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La luz de Goya

“Baile a orillas del Manzanares”, 1776-1777. Óleo sobre lienzo. Colección Museo del Prado

“Baile a orillas del Manzanares”, 1776-1777. Óleo sobre lienzo. Colección Museo del Prado

Este capítulo dedicado a Goya ha sido tomado del ensayo “Tratado de la lejanía”, coedición de la Universidad Politécnica de Valencia y la Editorial Pre-Textos, España, 2010

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Un azul atravesado por la luz de la hora. La lejanía de Goya, del Goya anterior a los Caprichos, absorbe la ligereza del juego, la despreocupación por el instante, casi hasta el punto de exorcizar las inquietas fantasmagorías de lo extraño y lo trágico que más tarde exigirán forma y color. En el Baile a orillas del Manzanares, de 1777, la cúpula y las murallas de la ciudad se elevan contra un cielo cuyo azul está invadido por la mancha rosada y blanca de las nubes, que flotan por encima de los perfiles grises de los árboles. Más allá del río, la lejanía se halla impregnada de la ligereza que se eleva del círculo de los cuatro bailarines y de la comitiva que rodea a los músicos. La misma masa de rosa encendido que se alza por encima de las copas de los árboles y roza el resto del azul constituye el fondo de El parasol, mientras se degradan y aclaran los tonos, hasta hacerse transparentes y líquidos en torno a la escena de La cometa, que se alza en azul y captura las miradas del grupo. La lejanía aquí es lo alto, es el camino que emprende la cometa, la posibilidad del vuelo. Pero a la derecha, el perro, tumbado, mira fuera del cuadro, hacia el espectador. Su lejanía está más allá de la pintura, más allá de la escena; la ligereza del vuelo le es ajena, a él le pertenece la quietud del estar, privado de sueños, carente de ilusiones. Ninguna sombra, todavía, de la trágica perplejidad que brilla en la última mirada del Perro semihundido del Prado.

Si en obras como El columpio y Las lavanderas, el azul y el violeta del fondo luchan contra el rosa para hablar de la hora del día y para dar una profundidad a la escena, es en La primavera y en El otoño, de 1786 y 1787, donde el cielo se muestra realmente brillante, nube de luz que baja sobre el azul de las montañas. La lejanía, aquí, está completamente dispersa en el aire. El paisaje es el tono, la música de fondo que acompaña las situaciones. En La primavera, el destello de luz, contra el que se dibuja la elegancia casi japonesa del árbol, flota sobre todo el fondo, hasta llenar las siluetas de las montañas alineadas a la derecha. El contraste con los trajes de las floristas pone de relieve la luz de la lejanía. En El otoño, el verde de las viñas atraviesa el azul y el violeta de los montes y el aire nítido, blanco y rosa, que luego se convierte en nube y limita con el azul del cielo. El tono propio de este Goya es la armonía entre los gestos de los cuerpos y la ligereza de la lejanía.

¿Qué es lo que sobrevive de esta luz en el Goya de los Caprichos y las Pinturas negras? La luminosidad azul ha desaparecido, lo grotesco se come a lo celestial. Una amarga contracción de lo viviente en lo oscuro: el sueño está recortado en el realismo del grito, de la herida, de la pesadilla. Finalmente, sin embargo, el adiós volverá a tener, con la Lechera de Burdeos, el lenguaje del azul, la luz de la lejanía alrededor de la dulzura de un rostro.