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La muerte de Stalin

El dictador soviético Joseph Stalin/Archivo

El dictador soviético Joseph Stalin/Archivo

Soñana en secreto con tener una vida larga. En 1936, había ordenado el inicio de investigaciones médicas orientadas al descubrimiento de los secretos de la longevidad

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Hacia finales de 1945 la salud de Stalin había comenzado a resquebrajarse (archivos abiertos en los años de Gorbachov han permitido confirmar que el 9 de octubre habría padecido un primer ataque de apoplejía). Su obsesión por los detalles, su voracidad controladora que le exigía horas y horas de trabajo, lo dejaban extenuado. Se acostaba todos los días alrededor de las 4 de la madrugada. La hipertensión, la arteriosclerosis y los dolores reumáticos lo acosaban. A partir de 1947 su corazón le había obligado a permanecer varias semanas fuera del Kremlin, a veces dos y tres veces al año. 

Stalin soñaba en secreto con tener una vida larga (en 1936 había ordenado el inicio de investigaciones médicas orientadas al descubrimiento de los secretos de la longevidad), pero también los médicos formaban parte de su ilimitada desconfianza. Vladimir Vinogradov, su médico personal desde 1946, permanecía preso desde 1952, acusado de ser parte de la llamada "conspiración de los médicos", que encubría una acción en contra de judíos. En ese momento Stalin ordenó la destrucción de su propio expediente clínico: no quería dejar rastro alguno de sus padecimientos. Este programa de eliminación (varios de los más prominentes médicos de la Unión Soviética, en su mayoría judíos, permanecían detenidos), avanzaba paralelo a otro llamado la "conspiración mingreliana", cuyo destinatario final sería Lavrenti Beria, jefe del servicio secreto desde 1938 (Beria sabía que Stalin tramaba eliminarlo). 

Se automedicaba. Ingería píldoras de yodo que, según creía, le daban energía y mejoraban su ánimo. A partir de 1951 se negaba a ver a los médicos. 

En 1952 dejó de fumar, de un día para otro. Pero 1952 fue un año exigente. Las luchas internas, la Guerra Fría y los fracasos económicos le consumían. 

Envejecía, sin que su demonio interior se aplacara. Mientras luchaba con sus malestares, diseñaba planes para asesinar a capas enteras de profesionales o de colaboradores. Enfermo era cada vez más peligroso. 

En Kuntseve, la dacha donde vivía, Stalin cambiaba de habitación cada noche por temor a un atentado. Pasaba horas y días en reuniones en las que planificaba la liquidación de sus propios colaboradores o en las que revisaba, centímetro a centímetro, los parámetros de su seguridad. 

Con el propio Beria había diseñado medidas que hacían a Kuntseve impenetrable. 

Había controles de acceso, anillos de seguridad, guardias en todas partes. Había severos protocolos: nadie podía llamar a las habitaciones donde Stalin descansaba. 

No se le podía molestar ni mucho menos ingresar a sus habitaciones. Quien violase estos procedimientos podía ser ejecutado. Ni siquiera a su hija Svetlana le estaba permitido visitarle sin autorización o llamarle por teléfono. 


Una noche sin incidentes 
Llegó el año de 1953. Procuraba descansar, pero su odio permanecía intacto. Su deseo de aterrorizar no retrocedía. 

Lucía más pesado. El 28 de febrero fue un día sábado. 

Entre mediodía y primera hora de la tarde Stalin llamó uno a uno, a Nikita Jrushchov, Nikolái Bulganin, Giorgi Malenkov y a Lavrenti Beria, y les invitó a ver una película en su despacho del Kremlin, a las 8 de la noche. Beria asistió lleno de temor, pensando que aquella invitación podía ser la emboscada final. La selección del cortejo era propia de la crueldad de Stalin: Jrushchov y Bulganin era aliados, enemigos de Malenkov y Beria. Stalin organizaba estos encuentros para aterrorizar a los asistentes e indisponerlos unos contra otros. 

Terminada la función, Stalin los invitó a Kuntsevo. Casi a medianoche se sentaron a cenar. Varias botellas de vino de Georgia, el predilecto del dictador, se bebieron mientras comían. A las 4 de la madrugada los comensales se despidieron. Al día siguiente, cada uno esperaba una nueva llamada de invitación porque sabían que Stalin detestaba la soledad de los domingos. 

La noche anterior había transcurrido sin incidentes. 

Las últimas horas 
Stalin era un sujeto de rutinas. 

Se levantaba entre las 10 y las 11 de la mañana. Llamaba y pedía té y los diarios. Si había correspondencia urgente, se le incluía al momento en que un oficial de seguridad ingresaba por primera vez en el área de aposentos. 

Unos minutos después de las 11 de la mañana del domingo 1 de marzo de 1953, los oficiales se sintieron extrañados. Dentro de la dacha estaban Mijail Starostin, el oficial de seguridad de mayor rango ese día, y Pyotr Logachev, ayudante del comandante de Kuntseve. Además de numerosos hombres armados, estaban la cocinera, el jardinero y el bibliotecario. 

A mediodía Stalin no había aparecido. Como si se tratase de una ficción, transcurrieron las horas, la 1, las 2, las 3, las 4, las 5, las 6, las 7, las 8, y nadie se atrevía a levantarse, girar el pomo y entrar en el área privada. Pero además, ese día ocurrió otro hecho, consecuencia de la vileza de Stalin, de su vida dedicada al terror, de las medidas de seguridad enfermizas de las que se había rodeado: nadie lo llamó. Nadie. 

Ni siquiera Svetlana. 

Poco después de las 8 de la noche, Starostin intentó convencer a Logachev de que entrara a las habitaciones. Lozgachev le refutaba: Starostin era el oficial de mayor jerarquía. 

No hubo acuerdo, ambos estaban aterrorizados. A las 10:30 de la noche se presentó la ocasión: llegó un paquete remitido desde el Comité Central del Partido Comunista, que llevaba el sello oficial de "urgente". 

Logachev se armó de valor y abrió la puerta. 

Sobre lo que ocurrió en ese momento hay diversas versiones (algunas con evidente afán de distorsionar los hechos), pero la mayoría coincide en esto: al lado de una pequeña mesa, Stalin estaba tirado en el piso. 

Vestía una camiseta y un pantalón de pijama. La mancha de orina se extendía sobre ambas piernas. El cuerpo estaba frío. 

Sobre la mesa había una botella de agua mineral y un vaso. 

La conclusión fue que Stalin, como todos los días, se levantó y, al buscar un vaso con agua, sufrió el derrame. 

Logachev salió y buscó ayuda. Entre cuatro lo levantaron del piso, lo condujeron a la sala contigua y lo acostaron en un sofá. Alguien dijo que había que cubrirlo, pero nadie se atrevió a entrar a la habitación a buscar una cobija. 

Estaba prohibido ingresar a la habitación del dictador. Levantaron una alfombra del piso y se la pusieron encima. Se miraban unos a otros y todos veían lo mismo: rostros en estado de pánico. Que el miedo había ocupado hasta el último rincón de las mentes de estos hombres, lo revela esto: ninguno atinó a llamar a un médico. 

Fieles a la trama burocrática que los ataba, Starostin dijo que notificaría a su superior, y marcó el número de Semyon Ignatiev, ministro de Seguridad de Estado. Ignatiev le contestó que llamara a Beria. Obediente, llamó a Beria y este no contestó. A continuación llamó a Melenkov: Starostin no entendió la respuesta de Melenkov. 

Unos minutos después de las 11 de la noche, en medio del silencio y la perplejidad, Beria llamó y ordenó no mencionar nada a nadie. 

A las 3 de la madrugada, Beria se presentó acompañado por Malenkov. Temido por su mirada brillante, dio un vistazo a la sala y encaró a Longachev: "¿Por qué tienes tanto miedo, Longachev? ¿No te das cuenta de que el camarada Stalin duerme a pierna suelta? No le molestes y deja de alarmarnos". 

A las 7 de la mañana el ministro de Sanidad designó al grupo de médicos que lo acompañaría a examinar a Stalin. 

A las 9 de la mañana del 2 de marzo, los médicos vieron a Stalin y dictaminaron que había sufrido una hemorragia cerebral masiva. Stalin nunca se recuperó, hasta su fallecimiento el 5 de marzo de 1953. 

Sólo más adelante se conoció que la cocinera informó que a las 6:30 de la mañana del 1 de marzo, vio que las luces de las habitaciones se encendieron. 

Eso permitió saber que fue a esa hora cuando el dictador se levantó a beber agua y un derrame lo tiró al piso. Que los médicos lo hayan examinado 27 horas más tarde, prueba la enorme eficacia que la paranoia había adquirido en el régimen del terror.