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Las memorias japonesas de Ednodio Quintero

Japonesa | Cortesía

Japonesa | Cortesía

Para Ednodio, las visiones de Tokio representan, entre otras cosas, la supervivencia de una literatura y el homenaje continuado a un escritor particular. Varias fotografías son la declarada encarnación del mundo de Junichiro Tanizaki

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Para Ednodio, las visiones de Tokio representan, entre otras cosas, la supervivencia de una literatura y el homenaje continuado a un escritor particular. Varias fotografías son la declarada encarnación del mundo de Junichiro Tanizaki. En ellas observamos a una aprendiz de geisha (maiko) cuyo rostro maquillado de blanco está cruzado por las sombras que Tanizaki elogió en un ensayo famoso y a una chica que involuntariamente escenifica el éxtasis del té. Las referencias literarias sirven como apéndice y ayudan a acrecentar la riqueza de la iconografía. Se puede apreciar cada composición aunque se desconozca la narrativa a la que alude. Por ejemplo en “Aimi tomando té”, la expresión arrebatada tiene el complemento del acné en la frente de la joven; por esto sabemos del balance necesario entre lo más humano y lo divino.

Otras fotos reiteran la fascinación de la belleza femenina. Allí notamos cómo se ha cambiado la escenografía del discreto tatami por el teatro urbano de Harajuku. Hay una conexión directa entre las sombras que descubrimos en el rostro de la maiko y las que caen sobre las chicas disfrazadas. Ahora la femineidad se deriva del manga, y para seducir recurre a ornamentos puestos al día. En el Tokio de hoy, la sumisión de la aprendiz de geisha cambió por la destreza y la audacia del cosplay. Ednodio halla en esas vestiduras el sustrato del deseo, y las consolida en las fotografías como elementos de una ceremonia personal.

Es cierto: Ednodio es un artista itinerante, no un simple viajero con una mini Pentax. Lo manifiesta otra ilustración: en la entrada de un templo shintoísta de Tokio, vemos a la izquierda a unas personas que posan para la viñeta familiar, abrazadas a una de las enormes columnas de madera del umbral. A unos metros de distancia, agachado, un hombre las enfoca. Los visitantes sonríen porque saben que aquello va a ser un buen recuerdo. De ese lugar, a Ednodio le atrae otra cosa: entre esa gente y el tipo solitario que anda en el extremo derecho hay un equilibro perfecto, acentuado por la mujer que justo en el medio camina protegida por un parasol rojo. Esa mancha central nos recuerda el sol de la bandera japonesa. Allí se conjugan las virtudes de Ednodio Quintero, el fotógrafo: no hay componente en sus logros que no sea el signo de su fiebre privada y a la vez el principio de nuestra propia obsesión independiente.