• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

La lucidez derrotada

Juan Goytisolo |Foto: EFE

Juan Goytisolo |Foto: EFE

Goytisolo se ha empeñado en regresar, en tiempos recientes, a la recuperación de una fi gura con la que llegó a familiarizarse, por primera vez, en la década de 1970, cuando el escritor purgaba exilio en Buenos Aires. Sus propias vivencias de proscrito durante el Franquismo lo llevaron por aquel entonces a descubrirla voz de José María Blanco y Crespo

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Un español en medio del naufragio
Siempre me ha atraído el interés con que el escritor Juan Goytisolo se ha dedicado a la ruda faena de rescatar viajeros alucinados, aventureros incomprendidos, exploradores fracasados, memorialistas solitarios o polemistas derrotados, todos los cuales han formado parte de una misma estirpe condenada al olvido. Considerados peligrosos por sus opiniones, reprobados por sus hábitos de vida u obligados a ocultar su carácter heterodoxo, estos desterrados sólo han tenido la posibilidad de permanecer en la periferia, habitando allí donde la memoria los ha mantenido confinados a prudente distancia, pero hasta donde Goytisolo ha acudido en su auxilio para dotarlos, una vez más, de sangre y tejido.

Recuerdo en particular, de su libro Crónicas sarracenas, aquellas dedicadas al aventurero Alí Bey y al militar Lawrence de Arabia y, particularmente como lector de la revista Quimera, una que, bajo el título de "Sir Richard Burton, peregrino y sexólogo", le dedicara al extraño políglota inglés, explorador de la estepa africana, traductor de Las mil y una noches y revelador del mundo islámico en Occidente, Sir Francis Richard Burton. Dentro de ese linaje de vidas inmensamente solitarias, o tremendamente olvidadas, Goytisolo se ha empeñado en regresar, en tiempos recientes, a la recuperación de una figura con la que llegó a familiarizarse, por primera vez, en la década de 1970, cuando el escritor purgaba exilio en Buenos Aires.

Sus propias vivencias de proscrito durante el Franquismo lo llevaron por aquel entonces a descubrirla voz de José María Blanco y Crespo, uno de los más elegantes exponentes de la poesía sevillana, sacerdote renegado, periodista de acerada prosa en Londres y autor elogiado por críticos tan reconocidos como Samuel Taylor Coleridge, pero contra quien, en la España de su propio tiempo, la gran maquinaria del ostracismo, la muerte civil y la censura se pusieron en movimiento hasta el punto de convertirlo en una sombra ingrata del destierro.

Tan consciente llegó a estar el propio Blanco de ser un apátrida, una excrecencia frente a la tradición inquisitorial de sus coterráneos que, aunque se vio resuelto a echar pie en Inglaterra para escapar de la España devastada en 1810, jamás dejó de proclamarse un náufrago de su mundo de origen. Se atrevió a escribir en inglés y, por esa vía, llegó a amar rabiosamente su lengua adoptiva; pero no deja de ser significativo que, a lo largo de su residencia inglesa, que concluyó con su propia muerte 31 años más tarde, Blanco llegara a utilizar, entre sus seudónimos preferidos, el de "Juan Sin tierra".


Extraño hijo adoptivo de la patria inglesa
Resulta curioso advertirlo, pero en la misma década de 1970, durante la cual Goytisolo se vio llevado a explorar la proscrita figura de Blanco y Crespo, otro español —pero, en este caso, uno que había hecho de Venezuela su patria adoptiva—, el bibliógrafo Pedro Grases se hallaba dedicado a los mismos afanes. De manera casi simultánea, Goytisolo, con su Obra inglesa de Blanco, y Grases, con sus ensayos sobre las relaciones habidas entre Blanco y Andrés Bello, iniciaban una significativa revaloración y daban hondo contenido a esa figura protagonista del exilio español en la capital británica durante las dos primera décadas que siguieron a la eclosión del mundo hispánico.

De hecho, este reencuentro ensayado por Goytisolo, casi cuarenta años después, pareciera hallar su razón de ser en los bicentenarios de las independencias, oportunidad que el escritor debió haber estimado propicia para publicar, a través de la editorial Taurus, una significativa selección de artículos escritos por Blanco una vez que comenzara a dirigir en Londres, al poco tiempo de su llegada, el mensual El Español y de adoptar, como nom d’exil, el de Joseph Blanco White.

Por fortuna, la buena escritura compensa algunos errores de tipo histórico que yacen en la introducción a esta antología; pero más importante aún es que Goytisolo tiene una aventajada pupila para el detalle y sus atisbos son valiosos desde muchos puntos de vista, sobre todo a la hora de recrear lo que, para el periodista exiliado debió significar la incomprensión de quienes lo atacaban por abandonar la Península en tiempos de crisis; los problemas que afrontaría su identidad en una tierra extraña y ajena (cuya prueba más evidente fue la de haberse creado el yuxtapuesto nombre de Blanco White) y, en suma, las penurias de tan largo autoexilio.

Del repaso que pueda hacerse de esta antología, sobre todo como invitación al lector venezolano, importaría menos decir algo sobre lo que Blanco White opinó acerca de las juntas insurgentes formadas en México o Buenos Aires a lo largo de 1810, que lo que llegó a expresar sobre los caraqueños, en quienes fijó muy tempranamente la mirada cuando en Londres se tuvo noticia de la pacífica rebelión ocurrida en el Cabildo de Caracas.

Una revolución hecha sin sangre
Si Blanco escapó a Inglaterra para evitar la mordaza de la censura, muy pronto se vería sorprendido por quienes, en la España que había dejado a sus espaldas, comenzaban a acusarlo de traición y perfidia a raíz de su empeño en considerar que los caraqueños, proclamados en rebeldía en abril de 1810, habían hecho legítimo su derecho a opinar y constituirse en Junta ante las inciertas noticias que procedían de la Metrópoli. Como respuesta a la andanada de insultos, Blanco White persistirá en reiterar que la revolución de Caracas no era rupturista ni había sido hecha con sangre. Más aún, alegará que los papeles y proclamas que habían llegado a sus manos, editadas por la Gaceta de Caracas, hablaban de una lucidez y un entendimiento de la crisis capaz de superar por mucho la cortedad de vista que exhibía la autoproclamada regencia que, desde Cádiz, pretendía gobernar en medio de la confusión española.

De ese modo, como lo explica Goytisolo, Blanco White no tardará en entrar en contacto con los principales voceros del Gobierno de Caracas haciendo que su mensual El Español terminara convirtiéndose en adecuado trasmisor de sus opiniones ante la opinión pública inglesa. Acaso nada resulte tan revelador de su sensible conducta frente a lo que ocurría del otro lado del Atlántico que estas líneas que le dirigiera a uno de sus más privilegiados interlocutores, Juan Germán Roscio: "El asunto de América no es sólo para mí el más importante de cuantos interesan a la nación española, sino que es asunto propio mío, asunto que he identificado con mi persona, desde que por él me veo perseguido, insultado y acaso ya proscrito".

Puede, que por un lado, Blanco White no tardase en ser calificado por sus coterráneos como un "español de mala intención"; pero, por el otro, la deuda que los insurgentes caraqueños tuvieron con su periódico El Español es inmensa.

A sus oídos —como se ha dicho— llegaron tempranamente los alegatos de Caracas; pero tan importante como los bandos, manifiestos y proclamas que comenzaría a insertar en su periódico (el único editado en lengua española en Londres) fue la interlocución, personal y directa, que Blanco White llegó a tener con los representantes de la Junta de Caracas --Simón Bolívar, Luis López Méndez y Andrés Bello-- que llegarían a la capital británica buscando respaldo a sus reivindicaciones. Con Bolívar, el trato sería efímero; con López Méndez, se vería destinado a cierto enfriamiento; pero, con Bello, los intercambios serían tan largos y fecundos que resulta imposible dejar de ver lo mucho que Blanco White llegó a influir en sus gustos literarios y en el itinerario de su propio exilio, una vez que el joven caraqueño permaneciera en Londres ejerciendo una incierta representación diplomática en nombre de la incierta realidad venezolana.

El incomprendido
Exceptuando a Bello, cuya amistad trascendía lo político, esta entusiasta interlocución con los caraqueños cesaría abruptamente cuando a sus oídos, un año después, llegara la novedad de la ruptura que el Congreso venezolano había proclamado ante el mundo español, el 5 de julio de 1811. Su perspicacia y lucidez lo llevaban a considerar la Declaración de Independencia como un paso improvisado y peligroso que confirmaba sus peores temores: el riesgo de que la América española terminara divorciándose de su matriz cultural, convirtiéndose en una realidad condenada a derivar ciegamente ante el reto de erigirse en naciones; alejada de toda experiencia de gobierno, fácil presa de tiranías y providencialismos locales e incluso, como también lo advertiría años más tarde al juzgar la experiencia de México, víctima fatal del emergente expansionismo norteamericano. Fue ello lo que lo había llevado, desde la primera hora de la crisis, a proponer un programa de emancipación gradual del mundo americano, basado en la existencia de una mancomunidad, de un vínculo nominal con España que pudiera sustentarse sobre las premisas del liberalismo político (gobiernos autónomos a lo interior) y económico (libre comercio) a la hora de hacer posible semejante proyecto. Sobre esa frustrada aspiración regresaría, en más de una oportunidad, en su interminable interlocución con Bello, cuyos desvelos también apuntarían hacia el reto de construir un nuevo concepto de ciudadanía, un modelo jurídico de convivencia y un sentido de pertenencia al idioma a partir de la post independencia y la irreparable ruptura del mundo español.

La antología concebida por Goytisolo abarca, en definitiva, ambas puntas del periódico mensual de Blanco White (1810-1814), escogiendo cuidadosamente para ello temas que, como la guerra americana, la lógica hipócrita de la esclavitud, el trato hacia los venezolanos caídos en desgracia tras el fin del experimento republicano de 1812 o la difusión del conocimiento científico derivado de las observaciones de algunos viajeros por el Nuevo Mundo, demuestran la colosal hazaña intelectual de aquel sevillano envilecido y silenciado por sus contemporáneos.