiento abstracto y se desinteresan de cuanto esté fuera del círculo de su experiencia inmediata" (Aldous Huxley, Retorno a un mundo feliz, p. 182). La neolengua busca liquidar al más peligroso rival del totalitarismo, el individuo libre y pensante, y lograr la masificación de la vida: "Hoy somos todos iguales, todos unidos por la indiferencia hacia nuestro trabajo. Esta indiferencia ha pasado a ser pasión. La única gran pasión colectiva de nuestro tiempo" (Milan Kundera, La identidad, p. 90). Subestimar la neolengua, no adoptar estrategias para identificarla y para desactivarla, es contribuir a su imposición en nuestra sociedad y hacer posibles sus nefastas consecuencias.