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Papel literario

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El lenguaje como generador de la realidad

Georgina Embaid / William Dumont

Georgina Embaid / William Dumont

 Georgina Embaid es estudiante del tercer año de Letras de la UCAB

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Cuando comencé a preparar esta presentación, una de las preocupaciones principales fue que los oyentes no se sintiesen atrapados por la misma, lo que me remitió, inevitablemente, a lo que busco exponer. Si una inquietud es que el público al que quiero transmitir el mensaje no solo no se identifique con el tema sino que, además, se sienta lejano a este, es porque existe precisamente la posibilidad contraria, y que lo que yo diga y cómo lo diga, favorezca el que ustedes encuentren semejante interés al mío.

Hablamos el mismo idioma, pero puede o no haber barreras al momento de comunicar el mensaje, y todos los presentes aquí escucharán exactamente lo mismo, sin embargo las interpretaciones serán múltiples. ¿No estaría, entonces, creando distintas interpretaciones en ustedes, a pesar de que les digo el mismo mensaje? Parece obvio. Sí, todos tienen maneras únicas de pensar y concebir su entorno, pero, pensarán, eso no quiere decir que el supuesto Lenguaje al que me refiero tenga un carácter creador.

Comúnmente, el lenguaje es considerado como un instrumento que permite describir lo que se percibe, es decir, el mundo exterior, o expresar lo que se piensa o se siente; nuestro mundo interior. Esta concepción da al lenguaje una capacidad esencialmente pasiva o descriptiva. El lenguaje, pensamos, nos permite hablar sobre las cosas. La realidad se asume ya dada, anticipándose al lenguaje y este limitándose a describirla.

Sustentándose en los avances durante las últimas décadas, –a principios del siglo XX comienza una rama de estudio conocida como la Filosofía del lenguaje, la cual cuestiona la apreciación preponderante del rol solo descriptivo y pasivo del lenguaje–,  se reconoce que este no solo permite hablar sobre las cosas: el lenguaje también hace que estas sucedan.

El filósofo británico John Austin plantea que el Lenguaje es aquello que hace de los seres humanos el tipo particular de seres que somos: seres que vivimos en el lenguaje, seres sociales. “No hay lugar fuera del lenguaje desde el cual podamos observar nuestra existencia.” Continuamente realizamos una expansión simbólica de nuestra realidad. “El ser humano es un animal simbólico” fue la frase formulada por el filósofo Ernst Cassirer en su tesis Filosofía de las formas simbólicas, y es que nos diferenciamos de los otros animales porque tenemos una capacidad lingüística y simbólica, que se ha expandido más allá de nuestros límites sensoriales inmediatos. Un ser que no tenga esa capacidad, no podría ir más allá de lo que se le muestra directamente; el presente, mientras que los humanos estamos constantemente en una creación tan sólida como ficticia, erigida por simbolismos determinados. Esa creación es el momento futuro del cual hablamos o el cual imaginamos y cambiamos a nuestro antojo, o bien el momento pasado, que igualmente podemos recordar o modificar.

De modo que abandonamos la noción que reduce el lenguaje a un papel pasivo o descriptivo. El lenguaje, por lo tanto, no sólo nos permite describir la realidad, también la crea. Pero el lenguaje no solo genera la realidad sino que también genera ser. Es importante señalar que no se propone que todo lo que existe solo existe en el lenguaje. No se niega la existencia de una así llamada “realidad externa”, independiente del lenguaje. Pero de tal realidad externa, en cuanto independiente del lenguaje, no nos podemos referir. Todo de lo que hablamos se encuentra, por definición, dentro de las fronteras del lenguaje.

Tal como se ha sostenido anteriormente, la forma en que una realidad externa (cuya existencia no podemos negar) existe para nosotros, continúa siendo una zona de distinciones lingüísticas. Una vez que algo pasa a ser parte de nuestras vidas, una vez que la realidad externa existe para nosotros, deja de ser externa, y la forma en que existe para nosotros es en el lenguaje. Entonces, no es que el lenguaje genera todo lo que existe, pues no podemos afirmar que aquello de lo que no hablamos no existe.

Al insistir que el lenguaje es generativo, se sostiene a su vez que este es acción. Mediante el lenguaje no solo hablamos de las cosas, sino que alteramos el curso de los acontecimientos: hacemos que ciertas cosas ocurran. Así, puedo volver al primer ejemplo que les di, pues, con el mensaje que transmito, mensaje que es Lenguaje, puedo lograr que ocurran diversas reacciones en la audiencia.

Basta pensar en las muchas ocasiones en las que una persona, un grupo, incluso un país cambiaron de dirección y alteraron su historia porque alguien dijo lo que dijo. De la misma manera, reconocemos que la historia, tanto individual como colectiva, hubiese podido ser tan diferente de lo que fue si alguien hubiese callado. Al decir lo que decimos, al decirlo de una manera y no de otra, o no diciendo cosa alguna, abrimos o cerramos posibilidades para nosotros mismos y, muchas veces, para los demás.

Pero aparte de intervenir en la creación del futuro, los seres humanos modelamos nuestra identidad y el mundo en que vivimos, mediante el uso del lenguaje. La forma en cómo manejamos el lenguaje es el factor quizás más importante para definir la forma en cómo somos vistos por lo demás y por nosotros mismos. Descubriremos pronto cómo la identidad personal, la nuestra y la de los demás es un fenómeno rigurosamente lingüístico, una construcción lingüística.

Pensémoslo por un momento: todo lo que somos, lo que conocemos de nosotros y de los demás, es lenguaje. Somos un constructo lingüístico porque toda descripción de la que hemos sido dotados a lo largo de nuestra vida son cosas a las que el lenguaje da forma, pero no deja de ser lenguaje. Nos aferramos a la idea de que somos nuestro nombre, el cual es solo una palabra más, y aun así, a muchos nos han dicho que tenemos cara de nuestro nombre.

Es curioso cuando hay quienes subestiman la gran importancia del lenguaje, de la que hemos venido hablando, cuando precisamente, no podrían subestimar el lenguaje sin el uso del mismo. Si somos seres con capacidad lingüística y simbólica, podemos darnos cuenta, prestando atención a lo que decimos y a lo que pensamos, que la mayor parte del lenguaje que utilizamos no describe meramente la realidad.

Cuando decimos: Una semana consta de siete días, estamos describiendo, afirmando, la realidad aceptada. La mayor parte de nuestro lenguaje es activo, y en lugar de describir una realidad dada por obvia, crea una nueva abierta a la interpretación. Y como todos hemos aceptado que Una semana consta de siete días, será algo más difícil de rebatir a unas realidades mucho más subjetivas como: Los lunes son un mal día.

Finalmente, todos emitimos juicios y unos nos rigen más que otros, al igual que quienes nos rodean emiten juicios, algunos nos afectan más que otros. Un juicio no afirma la realidad, sino que crea una nueva, que puede o no ser aceptada. Todos hemos sido dolidos por palabras, y una palabra dicha o algo que nos han dejado de decir nos han hecho cuestionarnos nuestra actitud, nuestra apariencia y hasta nuestra identidad.

Muchas declaraciones parecen superfluas comparadas con otras, pero las declaraciones que van seguidas de acciones, confirman que el Lenguaje genera acción, y esta acción genera ser: uno deviene de acuerdo a lo que hace, y uno hace de acuerdo a lo que dice y a lo que deja de decir, pues lo que decimos refleja aquello que elegimos.