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La muerte de un editor: Jaume Vallcorba

Jaume Vallcorba

Jaume Vallcorba

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Una pérdida del 2014 

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Sobriedad, discreción, modestia y disciplina. Difícil dar con alguna de estas características, mucho más improbable es que se conjuguen en un solo hombre. A veces sucede. Jaume Vallcorba fue sobrio, discreto, modesto y disciplinado, incluso ante la muerte, que le llegó el pasado 23 de agosto. He leído que la música para el funeral fue organizada por él mismo. Bach, Mahler, Fauré. Nada al azar. 

Como no lo estuvo la práctica de su oficio: editor. Tener un libro de Acantilado en las manos es la prueba del refinamiento irreductible de un hombre de letras, de un espíritu cultivado que decidió compartir su amor por la cultura occidental con los lectores. Y a quienes honraba con cada título, encuadernados con los materiales más idóneos, en papel ahuesado con pH. neutro, cocidos a hilo vegetal, con guardas rojas o negras, tinta con la carga de negro exacta para la lectura, portadas mate con imágenes al cuidado del propio Vallcorba –y que conforman una pinacoteca– para que el conjunto de elementos formara un libro para cien años de vida. Repito, cada libro de Acantilado es una hechura artesanal en la que se encapsulan las palabras que abren esta nota.

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Varias veces pude agradecerle su catálogo. La tristeza ante la noticia inesperada de su fallecimiento me ha conmovido, mientras intento mitigarla revisando los ejemplares de Acantilado que se ordenan en el primer tramo de mi biblioteca, con la esperanza de que quienes sigan adelante con la labor editorial honren tan noble herencia y responsabilidad.

Una vez en Guadalajara me encontré con él, un hombre elegante, de gráciles maneras, de sonrisa contagiosa, cultura abrumadora y una simpatía refinada. Pudimos hablar un rato mientras nos registraban en la recepción del hotel Hilton. Todavía guardo en una libreta varios recuerdos de aquel cruce de palabras. Algunas las recuerdo sin necesidad de abrirla: “Cuando las lenguas tienen carga política las estropeamos. Me siento muy incómodo con los nacionalismos”.

Quien lo decía era un catalán. De espíritu universal. Quaderns Crema fundada en 1979 es la editorial que renovó las letras catalanas, y Acantilado, fundada en 1999, es hoy un referente hispanoamericano del pensamiento. Vallcorba fue un editor exquisito, riguroso, de una curiosidad intelectual prodigiosa, políglota, hablaba y leía en francés, alemán, italiano; las letras, la historia, la música, la filosofía, la pintura, la ciencia, ninguna bella disciplina le era ajena, y su catálogo es parte fundamental de la biblioteca universal que es el mundo. El espíritu occidental encuadernado. Un recordatorio de la Europa culta, pudorosa, humanista.

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Michel de Montaigne anotó: “Escribo mi libro para pocos hombres, y para pocos años”. Luego de poco más de quinientos, Jaume Vallcorba publica Los ensayos, en la edición de Marie de Gournay de 1595, y se convierte en un best seller, desmintiendo al escéptico cultivado. Esta combinación de erudición y riesgo no es frecuente, bien lo sabía el doctor en Filosofía y Letras, el profesor que decidió hace más de treinta años dedicarse a editar, pero en el sentido de otros tiempos, editar para honrar la tradición cultural occidental, editar para “despertar lectores”, editar para preservar, renovar y descubrir la palabra, tan venida a menos, vilipendiada en el lodazal de la corrupción y decadencia de nuestros tiempos. Acantilado no lleva ese nombre al azar, siempre fue un riesgo; la silueta de un hombre cayendo como quien se lanza de un risco es la imagen impresa en los lomos del sello. Me gusta creer que cada vez que abrimos un título de Acantilado evitamos el final, los riscos de la idiotez.

Convirtió El libro del desasosiego, de Pessoa, en un best seller que ni él pudo anticipar, y que habla de esa vida propia de los libros luego de echarlos al mundo; más de sesenta mil ejemplares vendidos, y luego vendría toda su obra en cuidadas traducciones y ediciones bajo la mirada de especialistas; Gargantúa y Pantagruel, de Rabaleis, aquel incordio maravilloso para los obcecados moralistas de pocas luces; Un mundo de ayer, de Zweig, para quien hizo hasta una edición de bolsillo poco usual, debido al éxito (19 ediciones) de este monumento a la nostalgia de una Europa que no vio venir el derrumbe del espíritu que la hizo posible; Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, en las que el francés retrata con lucidez e irreverencia su época (y que instó una edición bolsillo que lleva siete reimpresiones); y nombres de la Europa del Este que fue descubriendo para la capacidad de asombro de los lectores hispanos, el serbio Danilo Kîs, delicado observador de la máquina destructiva de las revoluciones; el checo Iván Klima, perspicaz y lúcido literato que no dejó aplastar su sensatez por el aparato totalitario comunista; el polaco Adam Zagajewski de finas y hermosas maneras literarias para destacar la poesía como conocimiento; el serbio Aleksandar Tišma, que encapsuló la brutalidad de la guerra en su obra; sin descuidar otras latitudes, descubre a un escritor que hizo del vaivén melancólico portugués el existencialismo de sus libros, Vergílio Ferreira; un filósofo incansable como Rafael Argullol, quien le ha tomado el pulso a nuestra desangelada contemporaneidad, basta echarle una hojeada a Aventura. Una filosofía nómada para maravillarnos con la sabiduría y apenarnos de nuestra propia estupidez; el italiano Dino Buzzati y sus hermosos y metafísicos relatos; editó la poesía de Roberto Bolaño cuando todos leían su narrativa; a Andrés Neuman, Javier Cercas, Quim Monzó, hoy escritores consolidados. Queridos por su editor, con el mismo amor que profesaba por los libros.

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Amor por los libros que hizo de su oficio, arte. En los últimos años Acantilado no dejaba de sorprender al descubrirnos autores que participan del diálogo que Vallcorba procuraba para su catálogo, en el que los títulos se miran unos a otros, se complementan, conforman un segmento de la cultura occidental que en medio de la producción sujeta a los resultados del budget, da cuenta de cómo un ilustrado (palabra que ha perdido su nobleza y prestigio) pudo darle marco a la expresión occidental, sustraerla de la noción de información y entretenimiento que todo lo engulle y lo desecha, y hacer de un proyecto editorial un edificio cultural, también rentable, sostenible pero no supeditado sino integrado a la práctica comercial.

Con erudición y audacia editó al nigeriano residenciado en Nueva York, Teju Cole, con un libro que inaugura al flanèur del nuevo siglo, Ciudad abierta; la primera novela del joven español Pablo Martín Sánchez El anarquista que se llamaba como yo, en la que la historia del condenado a muerte (homónimo del autor) es la reconstrucción de un intento de rebelión en contra de la dictadura de Primo de Rivera, que retrata el París anarquista, la España en guerra, la intelectualidad exiliada, y el fracaso de la lucha armada; a la también nigeriana Helen Oyeyemi cuya novela El señor Fox es un ejercicio metaliterario al que Vallcorba no le huía. Un tratado que conjuga en buena medida la naturaleza humanista del editor, La utilidad de lo inútil, del italiano Nuccio Ordine, en el que se nos insta a reconocer fines en símismos que “puedan ejercer un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo civil y cultural de la humanidad”.

Proyectos en los que muchos editores y casas editoriales no se embarcarían los tomaba Vallcorba con  entusiasmo y vitalidad. La obra de Nikkos Kazantzakis será publicada por entero (ya ha salido Lirio y serpiente), derechos que fueron solicitados en su momento por DeBolsillo de la casa Penguin Random House, pero que Acantilado ganó sin inconvenientes, al proponer nuevas traducciones y ediciones al cuidado de especialistas en la obra del griego; la obra completa de George Simenon; los relatos policíacos de Fernando Pessoa; y otros tantos que seguirán su marcha ahora con Sandra Ollo, su viuda, bajo la conducción de las editoriales.

He sabido de personas que han entrado a la bella librería bogotana Arteletra, y le han pedido a Adriana Laganis (propietaria y librera) todo el catálogo de Acantilado. En varias ocasiones me contó que ella gestionaba estas solicitudes directamente con Vallcorba, quien no dejaba de sorprenderse y sonreír cuando visitaba la librería y veía dos muebles con todos sus libros. Porque eso son, unidad, alma. Sin bien no basta para el apetito voraz de algunos lectores, me atrevo a decir que el fondo de la editorial es suficiente para hacernos una idea sólida de nuestra cultura. No queda más que entristecer por la desaparición de un editor de otros tiempos, y mitigar esa tristeza teniendo la cortesía de leer los libros que tuvo a su cuidado. Un gesto, ese de leer, ennoblecido por el oficio sobrio, discreto, modesto y disciplinado de un enamorado de los libros.