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<i>Ajuste de cuentas</i> de Harold Alvarado Tenorio

Ajuste de cuentas de Harold Alvarado Tenorio

Presentamos extractos del prólogo que el escritor y periodista colombiano Antonio Caballero (Bogotá, 1945) elaboró para el libro “Ajuste de cuentas” de Harold Alvarado Tenorio

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No voy a definir al odiado y odioso Harold Alvarado Tenorio en un par de adjetivos calificativos: quedaría faltando el poeta, capaz de rotundas sentencias heraclitianas o de versos sueltos con el aire límpido del chino Li Bai (Alvarado Tenorio es un gran parodiador: ha inventado poemas de Borges, de Whitman, de algún remoto poeta japonés del siglo VI antes de Cristo); y quedaría por fuera el crítico literario, que pese al odio que supura y que informa su prosa, tiene un certero criterio para juzgar a los demás poetas. Como poeta, lean de él estos versos:

“Los tiempos han dispuesto

buenas y malas tardes”.

Se trata, sí, de la habitual obviedad poética. Pero es que en fin de cuentas la poesía se reduce a la obviedad. Y Alvarado Tenorio tiene, dentro de esa obviedad, los dones de la concisión, del ritmo y de la armonía: eso que dice está bien dicho, y no se necesita decir más. Y, como lector crítico de poesía, vean este juicio suyo, tomado de verdad al azar, sobre Aurelio Arturo:

“Sus melodías son mejor recordadas que sus asuntos”.

Tampoco pretendo aquí definir o resumir este libro mamotrético. Le basta con su título: Ajuste de cuentas. Un ajuste de cuentas de Harold Alvarado Tenorio (¡qué buen nombre paródico para un poeta! Parece inventado por él mismo. Harold, como el Childe de Byron; Alvarado, como el Pedro feroz de la conquista de México, ese “sol” terrible que acompañó a Hernán Cortés en su destrucción del imperio azteca; Tenorio, como el  Don Juan de Tirso y de Zorrilla... Y al escribirlo, el computador subraya en rojo, como palabras inexistentes, la palabra “Harold” y la palabra “Alvarado”. Puede ser que eso le dé más leña a su persecutoria paranoia; o puede ser también el juicio de la historia), un ajuste de cuentas con toda la poesía colombiana del siglo XX, que odia minuciosamente y cuya misma existencia pone en duda desde el epígrafe. Desde uno de los varios epígrafes despectivos con que encabeza el libro, y que de entrada sacan de juego y anulan todo lo que viene después. Uno que toma de Jaime Jaramillo Escobar, que en opinión de Alvarado (y  también en la mía) es, en lengua castellana, uno de los mejores poetas del siglo:

Tierra de copleros y de serenateros, Colombia es un país cerrado para la poesía moderna”.

A todos los poetas colombianos que escoge para esta antología, vivos o muertos, Alvarado Tenorio los detesta. A unos por sus versos, a otros por sus personas, a otros por las intenciones que les atribuye, a otros por su cara o por su culo, a otros por haber ganado un premio literario completamente inmerecido y en general desconocido por alguien que no sea él mismo. A unos pocos los admira, a su pesar. Este es un libro arbitrario, rabioso, rencoroso, y en muchas de sus páginas escrito (con bastante descuido, por otra parte) con la intención maligna de hacer daño. Y debo yo advertir aquí, en estos primeros pasos que doy en el pantano de un prólogo, que creo ser uno de los muy pocos amigos que le quedan en la vida a Harold Alvarado Tenorio, poeta desaforado y paranoico, crítico errático y contradictorio y paranoico, persona habitada por muchos demonios. Tan amigo suyo soy que me incluye a mí en su breve lista de poetas buenos. Aunque no me incluye exactamente a mí, el Antonio Caballero que firma este prólogo: incluye a Ignacio Escobar, el protagonista de una novela escrita por mí, personaje ficticio que a su vez, y por su cuenta, escribía versos. Y debo decir también que, a pesar mío, esa inclusión me halaga. Aunque sea tan arbitrario como los premios literarios que censura Alvarado, me parece también un merecido, aunque tardío, reconocimiento. Por fin alguien se da cuenta de que esos versos que inventé para mi personaje inventado no eran versos de relleno: eran versos. (El  lector que esté interesado puede leerlos aquí hacia el final del capítulo sobre la generación desencantada).

Alvarado los interpreta mal, por supuesto. Ese es el destino de toda poesía.

Y sin embargo,  por encima de sus odios obsesivos y de sus caprichosos enamoriscamientos, más allá de sus prejuicios sociales y políticos y de sus deliberadas cegueras, Alvarado se inclina ante el talento. El de Guillermo Valencia, por ejemplo, por encima de su calidad de señor feudal de horca y cuchillo y de parlamentario reaccionario del partido conservador: “Ritos ‒dice Alvarado‒ es uno de los más bellos libros de nuestras literaturas”. Incluso a su predilecta bestia negra, el vacío y vociferante Gonzalo Arango nadaísta de los primeros años sesenta, le concede un chispazo de lucidez citando una carta suya en la que reconoce que en vez de dedicarse a tomar trago y a fumar marihuana hubiera debido más bien ponerse a terminar el bachillerato. Como casi todos los de ese grupo. Y hasta al estremecido piedracielista Eduardo Carranza, a quien abomina por franquista, por falangista, por piedracielista, le reconoce un par de sonetos. Algo parecido le sucede con  Álvaro Mutis, a quien desprecia hasta el punto de que cuando habla de su poesía pone la palabra “poesía” entre comillas: pero le dedica diez páginas y le publica cinco largos poemas.

Si habla del falangismo de Carranza, del conservatismo de Valencia, y así sucesivamente, es porque para Alvarado la poesía no va sola en el vacío, encerrada en una mallarmeana torre de marfil, sino que va con la historia. El poeta es siempre, como dice Georg Lukács, “reflejo estético” de su momento histórico, económico y social, lo quiera o no. Les hacía Salvador Dalí una recomendación a los artistas jóvenes: “No traten de ser contemporáneos: es lo único que no podrán dejar de ser”. Porque el tópico del poeta ‒o el artista, o incluso el periodista‒ “testigo de su tiempo”, témoin de son temps, es una de esas fáciles tautologías que se les ocurren a los editores y a los académicos franceses. Así, juiciosamente, este libro sitúa a los poetas colombianos en su lugar y en su momento. No sólo en sus grupos, o en sus movimientos: Los Nuevos, el grupo de la revista Mito, el nadaísmo, etcétera. Sino también en su hora exacta y en su provincia respectiva (toda Colombia ha sido siempre provinciana).  A José Asunción Silva, por ejemplo, lo arranca del siglo XIX en que vivió para ponerlo en el XX, que es cuando fue leído, en una Bogotá que seguía siendo una gran aldea pacata y terriblemente triste. A Julio Flórez lo muestra sobre el paisaje de la guerra de los Mil Días ‒de la cual Alvarado dice, con su habitual gusto por la exageración desalada, que fue “la más atroz de las guerras de la historia del hombre”: se nota que no ha leído la Ilíada, con sus destripamientos. A Jorge Gaitán Durán  lo planta en pleno espanto burocrático de la milimetría bipartidista del Frente Nacional. A María Mercedes Carranza, en el desencantado descampado de los años setenta, con un prosaico trasfondo de Belisario Betancur y Casa de Poesía Silva. A Olga Isabel Chams Eljach, en los calores sin respiro de la Barranquilla de antes del aire acondicionado.

¿Y quién es Olga Isabel Chams Eljach? se preguntará el lector (mon semblable, mon frêre). Pues es Meira del Mar. Entre las coqueterías de Alvarado figura en buen lugar la de mostrar que conoce todos los nombres y los segundos apellidos de todos los personajes que menciona. A Napoleón lo hubiera llamado Nabulione Buonaparte Ramolino. Al pintor Balthus lo llama Balthasar Klossowsky de Rola en alguna página de este libro.

Esto de insertar a cada poeta en su momento de la historia y de la geografía está muy bien, claro. Pero a mi parecer Alvarado lo hace de una manera caricaturesca: reduciendo a los poetas de su antología a su circunstancia más inmediata y estrecha, más local y pasajera. Reduciéndolos y limitándolos a la politiquería y la lambonería colombianas. Y, de paso, situándolos también en una caricatura de la historia. La frase sobre la guerra de los Mil Días es característica del tono de historiador de Alvarado, quien no vacila en convertir al solemne locutor de radio Alberto Lleras Camargo en un genio del mal que hundió al país en la ignorancia a través de un tonto ministro de Educación, o a ese casi inofensivo y algo ridículo generalote que fue Rojas Pinilla en un monstruo comparable a Nerón: lo pinta “asesinando estudiantes, volando barrios enteros con dinamita, masacrando opositores durante corridas de toros”. Y esta Antología crítica de la poesía colombiana del siglo XX, de tan ambicioso título, queda así convertida en una mezquina historia de godos y cachiporros, y de poetas venales o serviles.

Sí, la historia puede contarse así, como farsa sangrienta. Y no sólo la de estas “tierras de horror”, porque todas las tierras lo son por igual, y todas sus historias respectivas. Dice Borges que a no sé cuál de sus bisabuelos le tocó vivir ‒como a todo el mundo‒ tiempos infames. Y los poetas han sido siempre, en todas partes, cortesanos, cortesanas: Virgilio frente al emperador Augusto, o debajo, más bien; Quevedo ante el duque de Osuna; y basta con recordar cómo el gran Rubén Darío, habiendo sido nombrado cónsul de Colombia por el presidente Rafael Núñez, le dio las gracias con un adulador soneto:

Colombia es una tierra de leones...

etc.

Pero no son sólo eso. Ni la historia, ni los poetas. Harold Alvarado sabe, porque lo conoce en su abundante carne propia, que por la experiencia y por el alma de un poeta pasan más cosas que las bastante mezquinas de su vida cotidiana y prosaica de empleado público, como Luis Vidales, o de ejecutivo de una empresa multinacional, como Alvaro Mutis, o de “creativo” publicitario, como la mitad de sus odiados nadaístas, o, para irnos a otros mundos y a otras lenguas, de funcionario de riegos de un ministerio, como Kavafis. Pero, por lo que se ve en este libro, no es capaz de saberlo en carne ajena, como crítico. A los poetas escogidos (y no quiero ni siquiera pensar en los que lanzó a la oscuridad de su desdén) les encuentra siempre un motivo miserable para que hayan escrito lo que sea que hayan escrito. La envidia. La codicia. El servilismo. El arribismo. El odio.

Por otra parte, estoy bastante de acuerdo con él cuando da a entender, en sus diatribas sulfurosas, que Colombia no es una tierra de leones. ¿De chacales? ¿De hienas? Ninguna de esas tres especies animales existe en este nuevo mundo que descubrió Colón, de cuyo apellido viene el nombre de esta tierra.

Por otra parte más, debo decir que este libro es muy divertido, a su malévola manera. Descuidado, como dije atrás. Irregular: párrafos espléndidos alternan con otros de prosa desaliñada. Enredado, caótico, escrito como por erupciones venenosas de palabras y de imágenes, y que casi en cada página cede a la tentación de dar absurdas explicaciones ideológicas a los caprichos del autor. Salpicado de obsesivas y repetitivas y fatigantes enumeraciones de nombres de las personas que el autor aborrece, que son todas, y de incursiones no muy felices en el género de la economía política. Alvarado Tenorio, como todos los poetas colombianos ‒Cote Lamus, Valencia, Silva, Caro, Julio Arboleda, la madre Josefa del Castillo, Juan de Castellanos‒, lo que quiere en el fondo es ser presidente de la república.

Ahora bien: ¿ha habido tantos poetas en el siglo XX en Colombia? Entiendo que Alvarado Tenorio trataba de llenar un libro entero hasta los topes. Pero ¿treinta y ocho? Sin contar a los muchos más que no merecen capítulo propio pero van siendo mencionados al pasar, ni a todos los que se salta. Y bastantes se quedan por fuera: el engolado José Umaña Bernal de los años treinta, el laborioso Andrés Holguín de los cincuenta, el pomposo William Ospina de los noventa, el ilusionado Fernando Denis de después del año dos mil. En un momento escribe el antologista que en el siglo XX sólo ha habido cinco libros de poesía importantes en Colombia, y a escala de Colombia (y a veces de la lengua): Ritos de Guillermo Valencia, Crónicas de Luis Tejada (un periodista), Tergiversaciones de León de Greiff, Si mañana despierto de Jorge Gaitan Durán, Morada al sur de Aurelio Arturo, y Poemas de la ofensa de Jaime Jaramillo Escobar. Sólo cinco. Pero después sigue y sigue acumulando poetas, como se apilan los muertos en las fosas comunes de nuestras guerras. Y no creo yo que haya tantos. No voy a referirme siquiera a los ciento cuarenta que ‒dice él‒ han nacido después de 1950, y de los cuales en su antología incluye generosamente a unos cuantos, de los cuales, en mi opinión, sobran varios: los cada vez más repetitivos ‒o, para usar la palabra que define esta época, clónicos‒ muchachos que se quejan. Aunque reconozco que la queja es, como lo señala con pertinencia Alvarado, una constante en la poesía colombiana: la queja, el desamor, el desencanto, el desasosiego pessoano y el quevediano recuerdo de la muerte. Falta además aquí, por supuesto, por una modestia de autor que no creo muy sincera, el propio compilador de la antología, Harold Alvarado Tenorio. Aunque no, no está faltando: va en el prólogo.

Pero bueno: ¿treinta  y ocho poetas? No creo yo que haya habido treinta y ocho poetas, sumados todos desde el rey Salomón hasta Harold Alvarado Tenorio, pasando por Horacio y por san Juan de la Cruz,  por Hölderlin y por Rimbaud y por T. S. Eliot, en todo el vasto ámbito de la literatura de Occidente.  ¿Treinta y ocho sólo aquí en Colombia? Sí, ya sé que nos han dicho siempre que esta tierra de ladrones y asesinos es también tierra de poetas. Pero ¿ciento cuarenta? ¿Cuántos ajedrecistas había en la Unión Soviética de Karpov y Kasparov? ¿Cuántos polistas caben en la Argentina de Adolfo Cambiaso? Como preguntaba Enrique Jardiel Poncela: ¿pero hubo alguna vez once mil vírgenes?

Pues nada menos que treinta y ocho poetas tenemos aquí, asegura Alvarado. Y la selección que él hace, con pesado cuchillo de carnicero (oficio que reclama por herencia), va a disgustar a muchos más. Lo cual es buena cosa en esto de la literatura.