• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Un libro que nos mira

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En esta ocasión de recuerdo y celebración, quiero iniciar estas notas sobre la profesora María Fernanda Palacios y su Sabor y saber de la lengua con una rápida anécdota personal. Ruego al lector, por esto, sea indulgente conmigo y me regale un poco de paciencia.

Corría 1987 cuando cursaba el cuarto año del bachillerato. Tenía en ese entonces la rutina de sentarme en un escritorito de pino que tenía en mi cuarto a hacer las tareas. Ese cuarto tenía mucha historia, porque fue el cuarto donde recién mudados a esa casa (la de la abuela) mi hermana y yo habíamos crecido. De modo que allí hubo lo que suele haber en un cuarto de niños: juguetes, zapatos regados, ropa fuera de lugar y cosas por el estilo. Pero además había libros, sobre todo libros que mi padre compraba para ella. No los traía para mí porque a los nueve años yo era cualquier cosa menos un lector. Era o quería ser un deportista. También quería ser cantante. Sin embargo, una condición se fue imponiendo durante aquellos días de infancia: el insomnio. Desde esa edad hasta hoy he sido un insomne impenitente, con momentos de culpa y con otros de franco derroche y de gozo.

Esa condición me hizo hurgar, como manera de atenuar el aburrimiento de niño en la alta noche de su casa, en los títulos que mi hermana tenía reservados y apilados según se los iban dando. Allí leí un Quijote abreviado, distintas historias de animales, cuentos de hadas y brujas pero, sobre todo, el que más recuerdo, la historia de Ulises y sus aventuras por el mar de Grecia. Lo recuerdo con fuerza por la ilustración de la portada: un barco de madera, con un mástil al centro en el que estaba atado un hombre musculoso y barbado. Aunque no lo sabía, el dibujo imitaba la pintura de vasos y ánforas de aquella civilización. Ulises y su barco estaban pintados en color terracota sobre fondo negro.

Esas fueron mis navegaciones durante bastante tiempo hasta que las circunstancias hicieron que mi hermana y yo nos separáramos. Al principio porque cada uno iba a tener su propia habitación; luego, porque otras separaciones tuvieron lugar. Hoy pudiera creer que una impensable Scila y Caribdis se impuso entre ambos y no pudimos sortearla. Pero la infancia es así: cortísima, intensa, fugaz… e imborrable como tatuaje de marinero.

Sentado, entonces, en ese cuarto, en el pequeño escritorio de pino, a los 16 años, mi padre entró para ponerme en las manos unos libros. Dos eran del maestro Rosenblat, sus Buenas y malas palabras, en una edición en tomos que recién había salido, y el otro Sabor y saber de la lengua de nuestra querida maestra María Fernanda Palacios. De manera que ese libro ha sido fortuitamente como la llave o la puerta (o ambas) entre un tiempo y otro que habría de venir. Lejos estaba todavía de saber que unos años más tarde no solo sería estudiante de Letras, sino ser alumno de la autora de aquel libro.

Veintisiete años después de aquel encuentro, me corresponde aventurar algunas apreciaciones sobre este libro entrañable y hoy de largo calado en los lectores venezolanos, sobre todo por los estudiantes de Humanidades, quienes han demostrado lealtad y cariño a su escritura, a sus temas, al tono general en el que están dichas las cosas que allí pueden leerse.

Recordemos brevemente cómo es Sabor y saber de la lengua. En las dos ediciones que de él se han hecho en casi tres décadas, el libro lo conforma un conjunto de trabajos, conferencias, intervenciones, notas, retomadas y desarrolladas como ensayos, reunidos, a su vez, en tres partes: la primera, que lleva el nombre que le da título al libro; la segunda, titulada “Sobre Proust y Kafka”; y la tercera “Sobre literatura venezolana”. Muchos de esos ensayos o anotaciones fueron elaborados para alguna ocasión particular, una charla, una presentación o para alguna revista interesada en temas literarios.

Pues bien, cada una de esas secciones brindaba, más que un desarrollo en sentido estricto, el rodeo, el acecho, el encuentro y el gusto por la materia de que trataban: cómo lo que se dice de algún autor o asunto de la cultura provenía de la resonancia que era capaz de producir y no de una doctrina o una teoría al uso; cómo se movía, cuáles eran sus posibles perfiles, qué y cuáles imágenes nos deja, qué nos ayuda a reconocernos en la medida en que conocemos lo que leemos. También, y creo que de manera principal, la actitud que el “ensayar” demanda en el “ensayista”, lo que implica la escritura del género desde el sujeto mismo, las complejidades y “trabas” con las que tropieza, sus salidas. En torno a esto el libro tiene una riqueza y una agudeza en intuiciones extraordinarias.

Lo anterior resulta capital porque al cerrar el libro nos queda como la sensación de que asistimos no a un museo en el cual una u otra idea están bien dispuestas y exhibidas, sino de que hemos ido a un banquete familiar, donde todo tiene un sabor inmejorable, todo sabe bien, tiene distinción en los sentidos y puede ser valorado por la huella que deja en el cuerpo. Al seguir lo que Sabor y saber de la lengua nos ha dejado, vamos asimismo como en la pista de una mirada que pide para la lengua una atención especial: aprender a valorarla en lo que nombra, en lo que evoca, en su condición principalísima de hacer memoria y no en la de entronizarse en conocimiento unilateral (tampoco literal) o en autoridad. Nos muestra cómo disponerse para verla en movimiento: en sus retrasos, en sus vadeos, en sus debilidades, en su gusto por el vagabundeo; también en sus límites, en las zonas adonde llega exhausta o a las que simplemente no puede llegar.

De igual modo ocurre con los autores que nombra, sea Kafka, Picón Salas o Sucre, el acercamiento a sus obras siempre tiene la ganancia de una gracia, de un color emocional, como si la aproximación con la que son visitados entrara en el calor de la sala familiar. Autores que se vuelven cercanos, pasan y se sientan, son memoria viva.      

Si este conjunto de ensayos ha llegado hasta hoy también ha sido, hay que recordarlo, porque son el fruto sostenido de la reflexión hecha al calor de las clases que su autora ha dado estos 45 años en la universidad. En este sentido, Sabor y saber es además un libro que educa, porque dispone para una asimilación, para un reconocimiento (como gustaría decir a Lezama Lima), y no para engrosar la ya vasta lista de las erudiciones con pretensiones de verdad. En nuestro país solo otros pocos libros antecedieron a este en el tema y en voluntad de estilo: ahí están En torno al lenguaje, de Rafael Cadenas, o La educación en Venezuela del mencionado Rosenblat.

Recordándolo es como celebramos esta vez una escritura que se ha vuelto entre nosotros, sus lectores, entrañable. Esa escritura, su gracia indudable, se nos han convertido en cuerpo animado. No solo durante el tiempo que ha pasado y que ahora nos alcanza, sino además en el que vendrá, este libro nos estará mirando, tal vez interpelándonos, tal vez invitándonos a entrar al reino de la de la sensibilidad, allí donde el astuto navegante griego inicia su aventura una y otra vez.