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El hambre literaria de Martín Caparrós oscila entre la privación y la saciedadla

Aunque le pese aceptarlo, Martín Caparrós pertenece a este grupo de comelones exquisitos. Claro que, con su vena de reportero y de humanista, le causa remordimiento aceptarlo y no sabe cómo hacer para “vivir con la certeza de que hay mil millones de personas en el mundo que no comen todos los días”, según cuenta | Foto: Archivo

Martín Caparrós | Foto: Archivo

Un ensayo que nunca termina, unas crónicas editadas en México y una novela que acaba de presentar dan cuenta de que escribir sobre la gastronomía y los alimentos es la manera más ingeniosa que el autor argentino consiguió para enaltecer sus deseos de comer

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Sobre el Martín Caparrós historiador, novelista, profesor y periodista al que estaban acostumbrados los lectores ha comenzado a superponerse la imagen de un Martín Caparrós obsesionado con los alimentos. La reciente publicación de una colección de crónicas gastronómicas y de su más reciente novela, así como un ensayo inédito del cual tiene años pergeñando ideas en su computadora, son la manifestación literaria de la afición a comer regaladamente que lo caracteriza desde la juventud y de la cual le es cada vez más difícil de escapar.

Y es que durante mucho tiempo el ganador del Premio Herralde de Novela (Los Living, 2011) se ha visto dividido entre su obsesión con la buena mesa y la preocupación social de que son demasiados los seres humanos que no pueden alimentarse todos los días. Para mitigar esta preocupación, Caparrós se ha entregado en el último lustro a preparar un extenso ensayo acerca del hambre, para lo cual se ha dedicado a visitar países africanos, asiáticos y americanos –incluyendo Estados Unidos– con el objeto de entender cómo hacen los seres humanos para vivir con la certeza de que hay alrededor de 870 millones de seres humanos que no comen lo suficiente para vivir –unos 50 millones de estos habitan en América Latina y El Caribe–, a pesar de que, según cifras de la Organización de Naciones Unidas, la producción agrícola del planeta podría alcanzar para alimentar al doble de la población mundial.

Pero, a la par del periodista preocupado por las diferencias sociales, emerge también la figura del intelectual tragón que es tan intrínseco al autor deValfierno como el neoyorquino neurótico es a Woody Allen, al cual Juan Villoro, su amigo y casi tan buen diente como él, describe como alguien que “ha comido en todas partes con glotonería cultural”. Y testimonio de este perfil son sus más recientes libros, la breve colección de textos de no ficción titulado Entre dientes: crónicas comilonas y la novela que se presentó el mes pasado en España, Comí.

Lo que une a ambos libros es la idea de que comer es “meterse el mundo en el cuerpo” a través de un acto banal que habla mucho de la manera como está estructurada la humanidad. Porque para que la despensa de un restaurante esté llena se necesitan bastantes horas de trabajo o para que un cocinero pueda ofrecer sus mejores platos necesita estudiar mucho. Porque comerse un pedazo de carne en Argentina, según pone como ejemplo el escritor en la novela, “es sostener un sistema de transporte en el que camiones manejados por sindicatos poderosos gastan miles de litros de combustible para llevar esa carne viva hasta un centro de concentración del poder económico”. Es decir, que en el acto aparentemente sin importancia de meterse un bocado entre los dientes está el ADN cultural de cada persona. Y razón debe tener porque ya hace más de una década que la UNESCO declaró la gastronomía comoparte de los patrimonios intangibles de la cultura.

Narrar el hambre y el hartazgo
La colección de crónicas editada por el sello mexicano Almadía e ilustrada por Alejandro Magallanes, Entre dientes: crónicas comilonas, describe con humor e ironía una serie de aventuras del periodista con las comidas exóticas y, a través del ameno estilo de columnas de opinión, deja ver que, a veces, es bueno escribir desde la tapa de la barriga. La obra es también una excusa para hacer un viaje por la evolución del género humano a través de qué ha ido poniendo dentro de su estómago a lo largo de la historia. Por eso es interesante la reflexión que hace Caparrós en una de sus entradas sobre el consumismo estadounidense al referirse a McDonald’s y escribir que “hay ciertas comidas que se imponen como marcas de una aldea global: para que todos, por un momento, podamos creernos iguales”. O su visión de la cocina china que parece más bien una reflexión sobre su filosofía: “Los chinos creen en la acumulación primitiva de sabores”, dice el escritor nacido en Buenos Aires en 1957, para quien comer es algo que se hace antes y después de cada bocado.

Lo interesante de esta obra –publicada en 2012–, aunque eminentemente periodística, es que adelanta una idea que le va a permitir construir la anécdota de la novela que publicó este año: comer –como vestirse o leer– son comportamientos culturales que interesan justamente
porque son, la mayoría de las veces, intrascendentes. Por eso escribe: “Si hay algo que me gusta del buen comer es su carácter efímero:grandes preparativos, grandes esfuerzos para algo que se va a agotar en sí mismo: que va a dejar, si a caso, un buen recuerdo”.

¿Y es que existe algo más obviamente contemporáneo que entregarse a un placer justamente porque es efímero? Pero, a pesar del retrato que de este glotón hacen sus viajes, que incluyen expediciones a sitios recónditos de Asia para comer serpiente o perro, –pues considera que “viajar para comer es comerse la cultura, las lecturas: comerse lo que antes estaba solo en los libros”– es su novela el escrito en el cual demuestra a cabalidad su obsesión con los alimentos. Al contar la historia de un crítico gastronómico que se describe a sí mismo alguien que no es “especialmente fofo” pero que adora comer y que para hacerse una intervención quirúrgica debe vaciarse el estómago en tres días, la novela Comí es también el recorrido de la vida de un hombre a través de lo que escoge meterse en el estómago.

El viaje hacia la inestabilidad emocional que le causa el diagnóstico médico al redactor de la revista Look & Cook comienza por dedicarle varias páginas a sacar la cuenta de cuántas comidas se ha comido en su vida. “Soy una cifra escalofriante. Soy alguien que lo ha hecho más de 59.000 veces”, sentencia, como si estuviera hablando de un drogadicto o una ninfómana. Y con esto adelanta la idea que mueve cada página de la novela: que no hay nada más banal que la satisfacción cabal de los apetitos.

“Tardé mucho en entender que no hay nada más vulgar que satisfacer un deseo: que vivimos en un mundo organizado sobre la idea paupérrima de que cualquier deseo puede –debe– ser satisfecho, cuanto más rápido mejor”, dice por la boca de su protagonista Caparrós. Esta manera de pensar acerca al escritor argentino a las teorías del sociólogo francés Gilles Lipovetsky, autor de ensayos cruciales para comprender esta era posmoderna como La felicidad paradójica y El imperio de lo efímero, y para quien la sociedad contemporánea, construida a partir de sueños de progreso, se ha transformado en una del hiperconsumo desde que, hijos de las revoluciones liberales, nacieron los consumidores insaciables y de gustos imprevisibles, que son la máscara de individuos a quienes ya nada los satisface y viven agobiados por el desamparo. Con estos libros y sus preocupaciones que oscilan entre la escasez y la abundancia, este tragón irredento que hasta la fecha ha publicado más de dos decenas de libros, se coloca como uno de los grandes críticos del presente: uno que entiende que lo que pasa dentro del estómago es tanto o más importante simbólicamente que aquello que ocurre dentro de la cabeza de los individuos o las asambleas legislativas de las naciones.