• Caracas (Venezuela)

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Al maestro, con dolor

Luis Alberto Buttó / ARCHIVO

Luis Alberto Buttó / ARCHIVO

“En las aulas del pregrado, a mi generación y a generaciones subsiguientes, nos enseñó como nadie la ciencia de la crítica interna y externa, la crítica de exactitud y sinceridad, la heurística y la hermenéutica”

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Domingo Irwin fue caballero de la Mesa Redonda donde se escribe la historiografía de calidad asociada a la verdad. En Brasilia, Cartagena, Dallas, Las Vegas, Leiden, Mérida, Puerto Rico, Ocumare del Tuy, San Cristóbal, Seúl, y en muchos otros lugares que la temprana vejez me lleva a olvidar, lo vi combatir tenazmente, a fondo y sin desmayo, por explicar, con base en el más riguroso análisis histórico, cómo los señores de la guerra descuadernaron nuestra patria desvalida al paso de las espantosas horas de la noche decimonónica y cómos aquellos cuyo único mérito fue y continúa siendo deshonrar el camuflaje y el uniforme de gala, desde la alborada del siglo XX, se erigieron en mangantes del sueño venezolano de pluralidad, libertad y democracia brizado por la angustiada inteligencia nacida entre libros.

En las aulas del pregrado, a mi generación y a generaciones subsiguientes, nos enseñó como nadie la ciencia de la crítica interna y externa, la crítica de exactitud y sinceridad, la heurística y la hermenéutica, convencido como siempre estuvo de que éstas son las herramientas con las que se forman los historiadores de verdad; vale decir, los capaces de distinguir res gestae de rerum gestarum. Historiadores de oficio y con oficio que rechazan asumir el papel de escribidores de intrascendentes pamplinadas ideológicas cargadas de citas infelices provenientes del manido manual bolchevique. Para bochorno de estos, él se atrevió a conducirnos por los vericuetos de los Grundisse para mostrarnos con fruición y sin complejos al más honesto de todos los Marx. A diferencia de tristes fanfarrones académicos que infinito daño han hecho, enalteció su condición de profesor-investigador al fundar una sólida escuela.        

Por modestia sincera a rabiar evitaba recomendar la lectura de sus libros ya clásicos y de sus cientos de artículos científicos. Empero, estos han sido leídos por miles pues constituyen la fuente primaria para mejor entender la maldición del pretorianismo y la abominación de su fase superior, el militarismo, trampa caza-bobos permanente dispuesta para quebrar los pasos de la Venezuela empeñada en alcanzar el futuro. Los años más productivos de su dilatada carrera académica los destinó a denunciar la abusiva participación militar en política y el peligro de que hiciera metástasis la influencia castrense en la sociedad. Estado Cuartel a la vuelta de la esquina, inolvidable doctor. Le cupo la prez de haber avistado el flagelo con claridad y la responsabilidad de no cejar en advertir su iniquidad, por más peligro que ello implicara. No lo cubrió la mácula de aquellos que por temor o ignorancia voltean hacia la vergüenza para rehuir el compromiso necesario.

Con persistencia indoblegable convocó a los del patio y a los del mundo a debatir en múltiples simposios y a sumarse a la tarea de escribir en colectivo, lo que arrojó el legado de por lo menos un libro publicado por año durante los últimos tres lustros. Faena hermosa porque no de otra forma puede entenderse el afán por desentrañar la historia del país y desenmascarar a los que portan el uniforme del atraso, la barbarie y el oscurantismo, por más que se desgañiten disfrazando el nuevo totalitarismo. Quehacer titánico en tanto y cuanto se ejecuta en una tierra donde gobernantes facinerosos niegan sin prurito recursos a las universidades autónomas mientras en menos de una década se gastaron en aviones, helicópteros y buques de guerra, el presupuesto de la OMS para 2013-2015; tres veces el presupuesto de la FAO para 2014-2015; cinco veces el presupuesto de la Unesco para 2012-2013 o mil veces el presupuesto de Acnur para 2013.

Por méritos como los narrados, y por hechos que la discreción, hija de la intimidad, me impide desvelar, será entronizado como individuo de número entre quienes conquistan la condición de inmarcesible para su memoria. Lo confieso: lo quise y lo quiero incondicionalmente. Por más de treinta años me premió al permitirme ser su discípulo, su colega y, por encima de todo, su amigo. Nos dejó claro lo que hay qué hacer y lo haremos sin vacilar. El equipo de relaciones civiles y militares continuará investigando, escribiendo y divulgando pues decidimos honrarlo con la pluma y las ideas. Parafraseando a Whitman me atrevo a elogiarlo: Oh Maestro, mi Maestro. Maldigo el hecho de que se haya ido sin ver el renacer de su patria idolatrada. Buen viaje, gigante. Lo escucho cantar … “Rule, Britannia, Britannia, rule…” y sé que anda “feliz como una lombriz”. El mejor escocés y su inseparable Merlot van con usted.