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Estado de la lengua en Venezuela V
Responde Gisela Kozak

Gisela Kozak / Foto Alexandra Blanco

Gisela Kozak / Foto Alexandra Blanco

Siete preguntas conforman la serie, que dio inicio el domingo pasado. 12 intelectuales y escritores han respondido a las preguntas formuladas. El lector está invitado, desde el 17 hasta el 28 de julio, a seguirla diariamente en la página web de El Nacional

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―¿A la crisis venezolana, se corresponde una crisis de la lengua en Venezuela? En otras palabras: ¿cuál es el estado en nuestro país, de la lengua en uso?

Casi veinte años de chavismo nos han convertido en un país tartamudo, de consignas, sin pudor ante la cursilería más pedestre. Apoyo la MUD pero que sus voceros solo hablen de comida y medicinas repitiendo lo que sabemos indica que no nos creen capaces de entender nada más. La cháchara del gobierno contra todo aquel que no fuera muy pobre en 1998 ha tenido efecto en la oposición, que parece creer que “los pobres” son millones de personas con estómago pero sin deseos, valores o propuestas. Nunca el “pueblo” ha sido simultáneamente  tan ensalzado y despreciado como en esta época por políticos de cualquier signo. Me preocupa que la lengua del futuro no esté en las bocas de mis líderes pues se apropian de los lugares comunes chavistas; vocablos como “progreso, progresismo o progresista”, “misiones”, “los pobres”, “nuestro pueblo”, “controles necesarios”. Hasta el liderazgo universitario habla del comedor y el transporte en lugar de afincar su discurso en aprender idiomas, generar patentes, investigar, experimentar estéticamente, pensar, tener un profesorado de primera y buenas bibliotecas. Esta es la apuesta así el presente sea lo que es y no tengamos dinero; de lo contrario, la pobreza se convierte en modo de existir, no solo en una condición económica y social.

En este mismo orden de ideas está la imagen de Venezuela como una mujer a la que hay que tratar bien porque es sometida, golpeada, con tripones hambrientos aferrados de la falda. Se asume entonces que los millones que votaron por el chavismo no son responsables de sus actos. Sin conciencia de nuestros errores como ciudadanos (as) no hay futuro pero lamentablemente los demócratas, y no solamente en Venezuela, como indica el reciente plebiscito que decidió la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, se han convertido en perseguidores de votos que no temen apoyar la irresponsabilidad individual y la ignorancia o prejuicios del electorado. Una institucionalidad fuerte y principios claros han de contrarrestar esta epidemia que en Venezuela ha conducido a una degeneración de la democracia: la oclocracia, la dictadura de las muchedumbres que votaron de modo suicida por Chávez y por Maduro.

―Los estudiosos señalan que una de las consecuencias, derivadas de la lengua totalitaria, es la alteración del vínculo de las personas con lo que llamamos verdad: con los hechos y con la lógica de los hechos. ¿Ha logrado la lengua del régimen y sus prácticas, alterar la percepción de la realidad por parte de los ciudadanos.

Ciertamente la ha alterado. Por ejemplo, la inflación de Venezuela hace décadas tiene causas perfectamente descritas por la economía; no es originada por el demonio imperial y sus lacayos los especuladores. A veces me pasa por la cabeza que la economía debería ser una asignatura obligatoria en todos los niveles de la educación y en todas las carreras pues, hay que reconocerlo, culpar a los empresarios y saquear negocios –eventos centrales de la “guerra económica”– obedecen a consejas y situaciones anteriores a 1998: el gran problema es la especulación, el acaparamiento de los comerciantes “extranjeros”. En las universidades públicas y autónomas, como mi Universidad Central de Venezuela, se sofisticaba el discurso: las burguesías parásitas eran las culpables de todos los males y el estado era solamente expresión de sus intereses. El chavismo aprovechó  la animosidad hacia la iniciativa privada propia de un país de funcionarios públicos y de negociados con el estado petrolero, sentimiento ya existente antes de 1998, para convertir en sospechoso de enemigo del pueblo a cualquiera que no deseara vivir a costa del erario nacional. Igualmente aprovechó el arraigo del mito más destructivo de nuestra historia: somos un país rico pero mal administrado por gente malvada. Convirtió en moneda corriente la terminología “ñangara” (comunista) de la izquierda a la que pertenecí en mi amada Universidad Central de Venezuela. “Explotadores”, “vendidos”, “lacayos”, “estafadores”, “parásitos” “racistas” se convirtieron en acepciones de la palabra “escuálido”.

La verdad es una hipótesis que se puede verificar, no una simple “narrativa” que persuade si el poder la apuntala. Solo el hambre y la enfermedad, comprobables en el propio cuerpo, socavaron la narrativa conspirativa roja pero, según encuestas,  el votante ex chavista aspira a volver al bienestar asociado con el difunto y las misiones, simple transferencia de renta improductiva insostenible si baja el petróleo. Es obligatorio que los políticos ayuden en la difusión de la verdad: oír a opositores atacar a Maduro pero rescatar a Chávez es mentir y romper la relación causa-efecto existente entre las políticas del presidente actual y las de su predecesor.

―Chávez puso en práctica el uso reiterado del insulto a sus oponentes. ¿Cree que los insultos del poder deben responderse en los mismos términos?

En primer lugar, convertir en enemigo al adversario político es la muerte de la democracia como pluralismo. En segundo lugar, semejantes efusiones machistas deben enfrentarse con la razón y un lenguaje apropiado. Pensar que lo popular es ser grosero, decir vulgaridades, sacarle la madre y la orientación sexual al oponente, es un prejuicio que no toma en cuenta el esfuerzo de tanta gente de pocos recursos por ser mejor y por la decencia.

―¿Hay algún insulto, afirmación, eslogan o acusación lanzada por el régimen de Chávez y Maduro que le haya afectado personalmente?

El fracaso del socialismo no fue suficiente para entender que sofocar la sociedad no es la salida a la pobreza: la palabra “neoliberalismo” se convirtió entonces en la muletilla. En Venezuela la izquierda boba se alió con el militarismo y revitalizó los términos izquierda y derecha. Al no estar de acuerdo con el gobierno pasé entonces a ser parte de esta última. Izquierda y derecha se han convertido en el equivalente a “puro” y “pecador”, categorías religiosas políticamente vacías. De resto he recibido insultos que no voy a mencionar, propios de esta época básica y primitiva llamada chavismo. Sobran los émulos de Pedro Carreño, quien tiene sus imitadores dentro de la oposición más ignara, por cierto.

―Deseo pedirle que comente la frase que sigue a continuación, copiada de la cuenta oficial de Twitter del Ejército: “La lucha por la independencia continúa, Bolívar galopa con su espada desenvainada”.

Contesto con letra de bolero: “no me amenaces, no me amenaces”. El lenguaje cursi-patriótico y machista debe ser combatido permanentemente: usar así sea en sentido metafórico palabras como “batalla”, “escuadra”, “soldado” es un error que los demócratas no debemos cometer.

―¿Es legítimo el uso de la palabra traición en la opinión pública? ¿Hay quienes han cometido traición? ¿En qué sentido ha ocurrido?

Me preocupa el manoseo de expresiones como “traición a la patria” en términos penales.

―¿Debe ser la lengua una política pública del Estado democrático? ¿Dirigida a qué objetivos?

Las políticas culturales, comunicacionales y educativas deben favorecer las libertades públicas, la discusión de puntos de vista a través de medios de comunicación privados, públicos y comunitarios, la promoción del libro y de una formación que favorezca la escritura, la lectura y la expresión oral.

No hay que temerle a las élites sino favorecer que sus miembros provengan de todos los sectores sociales; prefiero que se fomenten unas élites de las que surjan nombres como Jacinto Convit, Carlos Cruz Diez, Teodoro Petkoff, Lorenzo Mendoza, Rómulo Betancourt, Rafael Reif, Gabriela Montero o Elisa Lerner que aupar a una izquierda supremacista moral que pisotea a la población, la reduce a esclavos del hambre y que, por supuesto, tiene sus propias élites: las  fuerzas armadas, la catastrófica nomenclatura del PSUV y los nuevos ricos que han desfalcado cientos de miles de millones.

La lengua debe tener la fuerza coral de la diversidad cultural, política y social y convertirse en el instrumento del despertar del individuo. Por cierto, aunque tanto el chavismo como respetables estudiosos de los sectores populares se inclinan por subrayar su fuerte tendencia comunitaria y familiar con poco acento en lo individual, creo que no deben descartarse otras predisposiciones. Esos hombres y mujeres jóvenes, adultos y viejos, universitarios o apenas alfabetizados –al igual que la gente de otros sectores sociales– tienen una férrea voluntad de sobrevivencia. Con los instrumentos adecuados en su mano, ese hombre o mujer de Venezuela que añora una vida como algunas que ve en los medios, que se cree igual a cualquiera pero no siente respeto por la ley sino miedo ante la fuerza, que jura que por el solo hecho de nacer tiene derecho a su parte de renta, puede llegar a convertir su ensimismamiento familiar y personal –que ahora en muchos casos es ausencia de conciencia ciudadana o de dinero más allá de votar por quien garantice bienestar a cualquier precio– en el motor de su autonomía frente al estado. Necesitamos un individuo altivo socialmente comprometido que vea con horror las humillaciones de hoy para impedir la recaída militarista o la seducción populista.

El liderazgo será protagonista. Si no lee debería tener quien le haga los resúmenes de los textos y se los cuente; si tiene miedo de perder votos debe recordar a grandes presidentes que motorizaron el cambio de sus países. Termino entonces con una recomendación: hay un libro indispensable para entender el uso de la lengua como instrumento de dominación de la población y como instrumento igualmente de liberación: La neolengua del poder en Venezuela, dominación política y destrucción de la democracia, publicado por la Editorial Galipán; son muy importantes los textos de Carlos Leáñez Aristimuño y Luis Herrera Orellana. Los libros no muerden; si hay tiempo para decir siempre lo mismo ante los medios debería haberlo para informarse.