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“La literatura me dio una identidad, me dio un lugar en el mundo”

La escritora Carola Saavedra/ Andrea Marques

La escritora Carola Saavedra/ Andrea Marques

“La literatura está en todo lo que me rodea: en mi trabajo, en mi calle, en las paredes de mi sala de estar, en mi mirada a los demás y a mí misma", afirma la escritora chilea Carola Saavedra

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La lengua y la escritura; escribir novelas y cuentos y el portugués son las formas de estar en el mundo, son las señas de identidad y pertenencia para Carola Saavedra (Santiago de Chile, 1973). Ella nació en Chile, pero a los 3 años se mudó con su familia para Brasil. Creció en Rio de Janeiro y Chile se convirtió en memoria familiar. La errancia y la sensación de no pertenencia fueron parte de la vida de Saavedra, y no sólo por el hecho de haber nacido en un país y haber crecido países distintos: a los 20 años viajó a Alemania para estudiar y terminó viviendo diez años en Europa, entre Alemania, Francia y España. Saavedra habitó en un entre lugar. Entre idiomas y geografías. Hoy vive en Rio de Janeiro.

En la literatura resolvió los problemas de pertenencia, la lengua portuguesa y la escritura le dieron identidad, un lugar para estar y ver el mundo. “La literatura está en todo lo que me rodea: en mi trabajo, en mi calle, en las paredes de mi sala de estar, en mi mirada a los demás y a mí misma. Escribir es esa manera (así sea efímera y arbitraria) de darle sentido a lo que no tiene ninguno. Y para quien pasó la mayor parte de su vida en tránsito, es también una forma de llegar a casa”.

Saavedra es autora de un libro de cuentos Do lado de fora (2005), y de tres novelas Toda terça (2007), Flores azuis (2008), y Paisagem com dromedario (2010). Su obra ha sido traducida al inglés, al francés y al alemán. Recibió el Premio APCA a la mejor novela, el Rachel de Queiroz en la categoría autor joven, fue finalista del Premio Jabuti y la revista Granta la seleccionó como parte del grupo de los 20 mejores jóvenes escritores brasileños.

—En el texto con el que te presentaste en la FIL Gudalajara dices: “siempre quise ser escritora. Desde niña fui una lectora apasionada. Si no fuera escritora, sería infeliz”. Esa es una afirmación categórica, determinante.

—Desde muy pequeña, desde que aprendí a leer, sentía que quería ser escritora. Cuando nos fuimos a Brasil me molestaba mucho que salía a la calle con mamá y no hablaban español, todos me miraban. De chica me molestaba mucho que me miraran porque estaba hablando un idioma diferente en la calle. Yo tenía la necesidad de sentir que pertenecía a alguna cosa. El portugués siempre fue un idioma que me fascinó, que quería hablar. En mi casa se hablaba español, yo quería pertenecer a ese mundo de Brasil. Cuando aprendí a leer apareció el mundo de los libros, leer en portugués era una manera de pertenecer. Y creo que me enamoré de eso, de los libros, de la lectura.

Ahora que lo pienso, me acuerdo de cosas tan reales y tan fuertes en mi memoria y que en realidad son cosas que leí en los libros. Creo que de ahí vino la idea de esto que me encanta, que es escribir. Cuando comencé a leer pensé qué lindo, qué increíble este mundo, son otros mundos posibles, como si pudiera vivir varias vidas en una única vida. Eso fue una cosa que me di cuenta muy pequeña. Quiero crear otros mundos, otras vidas en esta mi única vida. Siempre quise ser escritora. No podría hacer otra cosa, no hay nada que me guste en realidad, siempre estuve muy obsesionada por escribir. Hay otras cosas que me gustan pero no con esa pasión, con ese enamoramiento. Entonces creo que fue como natural, es quizás como cuando alguien se enamora de la música y no sabe de dónde salió, pero es así. Siempre me gustó la idea de tener varias vidas o varias vidas posibles en una única vida.

—Para llegar a esa determinación de ser escritora hay una vocación anterior, que es la lectura. Una cosa es aprender a leer y otra cosa es descubrirse lector, ¿recuerdas ese momento en el que dijiste “me gusta leer, voy a ser lectora”?

—Recuerdo uno de los primeros libros, que no tenían figuritas, era un libro que debía tener 50, 60 páginas. Era fuerte eso, recuerdo que pensé que prefería leer libros sin dibujos porque yo me lo imaginaba, y esa imaginación, esas imágenes que aparecían, esas historias, esos personajes eran muy reales, estaban muy vivos para mí. Cuando era niña tenía un pequeño problema con eso de ponerle una línea a la realidad, la fantasía y la realidad no estaba bien definidas, como le sucede a todo niño, qué es lo que existe y qué es imaginación. Entonces hasta el día de hoy me acuerdo de los personajes, de lo que pasaba y es parte de mi memoria de vida, como si lo hubiera vivido.

—Hace un rato decías que querías hablar portugués para pertenecer. Naciste en Chile, has vivido en Brasil, Alemania y Francia. Pareciera que el tema de la errancia lo resolviste primero en la lengua que en lo geográfico.

—Te cuento que eso siempre fue un problema muy serio para mí. Había una época en la que estaba empezando un doctorado en Alemania, pero viví casi un año en París. Recuerdo que me preguntaban ¿y tú quién eres? Yo explicaba, bueno, nací en Chile, pero soy brasileña, pero estudio en Alemania, pero estoy aquí en Francia. Eso me agobiaba de alguna manera, esa sensación de no pertenecer a nada, estabas en todas partes pero no estabas realmente en ninguna.

Si no fuera escritora sería infeliz, sí, pero también creo que si no fuera escritora sería una persona sin identidad, porque creo que la literatura me dio una identidad, me dio un lugar en el mundo, no es un lugar físico pero es un lugar, una patria –una palabra que no me gusta mucho– pero pertenezco a eso, y es algo que no está atado a un país. Soy una escritora brasileña, para mí lo importante es eso: escribir en portugués, pertenezco a un tipo de literatura, a una generación de escritores y eso me dio un lugar. Y así, de esa manera solucioné dos problemas muy serios que eran el problema de la infelicidad y el problema de la pertenencia.

—Viendo lo de la pertenencia desde otro punto de vista tienes una ventaja, pudiste crecer con dos tradiciones a la vez: la literaria en español, latinoamericana, y la tradición en portugués.

—Escribo en portugués y eso es muy importante, pero leí muchísima literatura hispanoamericana, lo tenía por mis padres. Desde muy joven empecé a leer a Borges, Rulfo, Cortázar, Neruda… Mi formación es una formación en la que la literatura en español es muy fuerte, es mucho más fuerte que en un escritor brasileño, de familia brasileña.

Estudié en un colegio alemán, desde muy pequeña aprendí alemán, viví en Alemania, entonces viví bastante la tradición de la cultura alemana, leí, por ejemplo, a Tomas Mann y a muchísimos autores alemanes que para mí fueron muy importantes. He estado entre esos varios mundos.

Ahora, no pertenecer a algo es necesario para que puedas escribir, porque si estás en el medio de lo que está pasando no tienes el distanciamiento para eso. El escritor es alguien que observa, sabe cómo es estar ahí en el medio, pero para escribir tiene que dar un paso hacia afuera, esa es una forma de ser extranjero. Yo escribo desde ese lugar, desde el lugar del extranjero.

—Has dicho que te interesa una literatura que se piense a sí misma. Vas más allá de los que quieres contar, ¿qué es lo que buscas?

—Una literatura que sólo cuente una historia a mí no me interesa, me parece que está bien, a veces lo leo y digo qué lindo, qué bien escrito, qué bello, qué maravilloso, pero a mí como escritora me interesa pensar cómo puedo contar las mismas historias con una forma diferente. A mí me interesa tener al lector como una especie de coautor, como si él, de alguna manera, tuviera que escribir ese libro conmigo. Entonces, por ejemplo, en el primer libro que escribí, mi primera novela, que se llama Toda terça, la idea fue tener tres personajes, tres narradores y cada uno cuenta una versión de lo que pasó, y el lector tiene un rompecabezas, tiene que armarlo para entender lo que pasó realmente, porque no está listo. Eso es parte del proceso de lectura. A mí me interesa eso, más que algo que esté listo.

—Te interesa también la forma del lenguaje, en tus libros hay cartas, grabaciones…

—Cuál es el trabajo que yo quise hacer con Paisagem com dromedario. Es la transcripción de varias grabaciones y la idea fue crear un lenguaje que fuera como un simulacro de la oralidad, porque no es una grabación, es una transcripción. Hay un narrador oculto, en realidad la que cuenta la historia es la protagonista, pero por detrás de ella hay todo el tiempo un narrador oculto, que es alguien que hizo esas transcripciones, es como un radio teatro. Hay una interpretación allí, como si estuviera diciendo no es posible contar la verdad, es posible contar versiones de esa verdad que es algo inalcanzable. La realidad no tienes como transcribirla, como abarcarla, la realidad se te escapa y se te va a escapar siempre. Quizás lo que podamos hacer es dar posibles interpretaciones o versiones de esa realidad. Y eso es lo que me interesa en la literatura.

—También eres traductora, que es una labor creativa, ¿qué posibilidades da la traducción?

—El traductor ante todo es un lector, al escoger las palabras él escoge una interpretación de ese libro, una lectura. Por otro lado, no eres un autor, estás atado al libro original, al texto original, pero hay allí un espacio que es un espacio de creación, por eso no creo que sea posible ser traductor para un idioma que no es el nuestro. Yo no podría ser traductora para el alemán ni para el español, entonces traduzco al portugués. Hay algo allí que tiene que ver con el escritor, creo que un buen traductor es el traductor que conoce bien el idioma, pero también tiene que ser un escritor. Tiene que ser capaz de crear algo en su idioma pero entendiendo de lo que se trata y lo que quiso hacer el autor.