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Un solo tema y múltiples relatos: Enrique Bernardo Núñez y El hombre de la levita gris

Enrique Bernardo Núñez | Foto Cortesía

Enrique Bernardo Núñez | Foto Cortesía

La contemporaneidad de la propuesta estética de Enrique Bernardo Núnez se debe a su interés por la historia y su estilo dinámico, preciso y directo. En “El hombre de la levita gris”, como en toda su obra, se hace evidente la extensa investigación documental, que hace que el lector experimente la sensación de asistir al desarrollo de los hechos. El distanciamiento del autor, al situarse fuera del espacio de lo narrado, hace que estas situaciones concretas adquieran validez universal, otorgándoles un valor de reflexión más amplio. Su propuesta deja atrás las antiguas fórmulas para proponer una visión más compleja del presente, una imagen intemporal del devenir

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Inevitablemente el nombre de Enrique Bernardo Núñez aparece asociado a Cubagua, su magnífica novela de 1931, obra de estructura circular, en donde el mito da lugar a una interpretación y recuperación de la historia que no se queda solo en el confinamiento de lo pasado o de lo localista, exigido aún por esos años como sello de una literatura “nacional”; sino que, por el contrario, empleando técnicas narrativas nada comunes entre nosotros, y poco empleadas en el resto del continente, proponía una visión más compleja del presente mediante un proceso de ficcionalización en que los personajes y el tiempo de la narración no representaban solo un período ya concluido de la historia, sino una imagen intemporal de un devenir que permanecía idéntico a sí mismo. Sin embargo, la escritura de Enrique Bernardo Núñez, su abundante bibliografía, se multiplicó en diversos géneros, manteniendo dos constantes: su interés por la historia y el cultivo de un estilo dinámico, preciso y directo que sella la contemporaneidad de su propuesta estética. Ya desde el espacio de sus novelas o como periodista y riguroso investigador, se ocupó tanto de la historia mínima –pensemos en La Caracas de los techos rojos (1947-49), texto de obligada de referencia para historiadores y antropólogos–, o de interpretaciones más abarcadoras y universales presentes en la ya mencionada Cubagua o La Galera de Tiberio (1938), por citar las principales.

El hombre de la levita gris

En este contexto, El hombre de la levita gris (1943) vuelve una vez más sobre la historia, esta vez desentrañando la figura de un personaje y un período específicos. Sin que sea exactamente una biografía, este breve libro –publicado inicialmente como folleto en 1942 en el diario El Universal– se ocupa de la figura de Cipriano Castro desde su exilio en Cúcuta a fines del gobierno de Crespo (1897) hasta que es depuesto por su compadre, vicepresidente y compañero de aventura Juan Vicente Gómez. Para ello, el autor realizó desde 1938 una extensa investigación documental en bibliotecas venezolanas y estadounidenses. A pesar de que esto puede apreciarse en la abundancia de notas a pie de página que contiene el libro, el propio Enrique Bernardo Núñez se vio en la necesidad de precisarlo en la “Nota preliminar” del libro: “Hago estas explicaciones porque se ha pretendido, con bastante arbitrariedad o ligereza, que me he dejado guiar por la imaginación”.

Como dijera Orlando Araujo: “Se trata de un ensayo histórico y político de amplia base documental, en el cual se emplea la técnica narrativa de la biografía moderna con notable eficiencia”. Si una virtud tiene este libro, es la agilidad del estilo que muestra una correspondencia con el resto de la obra del autor: la apuesta a una retórica que dejara atrás las antiguas fórmulas discursivas –y que ironiza y desmonta en el capítulo que incluye las palabras de Eduardo Blanco al develar la estatua de Páez y establecer una comparación entre este y Castro–. Interesante en este sentido, es el cultivo de un modo de narrar en el que los hechos, contados en presente y de un modo no lineal, van apareciendo por sí solos, mientras que el narrador, en tanto intermediario, se maneja con la agudeza de quien pareciera no querer dejarse ver. Núñez construye un texto en donde el lector tiene la sensación de asistir al desarrollo de los hechos, como si no hubiera intermediación, hasta que se topa con los juicios sutiles e irónicos que determinan el tono y la interpretación con que el autor impregna los hechos. De este modo, muestra la “farsa” de un viejo orden que se cae a pedazos, ese Liberalismo Amarillo que había orientado los destinos del país desde los tiempos de Guzmán Blanco y que la gestión de Castro debía restaurar.

Con una técnica que Orlando Araujo ha llamado puntillista, van tomando forma sucesos y personajes, mediante la alternancia entre los hechos locales y los acontecimientos internacionales del momento. Una brevísima revisión del capítulo VI titulado “1902” facilita una idea del libro como totalidad. 1902, como se sabe, es la fecha del bloqueo de las costas venezolanas por parte de Inglaterra y Alemania. Núñez refiere los acontecimientos con economía de recursos pero sin dejar cabos sueltos. Para ello, pasa de los actos públicos en Caracas protagonizados por Castro y el Mocho Hernández y de las manifestaciones “patrióticas” de las masas, a las discusiones que tienen lugar en Londres y Washington. El cambio de espacio no solo completa la información, sino que genera otro tempo, una cierta disonancia que favorece el distanciamiento del lector respecto a lo narrado. El paralelismo entre Roosevelt y Castro, señalado por Araujo, es especialmente interesante, porque constituye un retrato de los hombres de poder; y muestra cómo partiendo de la elección de ciertos elementos, el autor construye el gran sintagma de su visión de mundo. A partir de una situación concreta (el bloqueo), Núñez amplía el espectro para mostrar la situación política y económica de Venezuela; además ofrece un retrato de la pequeñez casi caricaturesca con que Castro se conduce; y, finalmente, una metáfora sobre el poder, válida no solo en ese momento de la historia venezolana, sino en cualquier contexto: allí están, por ejemplo, Inglaterra y Alemania humillando a Venezuela, pero acatando cautelosamente los dictámenes norteamericanos. Allí está, también Castro quien luego de su conocida arenga contra “la planta insolente del extranjero”, se pone en manos del Secretario de Negocios norteamericano Bowen para finiquitar el conflicto. Y Núñez es contundente:

“Ya ha desafiado al mundo y se ha asomado a un balcón con el general Hernández y ha pronunciado discursos, y ya puede rendirse. Ya se han realizado prodigios, temeridades y sacrificios; todos los portentos anunciados en la famosa proclama. Ya es el héroe del 9 de diciembre”.

Una visión pesimista e irónica de la historia recorre el libro hasta el final cuando Castro no se toma en serio el golpe de Gómez hasta que ve canceladas sus cartas de crédito y, cierra el autor: “Aquí termina, lector, la Restauración Liberal, el reinado del hombre que desde Cúcuta vino a gobernar el país como amo absoluto y nos dejó colgada su levita gris en el ropero de la Aclamación”.

Con frecuencia se ha comparado esta obra con el libro de Picón Salas sobre este período, señalando como una diferencia la falta de toma de partido por parte de EBN. Los juicios, sin duda, están allí y una pequeña enumeración bastaría para demostrarlo. Lo que ocurre es que El hombre de la levita gris contiene sentencias que, si bien parten de las situaciones concretas relatadas, adquieren un valor universal gracias al distanciamiento del autor. El narrador nunca se muestra apasionado por lo que acontece, antes bien, es la distancia la que permite salvar lo narrado del confinamiento localista para otorgarle un valor de reflexión más amplio. Si, por un lado, los verbos en presente otorgan agilidad e inmediatez al relato; por el otro, el distanciamiento del emisor es palpable: el narrador se sitúa fuera del espacio de lo narrado y no muestra ninguna vinculación con los acontecimientos, ni siquiera cuando increpa al lector.

Irene Rodríguez Gallad en el “Prólogo” a la edición de Monte Ávila de 1985 indica: “El hombre de la levita gris pude parecer una obra que permite ser observada en dos sentidos, reveladores de la verdadera inspiración del autor. Uno es el del análisis de un ejercicio presidencial, el de Cipriano Castro, ubicado en un contexto histórico donde fue manifiesto el conflicto entre algunos intereses extranjeros agresores y una entidad nacional vulnerable. Otro es el de la interpretación de una época venezolana –los años de la restauración liberal– tomando como eje del discurso histórico la actuación de su protagonista principal. En ambas perspectivas, consideradas en sus correspondientes significaciones, parece situarse a la vez el registro argumental de la obra, y esto mismo se advierte en la coordenada histórica de espacio y tiempo que cubre el prolijo discernimiento del autor”.

El autor

No está demás detenerse en algunos datos biográficos. Nacido el 20 de mayo de 1895 en Valencia, se muda a Caracas en 1910 donde estudia medicina durante dos años y a partir de ese momento se dedicará exclusivamente a la escritura: literatura y periodismo. Como periodista, tarea que inicia a los 14 años al fundar en Valencia el periódico Resonancias del pasado, tendrá una actividad incansable: redactor de El imparcial en 1919, columnista desde 1922 de El Universal, El Heraldo y El Nuevo Diario. Colaborador de la revista Elite en 1925. Fundador y director de El Heraldo de Margarita entre 1925 y 26. Colaborador del diario El Tiempo de Bogotá. Columnista de El Nacional. Su primera obra literaria es la novela Sol interior de 1918, seguida por Después de Ayacucho de 1920. Concluida en Panamá, publica en París once años después su magnífica novela Cubagua. Entre 1930 y 1932 escribe La Galera de Tiberio que será editada en Bélgica en 1938, cuya edición, prácticamente completa, lanzó al río Hudson. En un homenaje durante la Feria Internacional del Libro de Caracas, una de sus hijas contó cómo su padre, años después recordando el episodio, le había dicho, que después de todo qué mejor destino para un barco que ser lanzado a las aguas. Solo póstumamente, en 1967, aparecería una edición acorde a las correcciones del autor. Su único libro de cuentos, Don Pablos en América, es publicado en Caracas en 1932.

Su bibliografía se completa con títulos como Arístides Rojas, anticuario del Nuevo Mundo (1944), La Galería del Concejo (1945), Contribución a los trabajos preparatorios del Cuatricentenario de Valencia y Fundación de Santiago de León de Caracas (ambos de 1955), Tres poetas (1959), Codazzi o la pasión geográfica (1961), Figuras y estampas de la antigua Caracas (dos tomos, 1962-63), La estatua de El venezolano: Guzmán o el destino frustrado (1963).

Cultivó, además, la diplomacia y la gestión política durante los gobiernos de Gómez y López Contreras, lo que le permitió convivir de cerca con el poder. De allí sus estadías en Margarita como Secretario del Presidente del estado, Manuel Díaz Rodríguez entre 1925 y 26; en 1928 vivió en Bogotá como Secretario de la legación de Venezuala; en 1929 ocupó el mismo cargo en Cuba, y en 1930 en Panamá. Posteriormente fue Secretario General Interino del gobierno del Estado Anzoátegui (1931) y en 1938 es Cónsul en Baltimore. La relación entre sus desplazamientos geográficos y la escritura y publicación de sus obras resulta evidente.

Enrique Bernardo Núñez abarcó en su obra las variadas dimensiones de la historia. Desde el detalle cotidiano de La Caracas de los techos rojos hasta la visión más compleja de El hombre de la levita gris. Ya fuera desde trabajos periodísticos o históricos, como desde la ficción, Núñez elaboró un gran relato fundado en una rigurosa documentación, que a la vez es fundador de una retórica nueva, despojada de los adornos de un neoclasicismo que pesó largamente en nuestras letras y de un contenido propio: la revisión y recopilación de nuestra memoria histórica. El conjunto de su obra parece querer decir que el conocimiento de la historia –que es una y, a la vez, es múltiple–, es una necesidad para el conocimiento de la nacionalidad.

Periodismo e Historia

El 24 de junio de 1948 Enrique Bernardo Núñez ingresó a la Academia Nacional de la Historia. Lejos de asumir una actitud doctoral, reivindicó la investigación histórica como una actividad que debía tener como finalidad “informar” sobre la realidad venezolana. Por ello, recordó que provenía de las “legiones de la prensa” y resaltó el valor del relato cotidiano, de la crónica y de la pequeña historia. De su prolífica labor como periodista son producto tres libros: Signos en el tiempo de 1939, Viaje por el país de las máquinas de 1954 que reúne las crónicas publicadas en Venezuela durante una de sus estadías en los Estados Unidos, y Bajo el samán de 1963, un año antes de su muerte en Caracas. La Caracas de los techos rojos (1947-49) es una síntesis del acerbo documental de la ciudad que recoge aspectos de la vida cotidiana, la historia, la religión desde la Colonia hasta la fecha de su publicación. 

 

“El cabito” revisado

Por Jesús Sanoja Hernández

Por razones que a lo largo de esta serie se irán exponiendo, a la hora de escoger el libro imprescindible de Enrique Bernardo Núñez tuvimos que sacrificar obras fundamentales, en el caso de la narrativa la novela de las innovaciones en el manejo del tiempo (Cubagua, 1931), y en el de la crónica su sistemática reconstrucción evocativa de Caracas con La ciudad de los techos rojos. También (y nos duele como periodistas) su intensa labor crítica, con aquel su estilo de telegrafía conceptual, de la cual hay constancia en El Heraldo, El Universal, El Nacional y otras publicaciones periódicas.

Por fortuna, Tablante y Garrido, albacea de Don Enrique en cuanto a legados de escritura, ha recogido en dos tomos sus Relieves, extraordinaria visión de lo cotidiano en la Venezuela postgomecista, y en otro como sus Relieves bibliográficos, que muestran al escritor en su etapa formativa, con trabajos sobre el mexicano Tablada, el chronique de tantas batallas, Gómez Carrillo, y el polémico Baroja, sin olvidar artículos de la etapa madura, donde aparecen Unamuno, Ortega y Gasset, Madariaga y Zweig. Y además, alrededor de Tablante y la inolvidable librería El gusano de luz, donde también se veneraba a don Julio Garmendia, los críticos de las nuevas generaciones, casi todos formados en las escuelas universitarias, han ido (re) descubriendo al narrador del tiempo “intemporal”, circular o en dos direcciones, que en Cubagua retrocede siglos y en La galera de Tiberio avanza en futiriciones.

El hombre de la levita gris no solo arrojó una desafío revisionista sobre el período castrista, afincado en seria investigación documental en Estados Unidos y Venezuela, sino que fue el texto de referencia obligatoria a la hora de juzgar a aquel singular caudillo, sus arranques nacionalistas y su incómoda relación, pródiga en enfrentamientos bélicos y judiciales, así como en rupturas diplomáticas con las grandes potencias. Si aquella etapa se revisara en el contexto de la Doctrina Monroe y del Corolario Roosevelt, un aficionado a Ripley preguntaría cuál estrella del Cielo intervino para que Venezuela no fuera invadida como algunos países centroamericanos, tomada en prenda como Puerto Rico, segregada de Colombia como Panamá, o mediatizada por la Enmienda Platt como Cuba.

La relación contrapuntística que utilizó EBN en El hombre de la levita gris, tiene su partida cronológica (lo apunta él en la Introducción) el 29 de marzo de 1897 cuando un hombre exilado en Cúcuta escribió carta a Domingo Antonio Olavarría con motivo de artículo por este publicado en El Tiempo, donde entre otros nombres sugería el de Cipriano Castro, no otro que el desterrado en la frontera. Castro le respondió: “Tengo yo pleno conocimiento de que mis aptitudes” no son como para llegar a la Presidencia. “Me busco y no me encuentro”, agregaba con cita de Cecilio Acosta.

Pero, en sus adentros, la ambición se revolvería y buscó y encontró el mando absoluto, cuyo límite cronológico fue el 19 de diciembre de 1908, día en que Gómez “reaccionó”, y por eso lo consideraron el jefe de los reaccionarios, contra su compadre errante. Tal golpe de Estado, bastante curioso en nuestra historia, contó con la bendición y tutela de Estados Unidos, y fue comentado por The New York Times del último día de 1908: “la revolución fue como una ópera bufa para Mr. Adams y otros observadores extranjeros que se hallaban en Caracas”. La cita corre en libro de EBN, una página antes de cerrarlo. Cerrado estaba asimismo el capítulo de la Restauración Liberal.

Después de El Hombre de la levita gris dos escritores de primera línea enfocaron con estilos diferentes el período restaurador, Picón Salas en Los días de Cipriano Castro y Ramón J. Velásquez en La caída del liberalismo amarillo, uno y otro inevitables a la hora de enjuiciar el fenómeno castrista, el ciclo del liberalismo amarillo y la génesis del gomecismo.

Las puertas estaban así abiertas para los historiadores de formación universitaria específica, que son muchos para aquí nombrarlos.


    
*Publicado el 10 de mayo de 1998