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La mirada crítica de Octavio Paz

Excelsa figura de la literatura latinoamericana del siglo XX, Octavio Paz | Fotografía: Pedro Garrido

Excelsa figura de la literatura latinoamericana del siglo XX, Octavio Paz | Fotografía: Pedro Garrido

“Hablar del Octavio Paz crítico es reconocerlo como el más prolífico ensayista entre los poetas de su generación”

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A riesgo de quedar como un reduccionista, las tres grandes firmas críticas del México del siglo XX fueron Alfonso Reyes, Carlos Fuentes y Octavio Paz. Concediéndole al “Regiomontano universal” la batuta en el campo del ensayo literario, don Octavio queda, con atributos propios, como el segundo en la lista. Hablar del Octavio Paz crítico es reconocerlo como el más prolífico ensayista entre los poetas de su generación. Todo gran poeta es buen lector. Y todo dedicado lector deviene inevitablemente en atento crítico. No hay forma de eludir el rol. La lectura, acto consciente, requiere de una sindéresis muy cercana a la disección crítica. Es inmanente a ella. Cuando leemos, criticamos. Y Paz fue un lector insomne. Pleno de ángulos reflexivos y harto de preguntas y dudas. Es esa la actitud del crítico. Abordar toda lectura desde los matices y los detalles, desde las sombras y las oscuridades.

En el caso de Paz, su bibliografía ofrece títulos en donde el ejercicio de la crítica se establece como natural a su producción. Al margen de haber publicado doce recopilaciones de sus artículos y ensayos sobre literatura y arte, don Octavio edita cinco títulos que le deparan la posteridad en el mundo de la crítica: El arco y la lira (1956), Los hijos del limo (1974), Xavier Villaurrutia en persona y en obra (1978), Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982) y La otra voz, poesía y fin de siglo (1990). En estos libros el tema de preocupación es la poesía en referencia a múltiples conceptos que son constantes de su devenir ensayístico: modernidad, lenguaje, tradición y cultura. 

El acendrado espíritu crítico de Paz se demuestra en los giros que da su propio pensamiento político. Aunque su ideología estuviera inicialmente anclada en el comunismo que militó de joven, situación por demás típica en todos los intelectuales de ese tiempo, su marxismo se decanta hacia un liberalismo más conectado con la pulsión libertaria e individualista de todo artista. Si pudiéramos definir los resortes que aplicaron ante tamaño replanteamiento, deberíamos achacárselos a la profunda capacidad de observación y crítica de Paz, más que a procesos de cuestionamiento político exclusivamente. La ironía, lo que don Octavio sostenía era la pasión crítica de la modernidad, encuentra su nicho en la mente inquieta del mexicano. Otro racional también podría ser su propia genética. Paz lleva en la sangre la herencia andaluza de su madre, y es esa una estirpe descreída, llena de actos de rebelión contra su propia esencia. En esa simiente de Andalucía bien pudo estar el comienzo de una distancia a todo lo que fuera dogma. A todo lo que sonara a imposición.

En 1968, a raíz de la masacre de Tlatelolco, Octavio Paz reniega de su tradición revolucionaria cuando renuncia al cargo de embajador en la India como protesta contra el presidente Díaz Ordaz. No era un acto de insurgencia para con un gobierno agresor de juventudes. Porque hay que decirlo, Paz no fue adversario del PRI. Era una postura empujada por años de cavilaciones desde el más genuino latir de la individualidad. Sólo necesitaba ese gesto grosero y atrabiliario del gobierno hacia la juventud para permitirse la excusa de la distancia. Aunque no se vuelve un apóstata de la revolución mexicana de principios del siglo XX, se convierte en un ácido crítico de sus resultados. Reniega de los mecanismos primarios y salvajes para imponer posturas, y eleva la bandera de la oposición a la fuerza como fórmula de convencimiento. No por nada el resto de su vida denunció los crímenes de los regímenes comunistas en el mundo. Sin embargo, Paz se mantuvo escribiéndoles a los lectores de izquierda. Siempre en una cruzada por abrirles las gríngolas, poderosamente impuestas por los postulados marxistas.

En lo que toca, la crítica literaria, las maneras de Paz le permiten deambular por autores y obras amparado en dos de las características más evidentes de su propia creación: la experimentación y el inconformismo. En su infancia, la que transita en Los Ángeles, Estados Unidos, Octavio es expuesto a los clásicos. A Góngora y Quevedo. Y Góngora se volverá una influencia primaria, pues nadie que haya sido expuesto a Góngora y lo comprende podrá ser un lector indemne.  Aunque en propiedad deberemos decir que es Quevedo el autor clásico con quien sostiene una discusión más longeva. Quevedo es sumo de lo lírico por excelencia. En palabras de Paz, “Lágrimas de un penitente” o “Heráclito cristiano” son los primeros momentos en los que aparece en la poesía occidental “la conciencia enamorada de sí misma” (Entrevista de Enrico Mario Santí, realizada a Octavio Paz en 1996). 

Su siguiente recorrido universitario con maestros como Carlos Pellicer o Julio Torri deja hondas marcas en su espíritu. Sin duda la guerra civil española es un hito indeleble en su vida. Huella llena de contradicciones que despiertan el espíritu crítico. No todo lo que veía era como le decía el partido.

Sin entrar a considerar su enorme obra poética, que cabalga entre el surrealismo de cuño nuevo, el humor como expresión de desapego e inteligencia y la reinvención lingüística, nos concita su actividad como crítico. En ella hay títulos que son emblemáticos para el acervo hispanoamericano.

“Percibo el mundo y te toco, /substancia intocable”

El arco y la lira de 1956 es la irrupción de Octavio Paz en la teoría crítica sobre la poesía. Paz basa sus reflexiones en dos preguntas claves para la comprensión del hecho lírico: ¿de qué hablan los poemas? y ¿qué es en verdad la expresión poética?

Sólo repetir el comienzo del texto entraña una comprensión de su propósito: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono”.

Todas las angustias artísticas de Paz tienen cabida en el El arco y la lira. Allí la visión, dudas y resoluciones, de la poesía como espacio votivo y de expiación del hombre son planteadas en expresiones que incluyen descubrimientos y desafíos: “El poeta transforma, recrea y purifica el idioma; y después, lo comparte. Ahora, ¿en qué consiste esta purificación de la palabra por la poesía y qué se quiere decir cuando se afirma que el poeta no se sirve de las palabras, sino que es su servidor?”

Las ideas que Paz formula en ese libro están fuertemente influenciadas por su aproximación a las culturas de Asia: Japón, China e India. Es de recordar que entre 1952 y 1953, don Octavio actúa por primera vez como diplomático en la India y Japón. De esas naciones extrae valiosas percepciones que vierte en el ensayo: “El ritmo no es filosofía, sino imagen del mundo, es decir, aquello en que se apoyan las filosofías”. O esta otra idea que también tiene arraigo en las culturas asiáticas: “Tragedia, epopeya, canción, el poema tiende a repetir y recrear un instante, un hecho o conjunto de hechos que, de alguna manera, resultan arquetípicos”.

Pero El arco y la lira peca de lirismo por su propio origen poético. Algunos de sus postulados son más del mundo de la creación que del análisis literario: “Poesía y religión son revelación. Pero la palabra poética se pasa de la autoridad divina. La imagen se sustenta en sí misma, sin que le sea necesario recurrir ni a la demostración racional ni a la instancia de un poder sobrenatural: es la revelación de sí mismo que el hombre se hace a sí mismo”

En su elaboración teórica llega a reafirmar certezas tan clásicas y antiguas como aquella que sostiene que: “El ritmo es condición del poema, en tanto que es inesencial para la prosa.”

Es indudable que El arco y la lira tiene un valor renovador en la crítica literaria por cuanto propone, para su momento de aparición, una reflexión sobre lo que es la poesía para el hombre contemporáneo. Y más que eso, se levanta como una defensa misma de la poesía en días en que se cuestiona la validez de su existencia. La influencia ya decantada de André Breton y el surrealismo europeo, son muy visibles en el libro de Paz. Sobre todo en la dinámica de su estructura. El arco y la lira no cumple con los preceptos aceptados de un libro de crítica o teoría. Elabora muy personalmente ese paseo por el verso, deteniéndose en los manidos asuntos de la inspiración, la imaginación y la creación. Quizá su mayor aporte sea esa idea de la intemporalidad de la poesía, en duelo constante contra el lenguaje que trata de hacerla materia de la historia. Es incuestionable el poderoso influjo que causa el texto, no sólo en México sino en todo el continente. Su influencia aún repercute en el estudio de las formas poéticas en Latinoamérica.

En el segmento llamado “Aviso” de su libro La otra voz, poesía y fin de siglo (1990), el propio Paz hace un recorrido sucinto sobre su experiencia crítica: “Comencé a escribir poemas muy pronto y muy pronto también comencé a reflexionar sobre el acto de escribir poemas. Es una ocupación ambigua entre todas: un quehacer y un misterio, un pasatiempo y un sacramento, un oficio y una pasión. Mi primer ensayo es de 1941. Fue una meditación (quizá sea más apropiado llamarlo, por lo descosido, una divagación) sobre los dos extremos de la experiencia poética y humana: la soledad y la comunión. Las veía personificadas en dos poetas que en aquellos años leía con fervor, Quevedo y San Juan de la Cruz, en dos de sus obras: “Lágrimas de un penitente” y “Cántico espiritual”. Después escribí un libro entero, El arco y la lira (1956), al que siguieron otros ensayos y, mucho después, otro más: Los hijos del limo (1972). En este último me ocupo de la poesía moderna, del romanticismo al simbolismo y las vanguardias. Los ensayos que ahora publico son una continuación de la sección final de Los hijos del limo, es decir, del ocaso de la vanguardia y de la situación del arte poético en el periodo contemporáneo. No vivimos el fin de la poesía, como han dicho algunos, sino de una tradición poética que se inició con los simbolistas y su fascinante crepúsculo con las vanguardias de nuestro siglo. Otro arte amanece”.

“Eres tan sólo un sueño, / pero en ti sueña el mundo”

De todos los títulos que le brindaron reconocimiento como crítico, quizá haya que destacar sobre manera a Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, voluminosa obra editada por el Fondo de Cultura Económica en 1982. El libro constituye un punto de inflexión en cuanto a los estudios sobre la poetisa nacida en el siglo XVII en Nueva España. Paz se embarca en una travesía con tres rutas muy definidas: lo eminentemente biográfico, el análisis literario sobre la obra poética de la monja y el interesante ensayo socio-histórico del México barroco y colonial.

Algunas de los argumentos más valiosos del libro tienen que ver con la revisión que propone Paz sobre Sor Juana Inés de la Cruz y su consideración como poetisa mística. Si bien el elemento religioso no puede obviarse, el ensayista sostiene con pruebas que la monja no es sino una autora de su tiempo, distante de esa presunción un tanto exaltada de considerarla una escritora moderna. Sus temas y los modelos de elaboración poéticos corresponden a una escritora de su presente, el barroco artístico, y de sus contingencias, la colonia y su sociedad, en donde el asunto místico no constituye el foco principal de creación.

Otro valioso aporte en esta obra de Paz es el estudio de la sociedad mexicana colonial. Sus maneras de represión y control social. Ofrece explicaciones que logran revelar el secreto tras la renuncia de Sor Juana a la literatura. Siendo como fue un espíritu inconforme y rebelde, la religiosa es llevada a dejar la escritura pues su insurgencia intelectual pone en peligro el statu quo. De la misma manera el ensayista compara esa realidad con la operación represiva de la sociedad actual que, como la de entonces, usa mecanismos de desaliento para los espíritus más contestatarios.

La estatura de Octavio Paz como poeta, su enorme talento para la metáfora, suele ocultar su labor como crítico. Pero de ninguna manera ambas actividades están desligadas. El mismo Paz las concebía como un todo. Tal y como se dijo al principio de este artículo, en todo gran poeta habita un buen crítico. Y esto queda plasmado en las palabras que don Octavio ofreciera a raíz del Premio Alexis de Tocqueville que le impusiera el presidente galo Francois Mitterand, en junio de 1989:

“Desde mi adolescencia he escrito poemas y no he cesado de escribirlos. Quise ser poeta y nada más. En mis libros de prosa me propuse servir a la poesía, justificarla y defenderla, explicarla ante los otros y ante mí mismo. Pronto descubrí que la defensa de la poesía, menospreciada en nuestro siglo, era inseparable de la defensa de la libertad. De ahí mi interés apasionado por los asuntos políticos y sociales que han agitado a nuestro tiempo. Después de la Segunda Guerra Mundial conocí a André Bretón y a sus amigos. No comparto hoy muchas de sus ideas filosóficas y estéticas pero conservo intacta y viva mí admiración. En sus escritos tanto como en su vida, la libertad y la poesía aparecen con el mismo rostro de llama, simultáneamente seductor y tempestuoso. Tampoco él, como Chateaubriand en el otro extremo, confundió nunca al tirano con el libertador. La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No. En su brevedad instantánea, como a la luz del relámpago, se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza humana”.

NOTA

Los intertítulos de este ensayo son versos del propio Octavio Paz tomados de su poema “La Poesía”

REFERENCIAS

Paz, Octavio, El arco y la lira, Fondo de Cultura Económica, 2da. Edición, México, 1967.

Paz, Octavio, Obras completas, 1. La casa de la presencia. Poesía e historia, Fondo de Cultura Económica, 1era. Edición, México, 1994

Paz Octavio, Sor Juana Inés de La Cruz o las trampas de la fe, Fondo de Cultura Económica, 1era. Edición, México, 1982.

Santí, Enrico Mario, “Entrevista con Octavio Paz, El misterio de la vocación”, realizada en 1996, publicada por la Revista Letras Libres, enero 2005, México-España.