• Caracas (Venezuela)

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“La lectura en prisión fue esencial”

Eduardo Liendo / Foto Manuel Sardá

Eduardo Liendo / Foto Manuel Sardá

“Tal vez las nuevas generaciones no sepan que detrás de esa mirada hubo un hombre que sufrió presidio, que vivió los años quizá más importantes de la juventud, tras las rejas”

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Eduardo Liendo, narrador venezolano nacido en 1941, lleva una sencilla rutina diaria: en las mañanas lee el periódico, ve las noticias, se informa con avidez de lo que ocurre en su país y el mundo. Luego del desayuno, se mete de lleno en el trabajo: revisar materiales de escritura, esquemas de historias que están en desarrollo, atiende la planificación editorial que le demandan las nuevas ediciones de sus libros.

Liendo vive también de una pensión obtenida luego de 25 años de trabajo en la Biblioteca Nacional, diez de ellos como director de cultura. Un estipendio que, como a muchos, no le alcanza para casi nada.

En algún momento, sale a caminar la cuadra de distancia que separa el edificio en el que vive en los Palos Grandes, hasta la plaza “los chorritos”, donde se sienta a pensar, mirar la vida, y conversar con amigos y conocidos. Finaliza el día con un paseo hasta algún café cercano, junto a su esposa –“cafeteamos”, dice, con humor–. Echa de menos las cosas perdidas (el cine Centro Plaza, por ejemplo), retoma algún hilo de charla de esos que casi nunca se acaban, y ve fenecer la tarde con los ojos de quien ha mirado una ciudad demasiadas veces, con aceptación, con entrega.

Tal vez las nuevas generaciones no sepan que detrás de esa mirada hubo un hombre que sufrió presidio, que vivió los años quizá más importantes de la juventud, tras las rejas. Liendo estuvo preso por razones políticas durante cinco años y medio en tres sitios distintos y luego, salió a un exilio de dos años. Toda esa historia echó a andar su mecanismo en el año 1962 y culminó en 1969 con un indulto del presidente Raúl Leoni. Pesó sobre sus espaldas el cargo de rebelión armada y por eso su vida pasó a habitar otros ámbitos. Sin siquiera preguntárselo, afirma que fue un error aquello del levantamiento armado contra un gobierno electo democráticamente. En la plaza sita a la Biblioteca Los Palos Grandes, nos hemos reunido a conversar sobre la experiencia carcelaria, la literatura, y las lecturas que acompañan el tiempo sin horas del que está en prisión. 

—Quería recordar aquel miércoles de abril, en pleno Festival de la Lectura de Chacao, cuando estuviste junto a la homenajeada Elisa Lerner, Rafael Cadenas y Victoria de Stefano, en una invitación para hablar de la experiencia de lector que cada uno de ustedes había tenido. Tu intervención de aquella cita puede decirse que llamó la atención sobre las otras, porque con notoria contundencia te referiste a los venezolanos que hoy están en prisión por razones políticas y de la importancia que tendría para ellos la compañía de los libros, de la lectura, en semejante y reprochable situación. ¿Podrías recordar algo de lo que dijiste entonces?

—Por supuesto que sí. Dentro de la particular experiencia que tengo como lector la más determinante ha sido la lectura en prisión. Esto siempre me preocupó, en el sentido de poder transmitir con nitidez esa experiencia y contribuir de algún modo a esclarecer lo que ocurre con un lector de prisión. Los topos inicia con un epígrafe de André Malraux, una línea dicha por un personaje de su novela La condición humana, que dice: “Oh prisión, lugar donde se detiene el tiempo que pasa en otra parte”, esto es muy ilustrativo de lo que yo llamé, en una crónica publicada por cierto para el Papel Literario hace mucho, “Destiempo”. Hay también un verso de Trilce, de César Vallejo, que evoca esa situación particular. El verso dice: “amorosa llavera de innumerables llaves, si estuvieras aquí, si supieras hasta qué hora son cuatro estas paredes”… Entonces, empecé a indagar, aparte de mi propia experiencia de mi lectura en prisión. Está, por ejemplo, Memorias de un venezolano de la decadencia, de Pocaterra, en la que se mencionan muchas de las lecturas que el propio autor había hecho en La Rotunda, y otra de las fundamentales, es la de Leoncio Martínez “Leo”, cuando escribe la Balada del preso insomne, que por cierto, ese gran venezolano que es Laureano Márquez, le dedicó hace poco un artículo que creo titulaba de igual forma que el poema. Eugenio Montejo, quien fue gran amigo, me insistía en que el valor de la “Balada” radicaba no solo en el tema sino en el aspecto formal de su hechura, de su construcción, le parecía un gran logro poético, cosa que corroboró esa noche de abril el poeta Cadenas. Cité en aquella velada del festival a Andrés Eloy Blanco, que tiene esa Pesadilla con tambor, escrita a partir de su experiencia carcelaria en el Castillo de Puerto Cabello, durante el gomecismo. Es un texto tremendo, por el ritmo y por el poder que tiene, que está no tanto en leerlo sino en poder oírselo a él recitarlo, es una experiencia extraordinaria… “Vienen, arrasando, vienen torturando, parrapicón, parrapicón…”, una cosa que trepida, que repica como un redoblante a ritmo de marcha.

—¿Qué tiene que ver la prisión con su historia personal?

—Pues muchísimo, porque fueron años vitales los que estuve recluido, años que van desde los 21 hasta los 26. Una cana larga a la que se le suma los lugares en los que la viví, que fueron muy significativos. El primero de ellos fue el cuartel San Carlos, cuando todavía no tenía esa connotación política que tomó luego. Eso fue en el año 62. Posteriormente me llevan, junto con otros, al fortín colonial El Vigía, una fortaleza que está arriba, en La Guaira, frente al puerto, construido por los españoles. En ese fortín convertido en presidio, hay un lugar que llaman “la cueva de Miranda”, porque allí estuvo preso el precursor cuando Bolívar lo entrega a Monteverde. En esa cueva estuvimos varios compañeros durante 18 meses. No tenía baño, había que avisar a la Guardia Nacional para que nos sacaran a hacer nuestras cosas. Aunque en condiciones muy precarias, debo decir que tuve una compañía extraordinaria, entre otros estaban Rómulo Valero, que ya prácticamente estaba por ser médico; estaba Édgar Rodríguez Larralde, “el catire Édgar”, quien después fue ministro plenipotenciario del petróleo, en Viena, o algo así; estaba Alwinson Querales, un geólogo, Onei Almado, y un campesino de apellido Melesio Bravo… Estuvimos en total unas seis personas. Curiosamente, esa cueva tenía una ventaja en relación a las celdas, estas eran más amplias pero estaban más hacinadas, tenían metidos hasta 50 tipos adentro, en cambio nosotros teníamos una claraboya que nos permitía ver la luna por las noches. Estábamos allí, en la cueva, por castigo, Rómulo y yo habíamos planeado una fuga. La estadía más prolongada finalmente fue en la Laguna de Tacarigua, en la conocida “isla del burro”.

Entonces, la experiencia lectora fue esencial. Fui un empedernido lector, siempre que se pudo, porque no era fácil. Hubo momentos en los que nos quitaban todos los libros. Nosotros hacíamos lo que llamaban “las caletas”, que eran los escondites dentro de los propios galpones y las celdas, escondites de libros, o algún documento o papel enviado por el partido, el partido comunista al que pertenecí, muy distinto a este que tenemos ahora, al que pertenecí era el partido de Pompeyo Márquez, de Germán Lairet. En la Isla del Burro leí, por ejemplo, a casi todos los clásicos rusos, a Flaubert, Stendhal, las grandes novelas del siglo XIX. Teníamos una circulación importante de libros, organizada por nosotros mismos. Siempre, siempre hay vías para lograr tener acceso a cosas cuando se está recluido, porque por lo general, el prisionero es mucho más ingenioso que sus carceleros, eso ha sido así en todos los regímenes y en toda la historia. Quien tuvo una gran preocupación por estas cosas fue Jesús Sanoja Hernández, quien llevó en la universidad una cátedra dedicada a la literatura carcelaria, recuerdo que me invitó una vez a que habláramos de Los topos.

—¿Si fuese el caso, qué libros les llevarías a los hombres y a los jóvenes que ahora están presos en Venezuela?

—Bueno, esto nos coloca de plano en el lugar de las preferencias. Uno nunca sabe qué libro puede ser de mejor provecho a alguien. A mí, el libro que más me interesó en la cárcel, y que hizo más por mi condición de escritor fue El lobo estepario de Hermann Hesse. Lo leí a los 21 años. Esta novela la recibí como una cosa distinta a lo que había leído, a Guerra y Paz, por ejemplo; tenía y tiene una manera diferente de presentar la estructura de lo narrado y de la condición humana. Otro de los libros fundamentales para mí fue Juan Cristóbal, de Romain Roland, por la misma razón, me recreaba el paisaje de lo que yo no podía tener en la cárcel. Juan Cristóbal, que es un músico, va a vivir unas peripecias extraordinarias, como creador, como seductor, como enamorado. Yo me leí ese libro durante una huelga de hambre. Los carceleros lo dejaron por ahí botado. Eran como mil páginas, y yo me devoré aquello.