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Esta mañana fui a desayunar en el café de Cluny

Café de Cluny, París / Foto cortesía

Café de Cluny, París / Foto cortesía

Un cuento sobre Cortázar y París, como suelen estar siempre acompañados

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Esta mañana, muy temprano, fui a desayunar en el café de Cluny y, mientras estaba comiéndome un croissant y sorbiendo un café crème, como sucede en todo cuento o en toda novela cuya acción acontece por casualidad en París, apareció Julio Cortázar. Se sentó frente a una mesa al lado de la mía, redonda como la suya. Luego de pedirle al mesonero que le trajera algo de tomar, sacó una libreta del bolsillo de su chaqueta, se puso unos monumentales anteojos y con una pluma fuente se puso a escribir. Me atraganté con el café crème y el croissant medio masticado en mi boca.

Con coraje y abnegación, me levanté y me le acerqué. “Quiero saludarlo, señor Cortázar, es un gran honor para mí, y agradecerle tanto por todo lo que ha escrito”. Cortázar se quitó los anteojos, me miró, y con la mano tendida dijo “no hay de qué”.

No me lavé la mano por una semana y del tiro de la rue Broca donde yo vivía, en el número 5 para ser más preciso, calle donde Cortázar había vivido con Aurora Bernárdez a mediados de los 50, alquilé un deux pièces en el 59 bis rue de la Tombe Issoire, calle donde, yo me imaginé, había vivido Horacio Oliveira.

Pero esto parece más bien un lugar común, un postmodernismo puro, puro kitsch… Sé que otros han inventado cuentos muchos mejores que el que estoy tratando de improvisar…, no, no puedo perder más tiempo en esto, tengo que dedicarme a otra cosa…. Sí, es cierto, pero no pude evitar la tentación de intentar à la manière de, a la manera de…, como dicen en Francia. Lo que sucede es que mi editor francés me preguntó ayer “pourquoi n´écrivez-vous pas un récit sur le vide de l´existence?”, en dos palabras, que por qué no me ponía a escribir un relato sobre el vacío de la existencia. Yo le contesté, todo echón, “c´est ce qu´il y a de plus facile…”, es lo que hay de más fácil, presuponiendo que, para mí, claro está, me iba a ser tan fácil como cruzar una calle en medio de un desierto, sin sospechar que la vida es un inmenso desierto en cuyas arenas movedizas desaparecemos…

Cortázar nunca existió, no, ni el café de Cluny ni yo tampoco…, y no hay nada que contar…, esto es lo que me estaba diciendo a mí mismo esta misma mañana desayunándome con un croissant y un café crème…

Y ahora sé que nada existe, ni esta página, ni yo… Y usted, con gran generosidad y filantropía, está leyendo pacientemente estas incongruentes líneas. Porque vivimos en un mundo incongruente y también porque vivimos en una realidad incongruente. Sin embargo estoy convencido de que la incongruencia tiene sus aciertos porque esta mañana, mientras estaba anotando unos apuntes en mi libreta, sentado en una mesa de un café para mí anodino, se me acercó un individuo, todo nervio y todo balbuceo, llamándome por otro nombre que no era el mío, que me dijo que me quería saludar, que era un gran honor para él, que quería agradecerme por algo que en realidad yo nunca había escrito, y yo, con comprensión y cierta compasión, le tendí la mano y le dije simplemente “no hay de qué”.

Luego me marché y me fui caminando, pensativo.

Transcurrieron dos semanas desde aquel acontecimiento que me pareció bastante sórdido y bizarro y sobre el que estuve pensando sin hallarle sentido. Luego me olvidé de él.

Otra mañana, muy temprano, me fui a desayunar en mi café anodino, porque me gustaba mucho, era silencioso y propiciaba la contemplación de la existencia. Hacía mi pedido y me dedicaba a ver pasar a la gente bajando o subiendo por la calle, poniéndome lúdicamente a mirar la realidad duplicada por un inmenso espejo que se hallaba a un costado del café y que reflejaba, con lujo de detalles, el bullicio y el andar apresurado de los peatones que subían y bajaban por la acera donde se hallaba el café, cruzando la calle para ir a parar en la acera de enfrente donde se perdían de vista. Luego me ponía a tomar apuntes en mi libreta que se iba llenando de palabras, algunas inconexas, otras acordes. A veces detenía la mano y descansaba la mente. Cerraba los ojos y empezaba a imaginarme miles de situaciones, algunas verosímiles, la mayoría inverosímiles, que podían acontecer en un abrir y cerrar de párpados en aquel momento. Pero nada sucedía. Mi vida era una vida bastante rutinaria y sin mayores sobresaltos.

Fue cuando, de pronto, entendí que nada de esto existía…, y se hizo un gran vacío, como un horrendo hueco en la nada.