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La mala racha como épica de la clase media

Portada de La mala racha | Cortesía Fundavag Ediciones

Portada de La mala racha | Cortesía Fundavag Ediciones

“Estamos, pues, ante una novela que empuña todos los riesgos que un novelista no puede sino asumir”

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La mala racha es el resultado de años de trabajo de Fernando Martínez Móttola, así como una prueba más de que toda obra literaria, inspiración aparte, es esfuerzo y perseverancia, necesidad, en el caso de los narradores, de contar una historia cueste lo que cueste, lleve el tiempo que lleve. La inspiración pura es un mito de los románticos. La literatura, decía Octavio Paz, no es inspiración sino sudor. Y Fernando Martínez se lo tomó en serio.

Comienza por contrariar a Vargas Llosa pues esta novela cuenta las verdades de la verdad, no la verdad de las mentiras. Es decir, la verdad radicalmente asumida sin que el proceso de ficcionalizar impida, ponga cortinas o desvíe la mirada del autor y del lector del cuerpo verídico desde el que la novela se construye. En ese sentido viene a ser una reivindicación del realismo narrativo. Desde hace mucho tiempo los narradores dejaron de lado el realismo para hacer de la novela una ficción sobre la ficción. No es el caso de La mala racha pues en ella se asume el realismo en su estado puro, absolutamente quintaesenciado, y creo que esta es una de las razones por las cuales atrapa, pues sabemos desde el comienzo que no es ni un tratado de escapismo, postergación de la vida tal como es, ni de alienación, tratarla como si más allá de ella nada más existe, ni es posible ni convoca. 

A pesar de que se haya dicho que el ser humano no soporta demasiada realidad, esta novela afirma que en ciertos momentos es lo contrario: el ser humano no soporta ficciones desmesuradas. Y probablemente exagerar la ficción en este tiempo venezolano, en una obra literaria, cumpliría el papel perverso de las engañifas de un prestidigitador, de trampas dispuestas para edulcorar y oscurecer la realidad, cuando de lo que andamos en búsqueda afanosa es de los hilos reales de esa realidad, que resulten capaces de vincular y comunicar los grandes laberintos de nuestra interioridad con las inmensas marañas de la historia de este país que nos circunda.

Estamos, pues, ante una novela que empuña todos los riesgos que un novelista no puede sino asumir.

Con ella nos sumergimos en la épica agónica, cotidiana, de la clase media urbana venezolana, tal es su centro, ese grupo social que se desplaza entre el pervivir y sobrevivir, entre la resistencia y la resignación, entre la rendición y el enfrentamiento, entre la huida y el arraigo, sus posibilidades, sus limitaciones. No obstante, no es una novela que se limita a interpretar el mapa intestinal de una clase, sin más, sino que desde ella levanta personajes vivos, atribulados, carcomidos por interrogantes acerca de qué hacer en una vida que los va cercando en algo semejante a las garras de un campo de concentración, tanto a los personajes entrañables como a los detestables, que de ambos hay en la narración, incluso de los que pretenden estar entre esos extremos o, mejor, fuera de ellos. 

Para encontrarle su linaje en la literatura venezolana, debemos traer aquí al Salvador Garmendia de Los pequeños seres. Su Mateo Martán es un consanguíneo absoluto del Matías Romero de esta Mala racha, pues de ambos aprendemos que al final del túnel no existe luz alguna, salvo que al meternos en él y atravesarlo ya la llevemos con nosotros. Si es así podemos salir, como Matías Romero. Si no es así, nos quedamos encerrados para siempre, como el personaje de Garmendia.

Esa es la arteria esencial, ella irriga la totalidad de esta novela de Fernando Martínez Móttola y, además, es una de sus estrategias narrativas más productivas y eficaces.

En suma, como lo señaló Gustavo Tarre: “A lo largo de su poderosa narrativa, está presente en cada página (…) un testimonio ficcional penetrante y estremecedor sobre la vida en tiempos de Chávez. Es una novela sobre el amor, la amistad y la política. Un fresco que tiene por modelo a la sociedad venezolana del inicio del siglo XXI y que al mismo tiempo nos conduce por los laberintos del ser humano”.