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El mal y la esperanza

La editorial española Acantilado acaba de reeditar Contra toda esperanza, las memorias de Nadiezhda Mandelstam

La editorial española Acantilado acaba de reeditar Contra toda esperanza, las memorias de Nadiezhda Mandelstam

La editorial española Acantilado acaba de reeditar Contra toda esperanza, las memorias de Nadiezhda Mandelstam

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“Recordaba a los restos de un gran incendio, una pequeña ascua que se enciende si la tocas”.

Joseph Brodsky sobre N. Mandelstam

 La editorial española Acantilado acaba de reeditar Contra toda esperanza, las memorias de Nadiezhda Mandelstam. Es uno de los testimonios más sólidos y ardientes del horror que fue la era de Stalin. Nadiezhda falleció en 1980, en Moscú. Su marido, Osip Mandelstam, el mayor poeta ruso del siglo XX según Joseph Brodsky, murió de inanición en un campo de tránsito a Siberia en el invierno 1938.

Comencé a leer este libro hace un par de años en su primera edición castellana (Alianza, 1989, si no recuerdo mal), y entonces como ahora no pude llegar hasta el final.

No sé muy bien de qué se trata, aunque esté a la vista. A pesar de que a veces el engaño es sano, esta vez no quiero mentirme. Leer Contra toda esperanza hoy en nuestro país produce una angustia asfixiante. Significa ponerse encima un peso insoportable y temo que eso me paralice. Si algo nos exige en este momento el país es lo contrario. Ya suficiente es el desfallecimiento que esta crisis lanza sobre nosotros como para sumarle otro tanto, evitable.

George Steiner, uno de los lectores más finos de los que tengo noticias, dijo en su momento que la lectura de las memorias de Nadiezhda Mandelstam lo había reconfortado. Siempre he tenido la palabra de Steiner como una sentencia invitadora, pero en este caso le he faltado al maestro.

Contra toda esperanza tiene alrededor de 650 páginas y apenas en la 30, leyendo sobre la detención de Osip Mandelstam del año 1934, me encontré pensando en María Lourdes Afiuni. Todo está demasiado cerca. Por supuesto, la época de Stalin no es históricamente comparable a esta época venezolana. Pero ese es el asunto: el mal es independiente de eso que llamamos “las circunstancias históricas”. Quiero decir, las rebasa y, porque lo hace, encuentra la manera de actualizarse y allí está.

Por testimonio de otros autores (escritores, periodistas, investigadores) sé más o menos lo que cuenta la señora Mandelstam en este libro. No es sólo eso lo que me impide continuar. Es sobre todo la manera como ella narra lo que pasó.

En alguna parte Claudio Magris escribió que el hecho de que el horror ocurra no quiere decir que tenía que suceder. La existencia del mal no lo justifica. Este era un pensamiento que, cierto o no, Nadiezhda Mandelstam no tenía por qué considerar. Hacerlo hubiese significado conceder la posibilidad de que la vida que le había tocado vivir junto con su esposo, y luego de su muerte, era un error. Porque creía ardientemente en la pasión de esa vida, no la sometería de ninguna manera a un juicio de esta especie. Ello hubiese echo derramar sobre su consciencia el ácido de la victimización, es decir, de la parálisis, cuando ella sabía que su misión era mantener vibrando a toda costa esa consciencia.

Ella era una víctima, claro que lo era, pero no iba a subyugarse a esa terrible detención. Por lo demás, ser una víctima de Stalin no tenía nada de especial. Aunque su esposo era el poeta que era –o justamente por eso–, había sido asesinado como tantos miles de hombres y ella era una viuda más en el pajar de la viudedad. No permitiría la señora Mandelstam ser considerada con una piedad particular. De allí que no extrañe que Brodsky informe que al final de su vida era terriblemente obstinada y que estaba harta de la adulación de la cual cierta gente la hacía centro. Aunque “se sentía por encima de los demás, lo cual no es de extrañar dada la talla de los personajes a los que había tratado primero en persona y luego imaginariamente”, esa adulación debe haber sido para ella casi una ofensa, en todo caso una insulsez, pues esa adulación desconocía, o pasaba por alto, la pasmosa regularidad del mal.

“El poeta no es más que un hombre –escribe Nadiezhda Mandelstam–, un hombre simplemente, y le debe ocurrir lo más habitual, lo más característico y lo más corriente para el país y la época, lo que nos espera a todos y a cada uno. No el esplendor y el espanto del sino individual, sino el sencillo camino en tropel y en manada”.

Como la justicia, o con mayor frecuencia que ella, el mal tiene una venda sobre los ojos. Quien, al ver que la desgracia cae sobre sus hermanos, busca convertir el mal en un juez con criterio de selección, está pretendiendo distanciarse: “A mí eso no me va a pasar”. Y ello constituye una inmoralidad.

Pero esa adulación también pasaba por alto otra cosa. Que lo admirable no era que ella hubiese tenido fuerzas para escribir sus memorias. Ese era su deber y eso era todo. Lo importante eran esas memorias por sí mismas.

En cuanto a la muerte de Osip Mandelstam, tampoco podía aceptar su viuda que aquello hubiera sido un error, un hecho evitable. Por más que pudo haberlo pensado para ella, lo cierto es que había sido un crimen. Un crimen consumado y cometido a voluntad y a consciencia. Mencionar la posibilidad del error, es decir, concederle en retrospectiva un espacio a la esperanza, libraba de una u otra manera a los responsables de la gravedad del cargo. A Mandelstam no lo había matado la vida. Lo había matado el régimen de Stalin.

“El hombre no puede soportar demasiada realidad”, dice Eliot.. Para leer Contra toda esperanza hay que aceptar de entrada lo que su título dice. Y con eso es con lo que no he podido transigir.

Aunque Nadiezhda Mandelstam no era muy amiga de Marina Tsvetáieva –una poeta con quien su esposo había mantenido un romance durante la juventud–, quiero pensar que, de haberla leído, le hubiera gustado esta frase bella y orgullosa que Tsvetáieva escribió para sus verdugos: “Mis cenizas serán más ardientes que sus vidas”. A esta rabiosa soberbia me pliego, acaso si inútilmente, en esta hora venezolana en que no todo ha pasado ni tiene por qué pasar. Digamos que se trata de un intento de defensa.