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La lingüística jesuítica en Venezuela. Recuento de logros

“Hay que decir que la labor jesuítica ha sido muy determinante en los estudios lingüísticos coloniales, republicanos, modernos y actuales en Venezuela”

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En una carta que Felipe Salvador Gilij le escribe a Lorenzo Hervás y Panduro, desde Roma, el año 1783, cuando ambos desgastan sus fértiles años de jesuitas expulsos en Italia, podemos leer: “Me agrada mucho, todo lo que V. S. ha tratado acerca de las lenguas. Espero poderle servir en todo lo que Ud. me imponga, con la firme esperanza de que, tal vez, sea Ud. la última ayuda para mis debilidades. Estoy lo suficientemente persuadido de que la gran empresa de dar su justo valor a las lenguas no puede esperarse sino de los hijos de San Ignacio.” La fecha, por muchas razones es clave. Ha aparecido el año anterior el Ensayo de historia americana, del ex misionero italiano, y al siguiente los sabios europeos podrán contar con el Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas, del abate Hervás. El planteamiento final con el que Gilij cierra la carta, hoy conservada en la Biblioteca Vaticana, es, por una parte, producto de una verdad científica que él ha conocido y practicado suficientemente. Por otra, una sentencia fundacional de rango histórico, pues hace de la lingüística una disciplina central dentro de la tarea intelectual de los jesuitas. De alguna manera, y las evidencias de este principio son muchas y han sido determinadas para cada una de las tradiciones de estudio por los propios sabios jesuitas de todo tiempo, el axioma de Gilij parece decir que nuestra imagen de la lingüística fue establecida por los filólogos de la Compañía de Jesús. Refiriéndose a la literatura, Roland Barthes así lo asienta en el ensayo que escribe sobre San Ignacio, en 1971: “Los jesuitas, como es bien sabido, han contribuido mucho a formar la idea que tenemos de la literatura” (1). Se trata de una visión de la historiografía lingüística de largo alcance, esa que busca explicaciones que superan el inmediatismo de las obras y que intenta comprender los procesos complejos que abrieron cauces para la hechura de una lingüística que, sin desmerecer el necesario descriptivismo de las lenguas, fuera capaz de observar el material lingüístico y de descubrir en él sus significativas claves de cultura, estética, filosofía y humanismo.

En cuenta de ello y como demostración del principio gilijano, hay que decir que la labor jesuítica ha sido muy determinante en los estudios lingüísticos coloniales, republicanos, modernos y actuales en Venezuela. Sin embargo, circunscribiéndonos primero al tiempo colonial, los saldos más rutilantes vienen vinculados a determinadas figuras muy conocidas y reconocidas algunas de ellas, y, otras, poco o nada percibidas y solo apreciadas por los estudiosos del tema jesuítico en nuestro país. La dorada lista de nombres y obras no puede hoy más que causar admiración por la calidad de lo producido y por la actualidad de los logros aportados. Repasarla constituye un ejercicio de esquematización de una historia siempre ascendente por adentrarse en   ese “misterio de las lenguas” del que hablaba Gumilla y la mejor manera de determinar en trazos gruesos la ingente contribución que hicieron para el conocimiento de las lenguas de Venezuela y el aporte a la ciencia del lenguaje en  nuestro país. Nombres cúspides de la lingüística jesuítica y, justamente por ello, cúspides de nuestra lingüística serán:

Pierre Pelleprat

Fundador de la lingüística indígena jesuítica, paleolexicógrafo y lingüista cartesiano, misionero entre los caribes del Guarapiche, hoy estado Monagas, y autor de una Introducción a la lengua de los gálibi, publicada el año 1655, como apéndice a su afamada Relación de las misiones de los padres de la Compañía de Jesús en las Islas y Tierra Firme de la América meridional.

Completa Pelleprat un vocabulario bilingüe español-galibi con doscientas noventa y dos unidades léxicas, discriminadas en acápites titulados. Ordena temáticamente el material léxico y lo entiende representativo de intereses culturales determinantes en esta lengua de parentela caribe y de gran impacto en la coiné antillana.

La personalidad intelectual del padre Pelleprat nos acerca a un modo de hacer lingüística que se orienta al seguimiento de principios gramaticales y lexicográficos que tienen explicación en lo que modernamente, y especialmente gracias al tratado de Noam Chomsky, se ha dado en llamar lingüística cartesiana y que significa un modo categorial de describir las lenguas. Dando un primer paso en la idea de los universales lingüísticos, el cartesianismo lingüístico entiende la particularidad de la gramática de una lengua específica como evidencia de la universalidad de los principios. Asimismo, la comparación lingüística, aún no consolidada como método de trabajo, se invoca para fortalecer la misma idea de una gramática general que sirva para explicar los pilares sobre los que descansan la generalidad de las lenguas.

Alonso de Neira y Juan Rivero

Misioneros filólogos de las primeras décadas del siglo XVIII, estudiosos de la lengua achagua, una de las mejor descritas por los jesuitas, hablada en los llanos del Meta y del Casanare, regiones misionadas por la Compañía colonial y autores de una obra maestra de la lingüística de ese tiempo: Arte y vocabulario de la lengua achagua, publicada el año 1762.  El achagua era una lengua emparentada con el maipure, una de las lenguas de la gran familia aruaca del continente. La sección lexicográfica de esta obra interesa sobremanera, pues en ella se consolidan los métodos descriptivos y los procesos diccionariológicos de la lexicografía antigua de Venezuela, que hemos caracterizado como “paleolexicografía”.

José Gumilla

Misionero del Orinoco, especialista en lengua betoy, de ascendencia chibcha, y conocedor del caribe, el otomaco y el jirara, entre otras. Primer clasificador de las lenguas del Orinoco, determina fundacionalmente en nuestros estudios la teoría entre lenguas matices y lenguas derivadas aplicada a lenguas americanas (su necesidad clasificatoria lo llevará a producir un cuadro terminológico muy variado de tipos de lenguas, proponiendo: generales, particulares, radicales, vivas, no derivadas, subalternas, principales, capitales, no descubiertas, narigales, guturales, escabrosas y veloces; dentro de un amplio margen de consideración). Explora el laberinto filológico orinoquense y lo ordena en relación a las semejanzas y diferencias entre las lenguas. Cautivado por el origen del fenómeno, sostendrá la hipótesis babélica de la vieja filología, aquella que postulaba el monogenesismo de las lenguas y que creía en el hebreo como madre de todas, pero dejando resquicios abiertos para interpretaciones más modernas sobre esta cuestión. Su pensamiento produce aquí una filosofía del lenguaje nueva en los espacios de la actividad lingüística venezolana. Finalmente, cuando busca evaluar la obra de otros filólogos jesuitas (especialmente, la de los padres José Cavarte y Juan Rivero), sienta las bases de la primera historiografía de la lingüística venezolana, una disciplina de gran prestigio en la ciencia del lenguaje jesuítica de todo tiempo. Cuando Gumilla reseña y hace crítica (entendiendo la apología como forma de evaluación) sobre lo que estos misioneros aportaron a la lingüística, está edificando por primera vez una práctica, aquí en estado germinal, que con el correr de los siglos se entenderá fundamental para el desarrollo de la ciencia del lenguaje. Coronará su credo lingüístico indigenista, a más de una de sus mejores y más imperecederas enseñanzas, invocando unas palabras de Rivero en respuesta a los que criticaban su exagerado amor a las lenguas y lo veían como excesivo y futil: “Yo, Padre mio, (dixo) miro cada palabra, verbo, y frasse de estas lenguas, como granos de oro finissimo, que recojo con esta codicia; porque sembrados despues en el terreno de los Gentilismos, veo, que à manos llenas rinden frutos de vida eterna”. (2) Produjo una obra maestra de la historiografía americanista: El Orinoco ilustrado y defendido, publicada el año 1741.

José Cassani

Matemático, escritor, historiador, educador y académico, será una de las figuras más notables de la España de Felipe V, el primer Borbón, padre del que luego sería Carlos III, el rey que dictaría la Pragmática Sanción, el año 1767, de ingrata recordación en la historia de la Compañía de Jesús. Perteneció el jesuita a la generación de numerarios fundadores de la Real Academia Española, el año 1713 y, por ello, coautor del célebre Diccionario de autoridades, joya lexicográfica de nuestra lengua. Redacta la “Historia de la Real Academia” y se ocupa de establecer las autoridades extractadas de las obras de Santa Teresa de Jesús y de redactar varias letras del mencionado diccionario (i, j, y). Su vínculo con Venezuela viene dado por la escritura de una importante obra: Historia de la provincia de la Compañía de Jesús del Nuevo Reyno de Granada en la América, publicada en 1741, el mismo año en que aparecía el libro orinoquense de Gumilla. Cassani había recibido un posible encargo de escribir este libro para aprovechar las historias de los padres Pedro Mercado (Historia de la provincia del Nuevo Reino y Quito de la Compañía de Jesús) y Juan Rivero (Historia de las misiones de los llanos de Casanare y los ríos Orinoco y Meta) que habían quedado inéditas y que se publicarían ya en tiempos modernos (1957 y 1883, respectivamente). Se atrevía Cassani, valido de su pericia de escritor, a componer un libro sobre realidades y asuntos que desconocía. Contaba, sin embargo, con buenas fuentes primarias y ello le valió, y este sería uno de sus aportes, ser el mayor divulgador de la historia dieciochesca llanera y del Orinoco al mundo europeo de su tiempo. Como lexicógrafo que era, se fijará en las voces americanas que sus fuentes destacan y les dará un nuevo domicilio narrativo. De hecho, son muy interesantes sus reflexiones sobre americanismos y venezolanismos a lo largo de su libro. A partir del elemento léxico es posible elaborar un breve repertorio informalizado de  voces representativas del español americano. Como escritor, logra redactar un texto con muchos méritos narrativos y cuasi novelescos que adelanta la data venezolana en el origen del género novela. Mariano Picón-Salas lo quiere, cargado de gracia literaria y descreído de la exactitud dolosa de la historiografía chata. En cuanto a las lenguas indígenas, dejará reflexiones muy capitales sobre sociología y filosofía del lenguaje. Siguiendo la práctica de Gumilla, hará contribución a la historiografía lingüística en el país.

 

 

Felipe Salvador Gilij

Será el nombre mayor de la lingüística jesuítica venezolana. Autor del Ensayo de historia americana, publicada en 1782, cuyo tomo tercero está dedicado íntegramente al estudio de las lenguas. Produce en él la descripción más extensa, cuidada y fértil de toda la filología jesuítica venezolana. Para Guillermo de Humboldt nace gracias a él la “lingüística americana” completa. Los lingüistas del XIX Karl von dem Steinen y Lucien Adam, le reconocen méritos mayúsculos, tales como la confirmación de los nexos entre el mojo de Bolivia y el maipure del Orinoco y el establecimiento de la gran familia caribe, a la que dará también su nombre. Ello es posible por su notable genio clasificador y por su rigor al estudiar las lenguas del Orinoco, observando filiaciones y diferencias y proponiendo lecturas comparadas de gran alcance. Compone las gramáticas del tamanaco y del maipure, lenguas de filiación caribe y aruaca, respectivamente. Ofrece amplia materia para la documentación del léxico indígena y del español americano (especialmente, de los indoamericanismos léxicos). Determinará el sustrato taíno en el español de América y para demostrarlo compondrá un “Vocabulario haitiano”, contentivo de los principales americanismos de origen. Ofrecerá un conjunto de catálogos comparados de lenguas americanas (“Catálogo de algunas lenguas americanas para hacer la comparación de ellas entre sí y con las de nuestro hemisferio”, t. III, apéndice II, parte II, Cap. XVI). Principal colaborador en cuanto a la materia orinoquense en los proyectos del padre Hervás y autor de referencia en varias enciclopedias lingüísticas del siglo XIX.

Lorenzo Hervás y Panduro

Justamente, se considerará precursor de la filología comparada y nombre mayor del enciclopedismo lingüístico de su tiempo. Catalogador lingüístico, logra poner en marcha un método moderno de recolección léxico-gramatical de materiales que se alimentaban de colaboraciones de primera mano remitidas a solicitud, vocabularios y gramáticas elaborados por los centenares de jesuitas expatriados que se congregan forzosamente en los Estados Pontificios tras el decreto del rey Borbón. Establecerá conclusiones a partir de comparaciones amparadas en la morfología y la sintaxis y no solamente en la similitud léxicas, que a tantos errores había inducido. Los hermanos Humboldt, entre otros, se valieron de sus archivos romanos mientras transcurre la expulsión de la que es objeto junto al resto de sus hermanos de ordenación. Sostiene correspondencia con filólogos de la Compañía y en ella reflexiona sobre asuntos de naturaleza descriptiva y clasificatoria. Compone algunos “elementos gramaticales” de lenguas del Orinoco y dedica a ellas el capítulo III, del primer tomo de su reconocido Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas, obra que formaba parte de su monumental Idea del Universo, una enciclopedia en veintiún volúmenes que lograba una lectura ilustrada del cosmos y en donde el estudio de las lenguas ocupaban lugar protagónico. Se le asigna uno en la historia de la lingüística por sus muchos atisbos filiatorios y por la ingente materia que fue capaz de concertar (más de 300 lenguas de los cinco continentes y medio centenar de gramáticas, cuatro de ellas relativas a lenguas de Venezuela: betoy, maipure, tamanaco y yaruro).

El recorrido anterior resulta más que elocuente en relación a los alcances que tuvo la investigación lingüística de los jesuitas hasta 1800. La siguiente centuria lo sería sin la presencia física de la Compañía, pero no sin la presencia ideológica y, rotundamente sí, con el seguimiento de los muchos aportes en nuestra disciplina. El estudio sobre la recepción de las ideas lingüística jesuíticas permite concluir que nunca se interrumpió la guiatura y la influencia del legado de los filólogos ignacianos. Evidencia de ello estará asentado en la polémica en torno a la implantación de un texto único para la enseñanza del latín en la Universidad de Caracas hacia mediados del siglo XIX, en donde el debate se focalizaba en relación a la permanencia de la gramática latina de Nebrija implicó a un jesuita del siglo XVII, el padre Juan Luis de La Cerda que había adaptado, en 1601,el Libro Quinto de las Instituciones de gramática del humanista renacentista para servir de texto en la Universidad de Salamanca. Editado repetidamente en Caracas, a partir de la edición de Valentín Espinal del año 1833, correría la obra del padre La Cerda encriptada bajo el sintagma digno y sonoro de “El Nebrija” Aelii Antonii Nebrissensis de institutione grammaticali briquinque). (3) Frente al texto del padre La Cerda se buscaba contraponer el Método para estudiarla lengua latina de Bournouf, un gramático francés muy afamado en su tiempo. La discusión se polarizaba en relación a si se debía estudiar el latín con un texto en latín (= latín con explicaciones en latín) o si debía hacerse con uno en la lengua del estudiante (= latín con explicaciones en español, latín con explicaciones en francés, etc.). Fue tan importante el debate que en él intervinieron para apoyar una u otra situación autores tan destacados como Juan Vicente González, que traducirá y editará el libro de Bournouf, y Cecilio Acosta, qué redactará su magistral ensayo “Informe sobre texto latino” (1850) en apoyo al trabajo del jesuita. Otros nombres abonarían esta discusión, la más trascendente en toda la lingüística venezolana del siglo XIX: el historiador Felipe Larrazábal, y los latinistas y traductores Manuel Antonio Carreño y Manuel María Urbaneja. (4)

Sin embargo, serían los etnolingüistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX los que darán uso, brillo y reconocimiento a los muchos aportes ofrecidos por los jesuitas coloniales, al punto de erigirlos, en la mayoría de los casos, como las fuentes indiscutibles e impostergables para el estudio de las lenguas aborígenes del país. A este respecto, los seguidores más comprometidos serían Arístides Rojas, Adolfo Ernst, Pedro Manuel Arcaya y Lisandro Alvarado; y Gumilla, Gilij y Hervás los autores más seguidos con compromiso.

La historiografía moderna pautaría las rutas definitivas de asentamiento e investigación sobre la significación de los estudios sobre las lenguas por parte de los religiosos jesuitas. Con ánimo selectivo y no exhaustivo, serían cinco las figuras contemporáneas que no pueden dejar de mencionarse. El primero en cronología y primer aporte sería el padre Pedro Pablo Barnola, gramático e investigador de la literatura venezolana, numerario de la Academia Venezolana de la Lengua y su director por ocho años, en materia lingüística destacaría por sus orientaciones sobre el uso del español en el país, gracias a su columna “Noto y anoto”, luego convertida en libro, y por sus contribuciones a la comprensión del venezolanismo verbal. Están allí sus notas léxicas sobre la novela Zárate y sus notas lexicográficas sobre Lisandro Alvarado, un autor que estudió y admiró generosamente. Una investigación que enmarque el trayecto específicamente literario de los jesuitas venezolanos está ya en proceso y evaluará la labor antigua y moderna, y en esta última, además de Barnola, tendrán cabida los trabajos de los padres Damboriena, Briceño, Arellano, Salvatierra, Vilda, Trigo y Duplá, entre otros.

Aunque de rango episódico, no deben dejar de mencionarse, aquí, los señalamientos que encontramos en el ensayo fundador del padre Manuel Aguirre Elorriaga: La Compañía de Jesús en Venezuela, del año 1941, en donde el tópico lingüístico y también el literario se invocan como noticia afirmativa en los tiempos de la primera Compañía venezolana. Cuando resume la misión del Orinoco formula los “Méritos literarios de los jesuitas misioneros del Orinoco” y considera las lecturas de Rivero, Gumilla y Gilij desde el ángulo de las lenguas.

El padre Fernando Arellano, un poco después que el académico Barnola, dedicaría muchos esfuerzos a la didáctica de la historia de la lengua y a la divulgación universitaria de la lingüística general. Sin embargo, su contribución mayor estaría centrada en la instalación en el país de la “Historia de la lingüística” como disciplina de estudio e investigación. Completaría un manual para explicar esta especialidad y al hacerlo entraría en el saldo de los pioneros que en lengua española se dedicarían a escribir en clave de divulgación científica sobre el decurso de la ciencia del lenguaje. Su Historia de la lingüística, en dos volúmenes, será publicada por la Universidad Católica Andrés Bello, en los años 1977 y 1979.

En cuarto lugar cronológico, el padre Jesús Olza Zubiri, ofrecería su sabio y demorado magisterio en las aulas de la Escuela de Letras de la UCAB como profesor de Morfosintaxis del español y de Historia de la lingüística, disciplina esta última con la que rescata, como Arellano mismo, la vieja tradición historiográfica de los maestros jesuitas coloniales. En correlación con sus investigaciones sobre lenguas indígenas, principalmente del guajiro y del pemón, esas que le llevan a firmar un conjunto muy valioso de gramáticas y diccionarios de esas lenguas, estudia en contextos de alta reflexión teórica la significación de Gilij para la historia de la lingüística. Bellista venerador, logra instalar, además, la gramática del sabio caraqueño en cotas muy altas de comprensión filosófica.

Finalmente, el padre José del Rey Fajardo, hace de la historia de la Compañía de Jesús venezolana y colombiana su dominio de investigación y la vocación cúspide de toda su carrera de estudioso. Moviéndose entre los límites humanísticos trazados por la provincia neogranadina jesuítica del tiempo hispánico, produce el cuerpo de conocimientos más extenso y complejo jamás reunido entre nosotros sobre la gesta de estudio de las lenguas indígenas obra de autores jesuitas. Reconstruye, así, el trayecto de la lingüística llanera y orinoquense colonial, recupera la bio-bibliografía de los muchos cultores filológicos, edita las obras de los autores inadvertidos, compila los textos canónicos de la lingüística jesuítica venezolana, ofrece lecturas generosas en vías de comprensión sobre la ciencia jesuita de la lengua e ilumina el pasado de la investigación lingüística de la Compañía para dar luz sobre los procesos presentes. Todo este apasionado proyecto de erudición nace hace más de cuarenta años cuando publica los dos volúmenes de sus Aportes jesuíticos a la filología colonial venezolana, y transforma con esta obra el estado de la investigación indigenista y la situación de la historiografía colonial en materia de lenguaje y da visibilidad al protagonismo de las órdenes religiosas en la reconstrucción del origen de nuestra lingüística más remota.

Quisiera terminar anunciando que todo este valioso haber, apenas esbozado en este texto, tendrá su espacio amplio de evaluación y de análisis en un libro nuestro que publicará próximamente la UCAB y que permitirá valorar con justicia y con justeza lo que ha sido y es el aporte de los padres jesuitas a la lingüística de Venezuela.

REFERENCIAS

1. Roland Barthes. “Loyola” en: Sade, Fourier, Loyola [1971]. Madrid, 1997, p. 53.

2. Gumilla. “Breve noticia de la apostolica, y exemplar vida del angelical, y V. P. Juan Ribero, de la Compañía de Jesús, missionero de indios en los ríos de Cazanare, Meta, y otras vertientes del gran río Orinoco, pertenecientes a la provincia del Nuevo Reyno [Carta escrita por el P. Joseph Gumilla de la misma Compañia, Superior que fue de dichas Missiones, y al presente Procurador General de dicha Provincia a entrambas Curias] (1739)”, en: Escritos varios. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1970, p. 43. Estudio preliminar y compilación: José del rey Fajardo.

3. Cf. Pedro Grases. Investigaciones bibliográficas. Caracas: Ministerio de Educación, 1968, t. I, p. 236. Francisco Javier Pérez. Historia de la lingüística en Venezuela, desde 1782 hasta 1929. San Cristóbal: Universidad Católica del Táchira, 1988, p. 44.

4. Cf. Francisco Javier Pérez. Las raíces de la modernidad lingüística en Venezuela. El siglo XIX. Mérida: Universidad de los Andes, 2006, pp. 18-19.